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El eje intestino-cerebro abre una nueva mirada sobre la salud en niños y adolescentes

El Foro UNIR analizó la influencia de los microorganismos intestinales en el desarrollo físico, neurológico y emocional durante las primeras etapas de la vida, con especial atención a la alimentación, el sueño, el estrés y el papel de las familias.

Ana Gugel, presentadora del Foro UNIR, junto a los ponentes del encuentro.Descubre nuestros estudios de Ciencias de la Salud

“El 90% de la serotonina está en el intestino”. La afirmación de Marta Corral, doctora en Psicología y ejecutiva académica del Máster en Bienestar Emocional de UNIR, resume una idea que cada vez gana más peso en la investigación científica: la salud digestiva y la salud mental no son mundos separados. Fingir que el cuerpo funciona por departamentos estancos es cómodo, pero bastante torpe.

El Foro UNIR Microbiota en la infancia y la adolescencia abordó precisamente esa conexión entre intestino, cerebro, sistema inmune, desarrollo neurológico, comportamiento y bienestar emocional. La sesión puso el foco en cómo los hábitos adquiridos desde edades tempranas pueden influir en la salud presente y futura.

Máster Universitario en Microbiota Humana

En el encuentro participaron Gema Atienza, dietista-nutricionista y fundadora de Nutrición Avanzada; Daniel Escobar, experto en nutrición infantil y docente de UNIR; y Marta Corral, doctora en Psicología y ejecutiva académica del Máster en Bienestar Emocional de UNIR.

“La microbiota es esencial para un buen estado de salud”, defendió Gema Atienza durante el foro. La especialista insistió en que la prevención empieza incluso antes del nacimiento, en la etapa de preconcepción, y continúa durante los primeros años de vida con la alimentación, el descanso, el entorno y los vínculos familiares.

Cinco claves del Foro UNIR

  • Eje intestino-cerebro: La microbiota participa en la comunicación entre el sistema digestivo y el sistema nervioso. “El 70% o el 80% de los neurotransmisores se producen a nivel intestinal”, explicó Gema Atienza.
  • Primeros años de vida: El nacimiento, la lactancia, el entorno y la alimentación influyen en la composición microbiana. “El mejor regalo que le podéis hacer a vuestro bebé es cuidaros el año antes de quedaros embarazadas”, señaló Atienza.
  • Alimentación protectora: La fibra, los fermentados, las frutas, las verduras, los frutos secos y los polifenoles ayudan a cuidar ese ecosistema. “Cuanto más árboles tengamos, más diversa es nuestra microbiota”, comparó Daniel Escobar.
  • Sueño adolescente: Dormir mal afecta al aprendizaje, la regulación emocional y la diversidad bacteriana. “Durante el sueño los adolescentes están generando nuevas conexiones”, recordó Marta Corral.
  • Prevención familiar: Los hábitos sostenidos en casa son decisivos para niños y adolescentes. “El papel de la familia es vital, sobre todo cuanto antes se empiece”, afirmó Atienza.
  • Salud emocional: El estrés crónico también puede alterar la microbiota. “Cuidemos mucho los vínculos, porque los vínculos dan seguridad”, defendió Corral.

Microbiota antes de nacer

Gema Atienza explicó que la microbiota intestinal es un ecosistema dinámico formado por trillones de microorganismos que colonizan el intestino humano. Su función no se limita a la digestión: también interviene en procesos metabólicos, inmunológicos, endocrinos y neurológicos.

La especialista diferenció entre microbiota y microbioma, dos conceptos que suelen confundirse. La microbiota alude al conjunto de microorganismos que habitan en el organismo, mientras que el microbioma hace referencia a su material genético. Sí, otra confusión terminológica más para la colección humana, pero aquí importa porque no son lo mismo.

Durante el foro, Atienza subrayó que la colonización microbiana comienza desde etapas muy tempranas. El tipo de parto, la lactancia materna o de fórmula, el uso de antibióticos, la convivencia con hermanos, la exposición a animales y el entorno en el que crece el bebé influyen en esa configuración inicial.

También insistió en la importancia de los primeros mil días de vida, aunque Daniel Escobar amplió esa mirada: “Yo voy a decir los primeros 8.000 días de vida”, afirmó. Para el experto, toda la edad pediátrica representa una ventana de oportunidad para prevenir problemas que pueden manifestarse en la edad adulta.

Lo básico sigue funcionando

Una de las ideas más repetidas fue la necesidad de cuidar los hábitos. Atienza defendió una alimentación basada en fibra, frutas, verduras, alimentos fermentados como yogur o kéfir, frutos secos, semillas, cacao puro y alimentos ricos en polifenoles. Frente a eso, recomendó limitar ultraprocesados, aditivos, edulcorantes, grasas trans y productos que favorezcan el crecimiento de microorganismos perjudiciales.

Daniel Escobar reforzó esta idea desde la nutrición infantil. Explicó que todavía no existe un modelo único de microbiota sana aplicable a toda la población, porque cada persona desarrolla una composición propia según su historia, su entorno, su alimentación y sus antecedentes. Aun así, sí hay estrategias útiles para favorecer una mayor diversidad bacteriana.

La alimentación complementaria, añadió, es una etapa clave. Introducir frutas, verduras, legumbres y distintos grupos alimentarios durante el primer año de vida ayuda a que el sistema digestivo madure y a que la microbiota gane diversidad. No se trata de improvisar, sino de adaptar la exposición alimentaria a cada etapa y situación del niño.

El sueño fue otro de los grandes temas. En la adolescencia, explicó Atienza, los ritmos circadianos tienden a retrasarse. Muchos jóvenes se acuestan tarde, madrugan por obligación escolar y acumulan una especie de jet lag social. A eso se suman pantallas, cenas tardías y actividad física nocturna. La receta perfecta para que el cuerpo funcione como una oficina pública un viernes a última hora.

Salud mental

Marta Corral abordó la conexión entre microbiota y bienestar emocional. Explicó que los desequilibrios microbianos se han relacionado con neuroinflamación, alteraciones en las conexiones sinápticas, cambios en neurotransmisores y modificaciones en estructuras cerebrales como el hipocampo, la amígdala o la corteza prefrontal.

Estas estructuras son especialmente relevantes en la infancia y la adolescencia. El hipocampo interviene en el aprendizaje y la memoria; la amígdala participa en la respuesta emocional; y la corteza prefrontal está vinculada al control de impulsos, la planificación y la toma de decisiones. En adolescentes, esta última todavía está en desarrollo, lo que explica parte de su vulnerabilidad emocional y conductual.

Corral también mencionó estudios que relacionan alteraciones de la microbiota con trastornos del neurodesarrollo como el TDAH o el TEA, aunque recordó que es un campo en investigación. La prudencia aquí no es cobardía, es higiene intelectual. No todo se explica por la microbiota, pero ignorarla empieza a parecer igual de absurdo.

La psicóloga defendió además una mirada multidisciplinar. Antes de diagnosticar o tratar determinados problemas emocionales, conviene observar también el estado físico, los hábitos, la alimentación, el sueño y posibles alteraciones orgánicas. “Los seres humanos somos un todo”, recordó.

Familias, vínculos y prevención real

El papel de las familias ocupó buena parte del debate. Gema Atienza insistió en que los buenos hábitos deben comenzar cuanto antes: horarios regulares, rutinas de sueño, alimentación variada, menor exposición a pantallas y un entorno emocional estable.

Marta Corral añadió que el estrés crónico puede afectar a la microbiota y que los vínculos seguros son una herramienta de protección. La adolescencia, recordó, es una etapa de cambios, crisis de identidad, decisiones vocacionales y presión social. No hace falta dramatizarla, pero tampoco conviene tratarla como si fuese una versión ligeramente ruidosa de la infancia.

“El mayor afrontamiento es tener una familia detrás”, afirmó Corral. Ese apoyo no elimina el estrés, pero ayuda a gestionarlo. Equivocarse, cambiar de camino y explorar forman parte del desarrollo. El problema aparece cuando el adolescente vive todo eso sin sostén emocional, sin rutinas y con una exigencia constante de perfección.

El foro dejó una idea clara: cuidar la microbiota no consiste en obsesionarse con suplementos ni perseguir soluciones milagrosas. Implica sostener hábitos básicos, cuidar la alimentación, dormir mejor, reducir ultraprocesados, proteger los vínculos y entender que la salud física y emocional se construyen juntas.

Una nueva mirada

El avance del conocimiento sobre microbiota está abriendo nuevas vías para nutricionistas, psicólogos, pediatras, docentes y profesionales sanitarios. La relación entre alimentación, desarrollo infantil, salud mental y prevención exige perfiles capaces de trabajar desde una perspectiva más integrada.

En este contexto, formaciones como el Máster en Microbiota Humana o el Máster en Bienestar Emocional de UNIR conectan con una realidad cada vez más evidente: comprender la salud infantil y adolescente requiere mirar más allá del síntoma aislado. Algo básico, sí. Y aun así, ha costado siglos llegar hasta aquí.

  • Facultad de Ciencias de la Salud

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