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La edición digital en España: estado de la cuestión

Hace décadas que se preconoció la desaparición del libro en su formato tradicional para dejar paso al electrónico, pero cada año celebramos su fiesta con mayor número de expositores, autores que firman sus ejemplares, exposiciones retrospectivas y un sinfín de actividades que no se desprenden del “libro Gutenberg”.

Hace décadas que se preconoció la desaparición del libro en su formato tradicional para dejar paso al electrónico, pero cada año celebramos su fiesta con mayor número de expositores, autores que firman sus ejemplares, exposiciones retrospectivas y un sinfín de actividades que no se desprenden del “libro Gutenberg”.

El cambio del texto tradicional a su versión digital ha sido objeto de reflexión: el desarrollo exponencial de la producción de documentos y su fácil acceso; el surgimiento de instrumentos específicos que facilitan el trabajo académico; las nuevas políticas de edición; el papel de los lectores, sus expectativas y posibilidades como actores-usuarios que organizan sus propio itinerario de lectura (Apollon, Bélisle y Régnier, 2014).

Si bien es cierto que la edición digital va cobrando fuerza en España, lo hace de una manera más lenta y tímida de lo esperado. Ninguna editorial aventura la mayor parte de su producción al formato electrónico, aunque le permita convivir con el libro tradicional.

En un breve trabajo, que nuestro grupo de investigación llevo a cabo el curso pasado sobre los hábitos de lectura realizado entre 123 alumnos de la Universidad Internacional de La Rioja en 2014, nos llamó poderosamente la atención la respuesta de un alumno a la pregunta sobre qué se puede hacer con un libro impreso y no con una edición digital del mismo, en la cual el alumno argumentaba que las ediciones digitales no las podía prestar o regalar.

Detrás de una respuesta así se encuentran y sintetizan razones de diversa índole que están condicionando el desarrollo de la edición digital. El libro se debe al lector, y el soporte de lectura determina de manera notable la experiencia del usuario.

La edición electrónica se encuentra en estos momentos en una encrucijada, entre la demanda real y el avance tecnológico. El ingente material sobre ediciones volcado en la red con características diferentes, y calidades desiguales, ha hecho que el libro electrónico se encierre en sí mismo y reproduzca modelos analógicos: el libro tradicional bajo formas digitales. Solo el dispositivo electrónico, de formato cerrado (e-book) generalmente, se alza como competidor del papel.

Esta réplica ayuda a que muchos lectores vean en el libro digital una reproducción de los formatos que tenían asimilados. Sin embargo, la lectura analógica está frenando otras formas de expresión digital que por el momento no se han incorporando a los dispositivos móviles.

Una visión panorámica sobre el estado de las Humanidades Digitales en nuestro país revela el interés de los especialistas por comprender, en un primer momento, los antecedentes de la era digital, el análisis de la relación entre el libro y el hipertexto, los cambios que el uso del ordenador introduce en la manera de interactuar con los documentos, así como los principales proyectos de digitalización realizados desde mediados de los años ochenta del pasado siglo, su evolución en España a partir de la primera década de este segundo milenio y que se consolida con la realización del primer congreso oficial sobre las Humanidades Digitales en 2013 (Rojas Castro, 2014).

Hasta ahora son muy pocos los experimentos hipertextuales que desde la edición crítica han dado un salto a la “popularidad”. Los lectores siguen prefiriendo el formato tradicional al digital para las obras clásica, y las experiencias de la crítica textual en la red tienen poco sentido para el lector medio. El libro digital ha encontrado “su hueco” en la divulgación y se considera útil por su portabilidad y economía. De ahí que se haya asimilado al libro de distracción o a los best-seller. Lo que hace una década parecía ser “el fin del libro” —como se ha definido desde su creación— ha dejado de constituir una amenaza en las proporciones que se profetizaban.

No cabe duda de que poco a poco el libro electrónico ganará fuerza especialmente con la llegada de los nativos digitales, aunque no son menos ciertos los retos que se presentan a la edición digital. Entre otros, debe avanzar en la interactividad, que en muchos casos ya se favorece desde las bibliotecas virtuales o proyectos de edición electrónica en la web, pero que no han dado el paso definitivo a los dispositivos móviles. Como afirma Lucía Megías (2010, p. 248) “se trata de que el usuario —previamente registrado— tenga la posibilidad de personalizar la edición electrónica […]”.

La conciliación entre el tipo de lector y el formato adecuado a la lectura que se quiere realizar, es uno de los principales retos a los que se debe atender —no solo desde el sector comercial — sino también desde los editores y técnicos. Se impone  —en definitiva— la prioridad de distinguir distintos tipos de lector y sus necesidades,  para adecuar las ediciones a los gustos del público y no a la inversa.

La labor del editor es el punto clave para conseguir una edición digital de calidad que permita una sana lectura con todos los aportes tecnológicos sin que se desvirtúe el sentido genuino del texto.

El futuro del libro electrónico está asegurado, pero no su calidad, sino se trasladan los avances de las bibliotecas virtuales a los formatos electrónicos móviles.

Dependerá de todos los implicados en este proyecto de futuro, que se generen encuentros –y no desencuentros– entre los diversos ámbitos. El diálogo entre todos y la plasmación de sus consecuencias, será el mejor aval del libro electrónico.

*Fuente de la imagen: Nicolas Garay

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