Martes, 25 septiembre 2018

Cómo usar la inteligencia emocional cuando los cambios nos desestabilizan

Vivimos en la era de la inmediatez. Todo lo que quiero lo quiero ya. Si me gusta un actor y quiero saber sobre su vida, busco en mi móvil y tengo datos desde su niñez.

Si quiero saber sobre el “puntito rojo” que me ha salido en un dedo, alguien en el mundo lo tendrá como yo y me dará una respuesta de inmediato. Y así podríamos enumerar miles de ejemplos.

A este estado de urgencia por “conseguir” todo “ya”, añadamos los cambios rápidos que vivimos en cualquier entorno social: la política, la educación, la economía, el clima. Y los que experimentamos en nuestra propia vida: en el trabajo, la familia, las relaciones de pareja.

Cualquier cosa puede cambiar de un momento a otro y desestabilizar todo nuestro engranaje. Pero, ¡esto es lo que hay! No podemos cambiar lo que sucede, pero sí podemos elegir cómo lo encaramos.

Entonces es importante activar nuestra inteligencia emocional: esa capacidad de reconocer, aceptar y canalizar nuestras emociones para ponerlas al servicio de nuestros objetivos; en este caso, para afrontar el cambio y la incertidumbre.

Cuando estamos afrontando un cambio estamos en transformación. Sustituyendo una situación por otra, alterando lo que hasta entonces era el orden natural de nuestra vida. Emocionalmente ponemos en crisis nuestra estabilidad.

Avanzar hacia una buena gestión del cambio crea momentos de inestabilidad y es posible que, incluso, de desequilibrio emocional. Lo nuevo, tendrá un impacto, en nuestra forma de vivir y no estaremos seguros de que podamos abordarlo hasta que no haya empezado a ponerse en marcha, y comience a pedirnos nuevos recursos.

Hazte la pregunta ¿para qué hago esto o aquello? Y sentirás como todo empieza a tener más sentido.

La inteligencia emocional nos ayuda en este proceso. Estos son los elementos de apoyo que podemos activar:

Nuestras fuentes internas de automotivación

-Nuestros “para qué” son una de las principales fuentes de automotivación interna. Hazte la pregunta ¿para qué hago esto o aquello? o ¿para qué pienso esto o aquello? Y sentirás como todo empieza a tener más sentido.

-Ponernos metas y objetivos a corto, medio y largo plazo

-Activar nuestros valores

-Tener identificados nuestros logros y usarlos como un “crédito emocional”

Pero también activamos las fuentes externas:

-Nuestros referentes: ¿cómo lo haría o cómo lo pensaría este o aquel referente de mi vida?

-Dedica tiempo a tus actividades “flow”. Esas cosas que tanto te gusta hacer y que no requieren de ti ningún esfuerzo. Por ejemplo, cuidar tu entorno físico: el rincón donde lees, los pequeños detalles de tu hogar. O habla con tus amigos, tu familia, tu pareja. Las personas a las que queremos y nos quieren son la mejor fuente de automotivación que podemos activar.

-Date tiempo para gestionar los cambios. Con los hábitos de la inmediatez no nos permitimos sentirnos tristes o inseguros, o “descolocados”. El tiempo es un gran aliado si nos permitimos usarlo.

-La palabra: Cuida tu lenguaje. Observa cómo te cuentas lo que sucede. Las palabras generan realidades.

-El cuerpo es una dimensión fundamental a tener en cuenta. Un cuerpo saludable es un aval para asegurarnos de que saldremos a flote de cualquier incertidumbre. Escúchalo y cuídalo.

-Activa tu mente y usa tu creatividad. La creatividad es un facilitador emocional que pondrá en marcha muchos recursos que ni siquiera eras consciente que tenías.

Como ves, no hay nada nuevo que no sepas ya. Sin embargo, cuando lo lees, lo organizas, lo priorizas y le pones foco. Lo activas.

Vivir de una forma emocionalmente inteligente es vivir consciente de todas las herramientas emocionales que nos ayudan a generar bienestar.