Lunes, 13 febrero 2017

La vigencia de Lippmann para el estudio de la opinión pública

El primer intento de dar una definición empírica de la opinión pública surge en los años veinte del siglo XX entre los estudiosos de la comunicación, coincidiendo con la extensión y difusión de los mass media. Walter Lippman, un periodista de finales del siglo XIX y principios del XX publica en 1922 Public Opinion, considerado por muchos el primer tratado moderno sobre la opinión pública. En esta obra y en otra posterior de 1925, The Phantom Public, Lippmann desarrolla los elementos centrales de la definición actual del concepto contemporáneo de opinión pública.

La preocupación de Lippmann era analizar los mecanismos por los que se forma la opinión pública: los estereotipos. Estos últimos son un molde que se extiende rápido en conversaciones o en cualquier otra interacción. Implican asociaciones negativas y positivas de ciertos temas o personajes que quedan marcados de forma definitiva. Lippmann percibe que existe una clara diferencia entre las experiencias de primera mano y las que se reciben por otros medios, especialmente los medios de comunicación de masas, pero la gente no es consciente de ello. Por tanto, los medios pueden formar estereotipos rápidamente. Una consecuencia evidente de ello es que las opiniones no se forman a través de un proceso racional y calculado, sino a través de estereotipos. Estos son un tamiz para la percepción, los procesos cognitivos están condicionados por las actitudes, como luego mostraron los estudios sobre percepción selectiva de Heider, Osgood y Tanenbaum o Festinger.

Con Lippmann comienza la investigación moderna sobre la opinión pública con una orientación empírica. Sin embargo, es en el periodo de entreguerras cuando se consolida el interés científico por el estudio de la opinión pública, fundamentalmente de la mano de los estudios sobre comunicación y de los experimentos de la Psicología Social sobre el efecto de la exposición a los nuevos medios de masas. Después de la Segunda Guerra Mundial, la Sociología y la Ciencia Política comienzan a interesarse ampliamente por la investigación en opinión pública, fundamentalmente gracias a la generalización de los métodos de investigación a través de encuesta. En la segunda mitad del siglo XX los estudios de opinión pública han experimentado un crecimiento espectacular, tanto desde el punto de vista de su relevancia académica como política y social, dando lugar al desarrollo de un campo de investigación multidisciplinar en el que se pueden inscribir estudiosos procedentes de todas las áreas de las Ciencias Sociales.

En las dos últimas décadas, hemos asistido al desarrollo de nuevas líneas de trabajo que tratan de superar la vieja dicotomía entre los estudios de opinión a nivel y los estudios macro, con la aplicación de diseños de investigación multimétodo. Sin embargo, aunque el progreso de la disciplina resulta indiscutible, también parece evidente señalar que no disponemos aún de un concepto unificado de opinión pública que nos permita analizar sus distintas manifestaciones desde un punto de vista común. Todavía perviven diferentes concepciones de opinión pública que están presentes en el mundo académico y en el discurso político, y que podrían agruparse en torno a cinco categorías o conceptos de opinión pública.

La primera categoría entiende la opinión pública como una agregación de las opiniones de los individuos. Es una definición ampliamente compartida en las democracias contemporáneas y se basa, en parte, en la idea de que la opinión pública puede conocerse a través de la investigación por encuesta. El estado de la opinión sobre una determinada materia viene reflejado por la distribución de opiniones entre el público. Se asume que la opinión pública es voluble y, por tanto, debe ser seguida de manera continua a través del uso intensivo de sondeos.

La segunda categoría entiende que la opinión pública refleja las creencias mayoritarias en la sociedad. En este sentido, sería un equivalente de las normas convencionales y cumpliría una función de control social. La opinión pública impone las modas, los gustos o las formas de pensar. Existe una abundante literatura sobre la predisposición de los individuos a la conformidad como forma de buscar la aprobación social de los miembros del grupo. Noelle-Neumann ha estudiado el mecanismo por el que las personas que se encuentran en minoría en un determinado grupo mantienen sus opiniones en silencio para evitar la reprobación social.

La tercera categoría define la opinión pública en términos de los conflictos sociales entre los grupos que conforman una sociedad. Las opiniones no son producto de un proceso cognitivo de deliberación individual, sino que son las organizaciones intermedias, como los partidos políticos, los que definen las opiniones y luego éstas son asimiladas, de manera un tanto acrítica, por los miembros del grupo. Un presupuesto esencial es que la sociedad está compuesta de grupos que se hallan en un conflicto de intereses constante. Por otro lado, el proceso de formación de la opinión es siempre vertical de arriba hacia abajo.

En la cuarta categoría, la opinión pública es definida por los medios o por la élite. Algunos puntos de vista sostienen que la opinión pública es ante todo la opinión publicada, es decir, lo que los medios de comunicación o las élites definen como opinión pública, de manera que los ciudadanos tienen un papel residual en la formación de los climas de opinión. Este planteamiento está en la obra de Lippmann, y se basa en la idea de que el ciudadano medio tiene un conocimiento muy limitado de los asuntos públicos.

En la quinta categoría, la opinión pública como tal es una ficción. Supone ir un paso más allá de la categoría anterior para afirmar que la opinión es una construcción retórica sin base empírica de ningún tipo. El público viene a ser una especie de mito o fantasma, que sirve para legitimar la toma de decisiones en el proceso político.