Dos imágenes de 1937: a la izquierda, el cartel Campamento de Unión de Muchachas, de Juana Francisco Rubio, y la derecha portada de Pasionaria, de Manuela Ballester.

Lunes, 23 julio 2018

'A contratiempo, medio siglo de artistas valencianas': recordando imágenes y sonoridades 

Después me detendré en el trabajo de dos conocidas artistas a las que admiro y sigo desde hace mucho tiempo: Soledad Sevilla y Ana Torralva: las recuerdo a raíz de la exposición que recomiendo, que incluye más de 240 trabajos de creadoras, más o menos reconocidas en el ámbito artístico por su trayectoria fuera de su espacio natal, por su trabajo único, y que se dan cita en la Galería 7 del IVAMSe trata de “A contratiempo. Medio siglo de artistas valencianas (1929-1980)”, que reúne fotografía, pintura y carteleríamás de 40 nombres que, desde la Segunda República hasta nuestros días, han representado esa lucha artística y vital de la mujer. 

Nombres como los de Victoria Civera, Ángeles Marco, Ana Torralva, Ana Peters o Cristina Grau, van entretejiendo ese cosmos en el que se dan cita propuestas que parten de aquellas portadas que Manuela Ballester hiciera en los años 20 y 30. Imágenes de Amparo Segarra, de Juana Francés (su obra de 1953, Silencio, con ese personaje con la boca tapada, es decisiva) o aquel otro cartel de 1937, de Juana Francisco.

Sobrevolamos por los años de dictadura y primeros años de democracia, con propuestas de las entonces muy jóvenes pero muy destacadas, Carmen Calvo (que ya expuso en 1980 en Nueva York) y Soledad Sevilla (a quien luego volveré), hasta llegar a las de artistas de nuevas generaciones.

Se incluyen interesantísimos y diversos lenguajes entretejidos por artistas-mujeres, y por lo tanto, grandes microcosmos generados en torno a la mirada femenina; mundos y miradas desde la lucha, desde el silencio, desde el llanto y el abandono (como por ejemplo, los trabajos que Ana Torralva hiciera en el 1979 en el psiquiátrico de Betera). 

Dos obras de los años 50: a la izquierda, Silencio (1953), de Juana Francés, y a la derecha, la obra de 1952, de Amparo Segarra y Eugenio Granell, titulada 1924, Puerto Rico. 

Dos obras de los años 50: a la izquierda, Silencio (1953), de Juana Francés, y a la derecha, la obra de 1952, de Amparo Segarra y Eugenio Granell, titulada 1924, Puerto Rico.

Recomiendo también “A Contratiempo”, entre otras razones, porque incluye los trabajos de dos creadoras a las que, como decía, siempre he seguido con especial atención por su autenticidad y compromiso: Ana Torralva y Soledad Sevilla. Precisamente esta pasada temporada, tuvimos la suerte de poder disfrutar de sus últimos proyectos expositivos. En el caso de la fotógrafa Ana Torralva, emocionarnos con los rostros de sus personajes del Cante que tanto ha defendido durante años, y en el de Soledad Sevilla, con esos espacios vibrantes que genera y entrega a nuestra mirada. 

 Paco de Lucía, Camarón o El Cigala 

La exposición de Ana Torralva, “Teoría y juego del duende”, tuvo lugar el primer trimestre del año, en el DA2 de Salamanca: sonoridades emanando de aquellas voces y cuerpos del flamenco, desgarros y certezas recogidas en esos rostros de célebres bailaores, de los que Ana Torralva extrae el alma del personaje: el drama y la música, a flor de piel. Voces como las de Paco de Lucía, Camarón, El Cigala o pertenecientes a nuevas generaciones, como el caso de Rocío Márquez; junto a ellos, danzas de bailaoras como Alba Heredia, original del Sacromonte, o la japonesa Ariko Yara. Los personajes elegidos por Torralva entran como en ebullición, se muestran ante su cámara tal y como son. 

Alba Heredia, Paco de Lucía o Camarón, retratados por Ana Torralva dentro de su proyecto “El Duende”  

Alba Heredia, Paco de Lucía o Camarón, retratados por Ana Torralva dentro de su proyecto “El Duende”

Y en el caso de Soledad Sevilla, en fechas similares, pudimos ver en el CEART de Fuenlabrada su retrospectiva “Espacios de la mirada”; sus geometrías intensas y vibrantes (me atrevería a decir que, incluso sonoras), geometrías de atmósferas y crepúsculos, que traen texturas explícitas o intuidas, pero siempre creando atmósferas nuevas. Invadidos, como estamos, de imágenes deshechas, de imágenes vacías, de imágenes rotas, de superfluas narraciones, la pintura de Soledad Sevilla se nos presenta así: equilibrada, pero cargada de voltaje.  

gunas imágenes del proyecto de Soledad Sevilla en el CEART

Algunas imágenes del proyecto de Soledad Sevilla en el CEART

Soledad Sevilla y Ana Torralva, dos propuestas que ofrecen posibilidades para generar en nosotros nuevos hallazgos, poder cristalizarnos con sus pinturas y hechizarnos con sus fotografías. En ambos casos, además, son artistas de trayectoria firme, siempre latente, productiva, coherente. Noos llenan de gozo frente a ciertas manifestaciones de los últimos años, frente a ciertas afirmaciones ligeras que etiquetan de artista a todo aquel que pretenda serlo. 

En definitiva, tanto en la obra de Ana Torralva como en la de Soledad Sevilla, aun siendo dos mundos antagónicos y partícipes de inquietudes bien distintas, laten instantes altamente emocionales, instantes de fragilidades y de sueños. Sean retazos de vida sobre los escenarios (en el caso de Torralva), sean espacios turbadores y crepusculares (en el caso de S. Sevilla), son vivencias para la metamorfosis, para la reconstrucción de realidades, con (siempre) un ímpetu claramente definido. Volvemos, una vez más, a creer en el máximo poder del arte, que no es el de captar nuestra atención, sino el de sobrecogernos, de repente al encontramos con él.