Jorge Arana Varona
La coordinadora de la Red Iberoamericana de Educación Inclusiva UNESCO analizó junto a expertas de Santillana cómo el bienestar emocional puede aplicarse en el aula y por qué sigue siendo el gran desafío pendiente en América Latina.

Hablar de inclusión educativa hoy implica ir mucho más allá del acceso al aula. El verdadero reto es lograr que todos los estudiantes participen, aprendan y se desarrollen en condiciones reales de bienestar emocional. Y ahí es donde surge la gran pregunta: ¿por qué sigue siendo más un discurso que una práctica?
Ese fue el eje del Foro UNIR celebrado junto a Santillana, que reunió a Jerónima Sandino, coordinadora de la Red Iberoamericana de Educación Inclusiva UNESCO; Celeste Salerno, directora editorial del Grupo Santillana; y Pamela Ruiz, doctora en Psicología e investigadora de UNIR.
Desde el inicio, Jerónima Sandino marcó el tono del debate con una idea clave: “la educación inclusiva es un proceso en evolución”. No se trata de una meta cerrada ni de un modelo perfecto, sino de un camino continuo que requiere ajustes, reflexión y acción constante.
Cinco claves del Foro UNIR
- La inclusión no es un fallo, es un proceso: “la educación inclusiva es imperfecta y siempre está en evolución”, explicó Jerónima Sandino, rechazando la idea de fracaso para enfocarse en mejora continua.
- Celeste Salerno puso el foco en el enfoque integral: “un alumno no puede aprender si no está bien emocionalmente”, subrayando que el bienestar es la base del aprendizaje.
- Las emociones regulan el aprendizaje: “las emociones están directamente asociadas al aprendizaje”, afirmó Pamela Ruiz, destacando su impacto en atención, memoria y motivación.
- “no se trata de simplificar, sino de hacer posible el aprendizaje”, explicó Pamela, al hablar de ajustar tareas para atender la diversidad.
- La comunidad educativa es clave: “la educación no ocurre solo en el aula”, recordó Jerónima, insistiendo en el papel de familias y entorno.
Más allá del discurso
Uno de los puntos más repetidos en el foro fue que la inclusión no está fallando, sino que está en construcción. Jerónima Sandino insistió en cambiar la mirada: en lugar de centrarse en lo que no funciona, hay que identificar lo que sí está funcionando y replicarlo.
“tenemos que hablar también de lo que está bien”, señaló, poniendo en valor el trabajo diario de miles de docentes que ya aplican estrategias inclusivas en contextos complejos.
Este enfoque positivo no oculta los desafíos, pero permite avanzar desde la práctica y no desde la frustración.
El bienestar emocional como base
Celeste Salerno llevó el debate a un punto clave: durante años, el sistema educativo se centró en contenidos, pero dejó en segundo plano el bienestar emocional.
“estuvimos mucho tiempo mirando cómo enseñar materias”, explicó, señalando que ahora el foco debe ser más amplio. La educación no puede limitarse a transmitir conocimientos, sino que debe atender al desarrollo integral del estudiante.
En este sentido, destacó que cada vez más instituciones y gobiernos están incorporando el bienestar emocional como eje estratégico. No es una moda, es una necesidad.
El aula real: diversidad y complejidad
Uno de los grandes retos que surgió en el foro es cómo llevar todo esto a la práctica en aulas con alta diversidad y recursos limitados.
Jerónima Sandino lo planteó con claridad: “la diversidad no es un problema, es una oportunidad”. El desafío no es eliminarla, sino aprender a trabajar con ella.
Esto implica cambiar el enfoque. En lugar de centrarse en diagnósticos individuales, el docente debe diseñar experiencias de aprendizaje que funcionen para todos.
El concepto clave aquí es el diseño universal para el aprendizaje, que busca crear entornos accesibles desde el inicio, no adaptarlos después.
El papel de las familias
Otro de los temas más repetidos fue la implicación de las familias. Muchos docentes expresaron una preocupación clara: el esfuerzo en el aula no siempre tiene continuidad en casa.
Jerónima Sandino fue directa: “la educación no ocurre solo en el aula”. Para que la inclusión funcione, debe haber una corresponsabilidad entre escuela y familia.
Esto requiere un cambio cultural. No se trata solo de delegar en el docente, sino de construir una comunidad educativa donde todos participen en el proceso.
Qué pasa cuando no se trabaja lo emocional
Pamela Ruiz aportó una mirada más técnica y explicó por qué el bienestar emocional no es un complemento, sino una condición para aprender.
“la emoción regula cómo aprendemos”, afirmó. Si un estudiante está en un estado emocional inadecuado, su capacidad de atención y memoria se ve directamente afectada.
Aquí introdujo un concepto clave: el nivel de activación emocional. Si es demasiado bajo, aparece el aburrimiento. Si es demasiado alto, aparece el bloqueo. En ambos casos, el aprendizaje no ocurre.
Por eso, el objetivo no es que el alumno esté tranquilo, sino que esté en un punto óptimo que le permita concentrarse.
Estrategias concretas en el aula
El foro no se quedó en la teoría. Pamela Ruiz propuso estrategias prácticas para aplicar en el aula.
Una de las más relevantes es trabajar sobre la tarea, en lugar de intervenir directamente sobre el alumno. Ajustar la claridad, la estructura o el nivel de exigencia puede cambiar completamente la respuesta emocional.
“pequeños cambios en la tarea transforman la participación”, explicó. Dividir actividades en pasos, anticipar instrucciones o reducir la ambigüedad puede mejorar la implicación.
También destacó la importancia de leer el comportamiento del alumno como una señal emocional, no como un problema de actitud.
El rol del docente
El foro dejó claro que el docente sigue siendo una figura clave. Pero su papel está cambiando.
Ya no se trata solo de transmitir contenidos, sino de diseñar experiencias, gestionar emociones y adaptar el entorno de aprendizaje.
Esto implica nuevas competencias y formación continua. Como se señaló en el debate, muchos docentes sienten que no tienen herramientas suficientes para afrontar estos retos.
Sin embargo, también se destacó que existen recursos, metodologías y programas que pueden ayudar a dar ese paso.
Un cambio de enfoque necesario
El mensaje final del foro fue claro: la inclusión y el bienestar emocional no son opcionales.
“no podemos esperar a que aparezcan los problemas”, se insistió en el cierre. La intervención debe ser preventiva, no reactiva.
Esto implica un cambio profundo en el sistema educativo, pero también en la forma de entender el aprendizaje.
El Foro UNIR evidenció algo importante: la educación está en un momento de transformación.
La inclusión ya no se mide por el acceso, sino por la experiencia real del estudiante. Y el bienestar emocional se convierte en el eje que articula todo el proceso.
En palabras de las expertas, no se trata de hacer más, sino de hacer mejor. Y eso empieza por entender que aprender no es solo una cuestión de contenidos, sino de emociones.
- Facultad de Ciencias de la Educación y Humanidades






