Martes, 26 febrero 2013

Jiménez Lozano: raíz castellana, aliento europeo

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El filósofo hebreo Jacob Taubes afirmó en una ocasión que la historia del pensamiento occidental se divide entre los partidarios de Friedrich Nietzsche y los de Pablo de Tarso. De hacer caso a Taubes, diríamos que José Jiménez Lozano se inscribe en la estirpe familiar del Apóstol de los gentiles – y por familia entiendo una cultura y una sensibilidad -; no tanto por el apelativo de “escritor cristiano” – que a veces ha rehuido Jiménez Lozano -, sino por el componente de conversión – de ruptura ética con lo ya establecido – que define su obra.

Siendo un autor de honda raigambre castellana y de evidente aliento europeo, la peculiar voz narrativa de Jiménez Lozano resulta indisociable de los márgenes en los que se sitúa. Quiero decir que no hablamos de un escritor canónico – aunque sin duda la historia le reservará un lugar destacado en la literatura española del siglo XX -, sino de alguien que se inserta plenamente en lo que el jesuita francés Michel de Certeau llamó la “tradición humillada”, es decir, la de aquellos que, por vivir al margen de los poderes de la Historia, son capaces de esclarecer el mundo que nos rodea.

En este sentido, la idea paulina de la conversión adquiere toda su vigencia: la cultura, la identidad, el poder, la realidad en definitiva, exigen una luz exterior que, iluminando el más íntimo regazo del alma, permita al hombre salir de sí mismo. A esta verdad que nos llega de fuera – a veces como escándalo – y cuya mirada desvela la condición humana en toda su desnudez, le ha dedicado el escritor de Alcazarén decenas de relatos, poemas y ensayos marcados por un vigor intelectual y moral muy poco común en nuestro país. En uno de estos libros, El narrador y sus historias, imprescindible si queremos acercarnos a la hermenéutica de Jiménez Lozano, encontramos resumido el núcleo último de su pensamiento: “La verdad – leemos – sólo ha hecho su aparición como desgracia e irrisión”. De fondo resuenan Cervantes y fray Luis de León, Kierkegaard y Simone Weil, Pascal y la lucidez estrafalaria de Flannery O’Connor, los profetas bíblicos y las súplicas de los salmos, Emmanuel Lévinas y el Ángel de la Historia de Walter Benjamín – una estirpe familiar que ha convertido la luz del amor en la sustancia concreta de la justicia y de la memoria.

Un resumen breve de su obra nos conduce en primer término hacia sus diarios, inaugurados a mediados de los ochenta con Los tres cuadernos rojos, cuyo valor fundacional ha sido reconocido por los más insignes dietaristas españoles: de Valentí Puig a José Carlos Llop o Andrés Trapiello. Ahí apuntan – a menudo en forma de diálogo con la gran tradición europea – los temas fundamentales del autor – la heterodoxia, los moriscos, la judería, la pintura flamenca, el cristianismo y la sensibilidad jansenista frente al poder, entre otros –, que recibirán posterior desarrollo en una serie de ensayos que me atrevo a tildar de imprescindibles: Los cementerios civiles, Guía espiritual de Castilla, Los ojos del icono, Retratos y naturalezas muertas o El narrador y sus historias, del que he hecho mención anteriormente. La sobrecogedora humildad de las narraciones de Jiménez Lozano encuentra uno de sus vértices en El mudejarillo, la maravillosa biografía novelada que dedicó a san Juan de la Cruz, o en la conocida Historia de un otoño, donde plantea la cuestión de la conciencia frente a los abusos del poder, y en tantos otros de sus múltiples colecciones de relatos. Cabe reseñar finalmente sus tardíos libros de poesía – pienso ahora, por ejemplo, en Elogios y celebraciones o en el anterior Elegías menores   – de los que El precio, en edición de Enrique García-Máiquez, constituye una espléndida antología.

Daniel Capó