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"Conócete a ti mismo". Un parón reflexivo

Con este video me presento y comunico a los universitarios de UNIR que abro un blog en el área de Humanidades de UNIR Revista en el que abordaré cuestiones que me parecen sumamente relevantes para nuestra vida: la felicidad, el amor, la muerte, la familia, Dios, el sufrimiento... Además del vídeo de presentación, aprovecho ya para reflexionar brevemente sobre el famoso Conócete a ti mismo, el axioma sobre el dintel de la puerta de entrada al templo de Apolo en Delfos (Grecia) que nos servirá también de punto de partida para entablar una conversación.

Conócete a ti mismo. Este axioma estaba escrito sobre el dintel de la puerta de entrada al templo de Apolo en Delfos (Grecia). Muchos sabios a lo largo de la historia, como Tales de Mileto que pertenecía al grupo de los siete sabios, han vivido de acuerdo con esta máxima.

El sabio, por tanto, sabe plantearse ciertas preguntas que podrán ser de ayuda para vivir mejor. ¿Quién soy yo? ¿Qué es lo que me mueve a actuar de esta y no de otra forma? ¿En qué cosas me vuelco realmente? ¿Qué cosas me hacen vibrar? ¿Qué me pone triste? ¿Dónde pongo mi corazón? ¿Cuáles son mis motivaciones reales al tomar decisiones? ¿Me dejo perturbar fácilmente por emociones pasajeras y superficiales?

Esta tarea de reconocerse y autoconocerse constituye un reto constante; algo siempre digno de mejorar porque ¡cuántas veces hemos tenido la experiencia de que nunca acabamos de conocernos! ¿Quién no ha sentido extrañeza ante su propia voz cuando ésta ha sido grabada? ¿Quién no se ha sorprendido en una fotografía en la que se ve de medio lado o de espaldas? Si el reconocimiento a este nivel tropieza ya con dificultades de identificación, ¡cuánto más entonces a otros niveles propios de estructuras más profundas de nuestra personalidad!

Tendemos a vernos bajo apariencias que deforman la realidad de las cosas. Con gran acierto se ha dicho que sería un gran negocio vendernos por lo que pensamos que valemos y comprarnos por lo que realmente valemos. ¡Cuántas veces nos engañamos a nosotros mismos con todo tipo de autojustificaciones y autoengaños!

¿Estáis de acuerdo?

La sabiduría del Conócete a ti mismo requiere capacidad autocrítica para poder vernos tal como somos, sin doblez ni engaño. Ser sincero consigo mismo constituye toda una tarea. Esta tarea implica la necesidad de hacer un parón reflexivo en nuestra vida. Esto nos ayudará a reconsiderar quiénes somos, cuáles son nuestras virtudes y nuestros defectos.

Todos hemos tenido la experiencia de que fácilmente nos dejamos seducir. En primer lugar por aspectos económicos de la vida. Por supuesto, ¡qué duda cabe!, el dinero es indispensable para vivir, pero no es lo único necesario. Hay muchas otras cosas en la vida, también muy importantes. Vivimos en una sociedad materializada que, en muchos casos, nos hace pensar que lo más importante es conseguir medios económicos, por encima de todo.

Además estamos envueltos de espectáculos erotizados que a veces nos impiden disfrutar realmente de las cosas bellas de esta vida, porque una cosa es la belleza y otra la pornografía. Esta situación nos anestesia con satisfacciones sensibles, con encantos superficiales, que son muy fugaces y no nos llenan del todo. ¿Cuál es entonces la función del placer?

En tercer lugar, estamos sometidos a la capacidad de seducción del poder. En las sociedades avanzadas, los poderes políticos, económicos y mediáticos llegan a configurar de tal forma nuestra forma de vivir que tal vez nuestras decisiones sean más aparentes que reales. Otros deciden por mí. Los medios de comunicación se dejan llevar de modo llamativo tan solo por la “audiencia”. Este parece ser el único criterio para emitir un programa.

Pero al dejarnos seducir por alguno de estos frentes se puede adormecer la agudeza de percepción espiritual y la capacidad innovadora en el campo de lo que se hace creativa y libremente. La voluntad está debilitada, falta el señorío sobre nosotros mismos. En definitiva nos falta la libertad interior. Y está bien demostrado que existe una estrecha conexión entre la capacidad de autodominio y la capacidad de autoconocimiento: me conozco mejor cuando soy más libre y, para ejercer la libertad, necesito saber cómo soy.

Saber quién soy: reconocerme, tratarme y aceptarme. Sólo así podré ser protagonista de mi vida. Sabré conducir mi vida. Sabré llevar las riendas en las diferentes situaciones que se presenten. Y pienso que es señal de madurez y armonía interior detectar las “luces rojas” que se encienden en nuestro interior, es decir, saber descubrir aquello que chirría en mí y que he de rectificar o ajustar.

No se trata de ser imperturbables y apáticos con falta de páthos, de pasión, ya que esta es muy necesaria en el día a día y es bien sabido que las personas apáticas son sencillamente aburridas. Un persona con señorío sobre sí misma por supuesto que puede estar conmovida, indignada, llena de santa ira, pero sabe afrontar sus propios defectos y los de los demás con serenidad, con claridad, con autogobierno. Sabe detectar dónde están los verdaderos enemigos que muchas veces brotarán del fondo del propio corazón. Sabe percatarse de la parte emocional de los conflictos y manejarla mejor, haciendo frente con claridad y serenidad al enfado, a la agresividad, a la tristeza, porque es dueño de sí. Aprenderá a asumir frustraciones, sacando incluso partido de los fracasos y desengaños. A esto, de manera coloquial, se le suele llamar “tener cintura”, ser flexible. Cuando estamos al lado de una persona que, sin perder la sensibilidad, mantiene esta actitud ante la vida, nos sentimos más fuertes.

Uno de los misterios más desconcertantes de la psicología humana es que el solo hecho de tener un ideal de vida excelente no basta para vivirlo. Incluso podemos traicionar poco o mucho nuestros principios e ideales. ¡Cuántas veces nos proponemos algo que luego no hacemos! Hay quien se propone con mucha fuerza dejar de fumar o llevar un régimen de comidas, o dedicar diariamente un tiempo a aprender idiomas, o a cualquier otra actividad, y después no lo cumple.

Todos tenemos la experiencia de la disgregación, de la incoherencia, de la quiebra interna. Ésta es la experiencia de la debilidad humana. Una debilidad que no suprime la libertad pero la confunde y deteriora.

La debilidad es compañera de la vida humana. Es la carcoma de la libertad interior que, como sucede en algunas maderas mal tratadas, acompaña a los muebles desde su origen. Nos quita fuerzas para hacer lo que debemos y, si dejamos que crezca, nos va destruyendo lentamente. Por eso hemos de ser sinceros con nosotros mismos. La sinceridad de corazón, es decir, ser sinceros consigo mismo tanto en la esfera afectiva como en la cognitiva y en la volitiva, nos ayuda a obrar con coherencia.

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