Jueves, 24 enero 2019

Con la script en los talones

Uno de los mayores placeres de nuestro oficio es, sin ninguna duda, la lectura que precede a la escritura. Investigar, indagar y descubrir son tres aspectos tan intelectivamente estimulantes que, a la larga, generan mayor adicción que el propio acto de escribir. Por ello guardamos notas y apuntes y post-it repletos de ideas surgidas al albor de alguna lectura, anécdotas que, en la mayor parte de los casos, derivan en el corpus de nuestro trabajo.

En la actualidad, cuando me encuentro inmersa en la escritura de un nuevo libro sobre el maestro del suspense, Alfred Hitchcock, no puedo sino rendirme ante la evidencia de que han sido tantos los volúmenes que he leído y consultado que, en este momento, mi mente bulle con datos incontables sobre su trabajo y su sentido fílmico.

Podría exponerles la relación que Alfred Hitchcock mantuvo con sus distintos guionistas y, sin ninguna duda, haría surgir más de una carcajada si les contase cómo se le ocurrían las tramas originales, aquellas ideas osadas, bizarras y aparentemente inocentes de las que derivaban los argumentos más complejos.

El disparador de la trama

Podría hablarles del Mcguffin, de ese enganche efectivo pero irrelevante para el argumento, que tan solo servía de disparador de la trama: una pareja de periquitos, una confusión de identidad, un maletín repleto de dólares. Nada era importante y, contra todo pronóstico, resultaba del todo esencial para configurar sus películas; cómo si no hubieran nacido títulos como Los pájaros, Con la muerte en los talones o Psicosis.

En esta ocasión subrayaremos, precisamente, uno de los pocos fallos que apareció en su filmografía: la continuidad a cargo de la script. Como mencionamos en su momento, la figura del script está íntimamente relacionada con el concepto de raccord.

Se denomina script al profesional de la continuidad. Por eso mismo, en muchas ocasiones se le ha designado como ‘continuista’ al profesional que ejerce de script, porque es su labor el velar porque todo exude realidad. Para ello, la continuidad no puede mostrar ningún salto: si alguien camina hacia la derecha, en el siguiente plano no puede dirigirse hacia la izquierda; si el protagonista habla con un niño, su mirada debe dirigirse hacia abajo y no hacia arriba; si rodamos un diálogo nocturno, el contraplano no puede mostrar un sol radiante. Estos ejemplos, muy toscos, hiperbolizan una actividad que, en verdad, debe atender a detalles a priori ínfimos, pero que a los ojos de los espectadores resultan de una lógica vertebral. Si se rompe esa lógica, se percibe el artificio fílmico.

Octubre de 1958

Y así es que llegamos a octubre de 1958. En California, una explanada desértica en la que se ha desplegado el rodaje de Con la muerte en los talones presagia un nuevo éxito de Alfred Hitchcock. En el centro del plano, Roger O. Thornhill (Cary Grant) espera a un personaje que jamás arribará; en su lugar, una avioneta fumigadora comienza una de las persecuciones más legendarias de la historia del cine. Thornhill, asustado, huye por la carretera principal y, cuando se ve superado por la presión, se dirige hacia un campo sembrado. Allí, agazapado entre unos maizales, será imposible dar con él. Pero el piloto de la avioneta, hábil en su labor, se percata del envite, fumigando la plantación con químicos. Rociado con polvo altamente tóxico, a Thornhill no le queda más remedio que huir del maizal y atravesar la carretera en busca de alguien que le preste ayuda.


Hele aquí la situación de la discordia. Cualquiera comprenderá que, tras ser fumigado, un individuo enseguida aparecerá ante el espectador con polvo esparcido por todo el traje, un detalle en absoluto baladí que pasó desapercibido para todo el equipo, especialmente para su script, Peggy Robertson. Cuando la mujer se percató de que la continuidad había sido vulnerada, ni más ni menos que media semana después de comenzar el rodaje de la secuencia, un auténtico ataque de histeria se apoderó de ella primero, y de todo el equipo después. Que nadie se hubiera dado cuenta del error es algo que jamás se ha comprendido. Lo único cierto es que el trabajo en aquel desierto abrasador hubo de ser repetido nuevamente, con todo el esfuerzo, el retraso en el rodaje y la inversión que eso suponía.

Con este caso, desmedido hasta el extremo, se puede percibir la importancia de una de las profesiones más olvidadas de la industria cinematográfica, sin la que sería imposible poner en marcha la fábrica de sueños. En ocasiones tendemos a destacar los elementos que se iluminan ante los focos cinematográficos, para olvidar aquellos que se desarrollan en la retaguardia del cine, como la sensible continuidad.

Jamás se olviden de ella, aviso para navegantes, porque nadie está libre de los fallos de raccord. Ni siquiera el gran Alfred Hitchcock.