Universidad Internacional de La Rioja

¿Qué responde un joven investigador a una experta en didáctica de la lengua y la literatura?

Tutor de UNIR,  investigador  y sobradamente preparado. Jesús Murillo (Logroño, 1989) acaba de añadir a su ya abultado curriculum vitae el cargo de socio de honor de la asociación más longeva de jóvenes investigadores no doctores dedicados a la investigación de la literatura hispánica, ALEPH. Un gran reconocimiento que le llena de orgullo y por el que le pregunta, entre otras muchas cosas, Teresa Santa María Fernández, coordinadora académica del Máster Universitario en Didáctica de la Lengua y la Literatura en Educación Secundaria y Bachillerato de UNIR.

¿Cuál es el título de tu tesis y por qué elegiste ese tema?

El título es “Edición dramatúrgica de Lo fingido verdadero, de Lope de Vega”. En primer lugar, elegí trabajar algo teatro porque estoy muy vinculado a él, tanto en la práctica como en la teoría. En segundo lugar, porque Lope de Vega es uno de mis autores favoritos y porque representa una de las grandes figuras de la renovación teatral en la historia de nuestro teatro y porque sus obras, pese a estar muy estudiadas, continúan siendo una gran fuente de inspiración a la hora de crear un montaje moderno, y, en tercer lugar, porque Lo fingido verdadero es en obra dramática lo que el Arte nuevo en preceptiva: supone la culminación práctica de sus presupuestos teóricos, además de ser una pieza completa y muy compleja por todo lo que tiene de teoría y de espectáculo barroco.

En 11 días uno puede hacer un buen corto, pero ¿cuántos días te puede llevar realizar una buena tesis?

Diría que los cuatro años que aproximadamente se estipulan académicamente son suficientes, pero todo el tiempo que se le dedique a la tesis es poco. El mundo académico no es un mundo cerrado, sino que constantemente aparecen artículos y monografías que censuran o dejan obsoleta la bibliografía anterior, por lo tanto, quizá haya aspectos de un trabajo académico de gran envergadura que nunca pueden ser perfectos al cien por cien por esto mismo, pero, desde luego, el trabajo bien hecho requiere constancia y un seguimiento riguroso. En mi caso particular quizá esos años se han alargado un poco más de lo previsto, pero las cosas cocinadas a fuego lento y con cariño, saben mejor.

Para una sobremesa, ¿qué prefieres: un buen conversador o un buen postre-café-copa?

Difícil decisión… pero me quedo con una buena tertulia para poder hacer «la digestión del cocido y de la olla podrida». ¿El tema de conversación? Cualquiera, si es literatura o teatro mejor. Hace unos años coordiné una monografía sobre la comida y la bebida en la literatura hispánica Sobremesas literarias: en torno a la gastronomía en las letras hispánicas (Biblioteca Nueva y Cilengua, 2015) fruto del IX congreso internacional ALEPH y en ella se recogieron las aportaciones de jóvenes investigadores en torno a este tema.

Es muy interesante la cantidad de páginas que la literatura en español ha dedicado al buen comer y al mal beber: Pardo Bazán, Borges, Cervantes, Quevedo, Vázquez Montalbán, Esquivel, Delibes… Todos han sabido crear atmósferas muy sugestivas alrededor de la comida y poder recrear una tertulia literaria como las de los salones decimonónicos o las tardes en el Pombo o en el Gijón, siempre es un placer.

Si ALEPH ha sido tu principio como investigador, ¿cuál es para ti tu TAV o última letra?

Creo que todavía estoy en los principios, así que veo muy lejos una omega. Hay que trabajar día a día y el camino es igual de importante que la meta. Eso sí, espero que la theta del theatron y de Talía me acompañe en mis investigaciones durante mucho tiempo.

¿Qué tres características debe tener un profesor para poder contagiar su pasión por la Lengua y la Literatura?

Creo que resumiría las tres características en “saber amar”. Desde mi punto de vista, lo esencial para poder transmitir un conocimiento de forma efectiva es querer y valorar al interlocutor, en este caso, los alumnos. Ese querer a los alumnos está ligado con el amor a la profesión docente y al contenido que se imparte porque, al fin y al cabo, se aprende de lo que se ama.

Las primeras sesiones presenciales virtuales que imparto a mis alumnos tutorizados, siempre las finalizo con esta frase de Konstantin Stanislavsky: «Un actor debe trabajar toda su vida, cultivar su mente, desarrollar su talento sistemáticamente, ampliar su personalidad; nunca debe desesperar, ni olvidar este propósito fundamental: amar su arte con todas sus fuerzas y amarlo sin egoísmo».

Por último, si se ama a la profesión y a los alumnos, se debe estar atento a lo que estos dicen, y, sobre todo, actualizado para que el proceso de enseñanza-aprendizaje sea circular y el profesor se pueda retroalimentar de sus alumnos. No entro a valorar la infinidad de técnicas pedagógicas que existen para enseñar a los alumnos, pero pienso que el teatro es una herramienta esencial para potenciar en el alumno su amor por las letras.

¿Qué libro leerías a tu hijo de bebé, cuál recomendarías que leyera de adolescente y cuál regalarías a la persona que amas?

Es difícil elegir entre tantos buenos títulos, pero ahí van. A mi hijo, cuando sea pequeño, le leería El elefante ha ocupado la catedral (Veintisiete letritas, 2012), de Juan Mayorga. Es su única obra de teatro infantil, que escribió para sus hijos hace un tiempo. Está genialmente ilustrado por Daniel Montero Galán y cuenta con canciones de Pedro Sarmiento. Se trata de un texto perfecto para hacer volar la imaginación y la creatividad de los más pequeños (y de los mayores también).

De adolescente, le recomendaría leer Olvidado Rey Gudú, de Ana María Matute (1996), porque supone un relato sobre el hombre en un universo medieval recreado a partir de elementos fantásticos y tramas que absorben al lector. Aunque se puede leer a cualquier edad, como buen clásico que es, no pasa de moda.

A la persona que amo regalaría las Poesías completas de León Felipe (Visor, 2010), ya que es uno de mis poetas favoritos. El poeta castellano es símbolo del hombre errante, del homo viator que vive en un espacio-tiempo convulso como lo son la España y Europa de la primera mitad del siglo XX y que refleja en su poesía un mundo cambiante, moderno a través de una voz fuerte y desgarradora. Además de su poesía, Felipe también fue un gran traductor (Walt Whitman) y adaptador de textos shakespearianos (Macbeth, Otelo…)

Te acaban de nombrar académico de la RAE, ¿qué cinco palabras incluirías en el Diccionario?

Nunca se me han dado bien los neologismos, así que diré cinco palabras de las cuales, algunas son dialectalismos riojanos y otras estuvieron en su día en el Diccionario de Autoridades o en el DRAE, pero que, en las últimas ediciones de este se han eliminado por estar en desuso:

  • Desentañarse: «Verbo. Quitarse años». Utilizado durante los siglos XVIII y XIX, sirve para referirse a el uso de procedimientos cosméticos para rejuvenecer el aspecto, sobre todo de la cara.
  • Acurdarse: «Verbo. Emborracharse, coger una curda». No podía dejar de introducir este término en la lista, pues me recuerda mucho al esperpento y a Luces de Bohemia, donde más de una vez aparece el término curda, haciendo alusión a la embriaguez de sus personajes.
  • Brabán: «sustantivo. Arado de vertedera» Tipo de arado, generalmente de hierro fundido, con doble vertedera giratoria y ruedas, que toma el nombre de su lugar de procedencia: Brabante, en los Países Bajos.
  • Cenaco: «adjetivo. Niño que está muy sucio» Su uso como adjetivo deriva de su definición primigenia como sustantivo: cieno o barro. Se trata de un dialectalismo riojano recogido en el Vocabulario riojano de Cesáreo Goicoechea de 1961.
  • Aunecer: «verbo. Cundir, dar de sí» Al igual que el anterior término, Goicoechea también recoge en su diccionario este dialectalismo utilizado en la zona de La Rioja y alrededores.

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