Jueves, 16 mayo 2019

Cómo los guiones de Stanley Shapiro marcaron el éxito de Doris Day

La muerte de Doris Day el pasado 13 de mayo ha hecho recordar a una estrella cuya imagen debería mantenerse indeleble en la mente y retina de millones de espectadores.

Y es que Doris Day, con su inconfundible voz, su talento para la interpretación y su característico cabello de ascendencia germana, fue un auténtico mito de aquel Hollywood irrecuperable de los cincuenta y sesenta.

La trayectoria de una gran actriz

Incluso antes de que llegara a ser la actriz que efectivamente fue, los cincuenta comenzarían otorgando un premio Óscar a la mejor canción original a una de sus primeras interpretaciones, la de Calamity Jane (1953, David Butler), traducida al español por el insólito título de Doris Day en el Oeste.

La década mejoró sustancialmente para Day con títulos como Quiéreme o déjame (1955) un biopic dirigido por Charles Vidor en el que encarna a una cantante de variedades, Ruth Etting, que recala en el cine tras la intervención de un jefe del hampa como James Cagney.

El planteamiento de su guion, escrito por Isobel Lennart y Daniel Fuchs, no deja de ser refrescante, dotando al personaje de Day de cierta inquebrantabilidad y ética en su aproximación a la mafia y al espectáculo.

Fue Hitchcock el que hizo que la voz de Day se asociara insoslayablemente con el cine

Fue Hitchcock, sin embargo, el que hizo que la voz de Day se asociara insoslayablemente con el cine en El hombre que sabía demasiado (1956), título en el que la ya legendaria interpretación de Doris Day del tema “Qué será, será (Whatever Will Be, Will Be)” sería reconocida con el Oscar a Mejor canción original.

El encuentro con Stanley Shapiro

Con cintas valedoras de diversos galardones y con el prestigio de haber participado en películas con los mejores cineastas e intérpretes coetáneos, Day encontró entonces a quien se convertiría en la quintaesencia de su personalidad cinematográfica, Stanley Shapiro, un guionista que se mantendría a su sombra en los tres títulos que la catapultarían como mito cinematográfico y que perfilarían su sello de identidad.

Como suelo recordar a mis alumnos del Máster en Guion Online, el encuentro de dos talentos puede proyectar el arte de ambos hasta cotas inimagibles si hubieran mantenido sus trayectorias en solitario.

Shapiro, un maestro de la sátira tanto en su faceta de escritor como de humorista, supo convertir a la atractiva Day, paradigma de la pulcritud moral, durante una etapa en la que el recato y los cortafuegos se hacían poco menos que imposibles ante compañeros de reparto como Rock Hudson o Cary Grant.

De la unión Day-Shapiro derivaron los mayores éxitos de la actriz y, por ende, de la comedia de los cincuenta y sesenta, aquella que ponía argumento a los anhelos de una generación que soñaba en Eastmancolor.

Aunque Day y Shapiro trabajaron juntos en Pijama para dos (1961) y Suave como el visón (1962), su colaboración alcanzó el clímax en Confidencias de medianoche (1959), una comedia cuyo provocativo texto volvía a poner en órbita una sensualidad por años soslayada.

Confidencias de medianoche

Con tono seductor, aunque exento de descompostura, Shapiro configura un blockbuster en plena etapa de transición, cuando los planteamientos de la sociedad moderna pugnaban por encontrar su reflejo en el cine.

Lejos de los slapstick de los veinte, de las screwball comedies de los treinta y cuarenta, o incluso del humor de corte burlesque, Shapiro constituye una comedia basada en la tensión sexual no resuelta y en el replanteamiento de los roles de género, toda una declaración de intenciones para una década que albergará la revolución sexual y la transformación sociocultural.

Ni Doris Day, hasta entonces representante de un cine decididamente medroso, ni Rock Hudson, encumbrado como figura del drama, se habían planteado jamás participar en una comedia similar, a pesar de que supuso uno de sus grandes hitos cinematográficos.

Soltería, promiscuidad, embarazo, dormitorios y baños de espuma colisionaban frontalmente con el Hollywood del código Hays, de la censura y de las restricciones pasadas. Las pantallas partidas de Pillow Talk, sus conversaciones ligeramente spicy y los dobles sentidos constantes, acabaron por dar carta de naturaleza a una película fronteriza que vaticinaba cambios en la industria.

Tal fue el éxito de Confidencias a medianoche que, aquel año, el guion de Stanley Shapiro y Maurice Richlin compitió con Los 400 golpes de Francois Truffaut; Con la muerte en los talones de Ernest Lehman o Fresas salvajes de Ingmar Bergman. Llegó a rivalizar, incluso, con el texto de Operación Pacífico, escrito igualmente por Shapiro y Richlin.

Confidencias de medianoche obtuvo el premio Óscar a mejor guion original 

A pesar de lo apretado de las circunstancias, y contra todo pronóstico, Truffaut, Bergman y Hitchcock tuvieron que esperar, obteniendo el premio Óscar a mejor guion original Confidencias a medianoche, todo un respaldo de Hollywood a un nuevo cine que emergía con fuerza en una década de convulsión y transformación.

Hollywood no volvería a ser lo mismo tras los sesenta, ni las carreras de sus protagonistas tras Confidencias a medianoche. Tampoco el cine volverá a ser lo mismo con la desaparición de Doris Day, un icono del cine mundial que ahora nos ha dejado sin su imagen y sin su magnífica voz. Lástima que, con ella, también desaparezca parte del cine que marcó nuestra historia.