Lunes, 21 mayo 2018

Bicentenario del nacimiento de Karl Marx, entre el cine y la política internacional

No es frecuente que se lleve al cine la vida de un filósofo. Un historiador del cine tendría difícil enumerar las películas protagonizadas por algún pensador de cualquier época, e incluso tampoco sería sencillo mencionar aquellas en que los filósofos aparecen como personajes secundarios. La única excepción, que se recuerde, es el realizador italiano Roberto Rossellini (1906-1977), con sus films para la televisión sobre Sócrates, Agustín de Hipona, Pascal y Descartes. Entre sus proyectos no cumplidos quedó una película sobre Karl Marx.

Ahora, cuatro décadas después, el cine se ha ocupado de Marx por medio del realizador haitiano Raoul Peck, actualmente ministro de cultura de su país. El joven Marx (2017) es un film pensado para el bicentenario del nacimiento de Marx (5 de mayo de 1818), y que recrea al mismo tiempo la atmósfera intelectual y política europea de la década de 1840, agitada por los socialismos nacientes.  

Tras su visionado, no estamos en condiciones de asegurar que se trate de un film marxista, en el clásico sentido propagandístico, porque, aunque el cineasta reconozca su admiración por el filósofo alemán, sin confesarse por ello marxista, no es menos cierto que el Marx de la película no resulta excesivamente simpático porque es un dialéctico implacable. Es alguien que no da tregua a sus adversarios, pese a que la mayoría de ellos pertenezca a su familia ideológica.

Se trata de un Marx, que une la brillantez intelectual a la arrogancia de haber descubierto las supuestas leyes de la evolución social. El retrato del personaje se ajusta, por cierto, bastante bien a lo que describió hace años el ensayista católico francés André Frossard: un hombre con un pensamiento semejante a una fortaleza inexpugnable, resguardado por un temperamento abrupto, lleno a la vez de lógica e indignación.

En El joven Marxjuegan un papel especial los años parisinos de Marx y Engels. Raoul Peck ha utilizado la correspondencia entre ambos pensadores, en la que Engels, por ejemplo, no oculta cómo ha traicionado o descalificado a algún que otro adversario socialista. De ahí que los dos personajes del film tengan un aspecto deliberado de pícaros o de embrolladores, que encajarían bien en una buddy movie norteamericana, en la que se describe una relación de amigos, por lo general con personalidades diferentes y a los que van uniendo las contrariedades de la vida.

Liga de los comunistas en 1847

Por lo demás, uno de los aspectos más logrados de la película es el establecimiento de la Liga de los comunistas en 1847, que hasta entonces se había llamado la Liga de los justos, fundada por Wilhelm Weitling. Se está celebrando un congreso que discute la orientación estratégica de la Liga, y Engels va a conseguir cambiarla por completo. Hasta entonces la divisa de la Liga era la de que todos los hombres son hermanos, un eco del misticismo laico de Weitling, pero Engels se pregunta, a voz en grito, si los burgueses y los obreros son hermanos.

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Luego llega a esta definitiva conclusión: “La revolución industrial ha producido el esclavo moderno, el proletario. Si se libera, liberará a la humanidad entera y esta liberación tiene un nombre, el comunismo”. Se lanzan gritos de entusiasmo que van seguidos por el despliegue del estandarte de la Liga de los comunistas, cuya divisa es: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”. Raoul Peck da a la escena un cierto énfasis como si se tratara del arranque de un momento estelar de la Historia.  

Etapa como periodista

El joven Marx termina con la publicación del Manifiesto comunista (1848), pero si el relato hubiera avanzado unos pocos años más, a su exilio londinense, habría podido presentarnos a Marx como analista de la política internacional de su tiempo, una faceta de la que no suelen ocuparse los manuales de filosofía. En 1851 el filósofo aceptó una propuesta del diario New York Daily Tribuneun periódico considerado el más influyente de EEUU entre 1840 y 1870. El medio, fundado por Horace Greely, destacaba por su oposición a la esclavitud y a la autocracia, y buscaba un corresponsal en Londres, aunque solo estaba dispuesto a pagar una libra por artículo.

Los temas le eran impuestos a Marx, pero si no era de su agrado o no tenía demasiados conocimientos, eran redactados por Engels. Empleaba en sus artículos el siguiente método de trabajo: un breve esquema de los sucesos o personajes descritos, seguidos de una exposición de los intereses ocultos o de las actividades siniestras derivadas de ellos. Eso le interesaba más que cualquier motivo explícito.

Algunos de los artículos más conocidos son los que justifican el colonialismo británico en la India, pues resultaba necesario para que desapareciera una civilización de costumbres bárbaras y atrasadas. En consecuencia, Gran Bretaña estaba destinada a ser un instrumento inconsciente de la Historia para el estallido de una revolución social en Asia. 

En definitiva, los análisis internacionales de Marx  sobre la India y China están demasiado lastrados por la ideología, aunque sean profusos en datos económicos y referencias históricas. Su determinismo le lleva a creer en la inevitabilidad del triunfo del progreso técnico-científico de Occidente sobre todas las demás civilizaciones. Por lo demás, sus enfoques se dejan llevar excesivamente por los tópicos exotistas y olvidan importantes aportaciones culturales.