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Alertan del riesgo de sobrediagnóstico de trastornos de la personalidad en adolescentes

¿Cómo distinguir una crisis adolescente normal de señales clínicas que requieren intervención? Tres especialistas analizan en Foro UNIR la importancia de la identidad, los vínculos familiares y el grupo de iguales, y rechazan etiquetar demasiado pronto.

Jorge Heili, con las tres expertas participantes en el Foro UNIR.Descubre nuestros estudios de Ciencias de la Salud

Los 7 puntos claves del Foro UNIR

  1. La identidad es el eje del desarrollo adolescente: permite al joven reconocerse en el tiempo, diferenciarse de los demás y funcionar con autonomía. Cuando esa identidad no se integra, pueden aparecer señales clínicas relevantes.
  2. No toda crisis adolescente es patológica: la duda, la contradicción y la exploración forman parte del crecimiento. La clave está en observar si el malestar se resuelve o se vuelve crónico, intenso y desorganizador.
  3. El contexto familiar importa: las conductas adolescentes deben leerse dentro del sistema familiar, escolar y social. Juzgar solo el comportamiento puede ocultar necesidades, heridas o formas de adaptación al entorno.
  4. Cuidado con las etiquetas tempranas: diagnosticar demasiado rápido puede fijar identidades problemáticas. Es recomendable prudencia y una mirada clínica capaz de distinguir conducta, contexto y sufrimiento real.
  5. La funcionalidad marca una señal de alarma: cuando el cambio afecta a la escuela, la familia, los amigos o la vida diaria, conviene pedir ayuda. La duración y la intensidad son criterios esenciales.
  6. El grupo de iguales puede ser terapéutico: los espacios grupales ayudan a los adolescentes a sentirse comprendidos, ensayar vínculos y reparar conflictos. La pertenencia es una necesidad central en esta etapa.
  7. La tecnología debe integrarse, no sustituir el vínculo: las redes añaden complejidad a la construcción de identidad. El reto es crear más encuentros presenciales y usos creativos, compartidos y saludables de lo digital.
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La adolescencia es una etapa de búsqueda, contradicciones y cambios acelerados, pero no todo malestar adolescente debe leerse como patología. Esa fue una de las principales conclusiones del Foro UNIR “Trastornos de la personalidad en la adolescencia: prevención, detección y tratamiento”, en el que se abordó cómo diferenciar una crisis evolutiva normal de una difusión de identidad que puede anticipar problemas más graves. El encuentro puso el foco en la necesidad de mirar la intensidad, la duración, la funcionalidad y el contexto antes de diagnosticar o etiquetar.

Foro UNIR contó con la participación de Pamela Foelsch, psicóloga, cofundadora de CleVer Family, profesora clínica asociada y doctora en Psicología Clínica; Helen Trebbau, médico psiquiatra, biomédico y coach de talento, especializada en el trabajo con adolescentes; y Ana S. Preysler, fundadora de Equidae Psicología, con experiencia clínica infantojuvenil, familiar, adulta, educativa y docente. La sesión fue moderada por Jorge Heili, director de Foro UNIR.

Identidad adolescente: entre una crisis normal y las señales de alarma

Foelsch situó la identidad en el centro del desarrollo adolescente. Desde la tradición de Erik Erikson y Paulina Kernberg, explicó que la identidad permite sostener una experiencia de continuidad del yo, diferenciarse de los demás y funcionar con autonomía. En la adolescencia, esa construcción se ve atravesada por cambios físicos, hormonales, cognitivos, afectivos y sociales que obligan al joven a redefinirse constantemente.

La psicóloga recurrió a la metáfora de Alicia en el país de las maravillas para describir el tránsito adolescente hacia un mundo extraño, nuevo y a veces desconcertante. Como Alicia, el adolescente sale del entorno familiar, explora reglas desconocidas, descubre límites, se enfrenta a la propia vulnerabilidad y empieza a elaborar una lógica más compleja. En ese camino, dijo, lo saludable no es la ausencia de dudas, sino la capacidad de integrar los cambios sin perder del todo la continuidad personal.

“La identidad crea una experiencia posible de función”. La frase resume una de las ideas centrales que expresó Foelsch: sin una identidad suficientemente integrada, se resienten la autoestima, la capacidad de comprender al otro, la estabilidad en las relaciones y la posibilidad de sostener metas. Por eso, insistió en distinguir la crisis de identidad, normal en esta etapa, de la difusión de identidad, marcada por falta crónica de integración del concepto de sí mismo y de los otros.

En una crisis normal, el adolescente atraviesa tensiones, toma decisiones y va consolidando su posición ante la amistad, la sexualidad, los valores, la vocación o el futuro familiar. En la difusión de identidad, en cambio, aparecen afectos extremos, relaciones inestables, descripciones pobres o contradictorias de uno mismo y de los demás, rigidez moral o ausencia de código moral, dificultades para comprometerse y una dolorosa sensación de incoherencia interna.

Pamela Foelsch, psicóloga, cofundadora de CleVer Family, profesora clínica asociada y doctora en Psicología Clínica.

La familia como hangar: salir, explorar y volver

Ana S. Preysler llevó la conversación al terreno sistémico. Desde su perspectiva clínica, los adolescentes no pueden comprenderse fuera de los sistemas en los que viven: la familia, la escuela, los iguales y los espacios sociales donde aprenden a interpretar el mundo. Cada sistema deja una huella conductual, emocional e interpretativa, y por eso las señales de malestar deben leerse siempre en contexto.

Para Preysler, uno de los indicadores más valiosos está en cómo los adolescentes se relacionan con sus figuras de apego. La clave no es que nunca se equivoquen, sino que puedan salir al mundo, explorar, fallar y regresar a casa sin miedo a ser rechazados o invisibilizados. “Los niños son pequeños aviones y sus familias son el hangar”, dijo. Esa metáfora resume la función protectora que deben cumplir los vínculos familiares.

La psicóloga advirtió contra la tentación de quedarse solo en la conducta visible. Un adolescente que se rebela, se aísla o “hace ruido” puede estar expresando un conflicto más profundo. “No nos quedemos solamente en juzgar la conducta de nuestros chicos y chicas, sino que debemos observar qué hay debajo”. La conducta, explicó, puede ser la punta del iceberg de una necesidad de atención, una sensación de injusticia o incluso una forma de supervivencia dentro de un contexto familiar difícil.

Ana S. Preysler, fundadora de Equidae Psicología.

Ese enfoque resulta especialmente importante ante el riesgo de sobrediagnóstico. Preysler señaló que, en ocasiones, llegan a consulta adultos jóvenes con etiquetas diagnósticas que no les correspondían y que fueron colocadas sobre conductas adaptativas a un momento vital complejo. El problema es que la etiqueta puede terminar funcionando como una profecía: si el adolescente cree que “es” rebelde, malo o antisocial, puede empezar a organizar su identidad desde ese lugar.

Cuándo pedir ayuda: intensidad, duración y funcionalidad

Helen Trebbau introdujo una clave clínica muy práctica para padres, docentes y profesionales: pedir ayuda cuando un cambio altera la funcionalidad personal, familiar, escolar o social del adolescente. No basta con observar que está más retraído o irritable durante un periodo; lo relevante es si ese cambio se prolonga, se intensifica o impide que vuelva a relacionarse, estudiar, convivir o participar en su grupo.

Dos cosas básicas: prolongación en el tiempo y grado de intensidad”. Con esa fórmula, Trebbau sintetizó cuándo una señal debe preocupar. Un retraimiento puntual puede formar parte de una crisis adolescente; un aislamiento extremo, persistente y con deterioro funcional exige una mirada profesional. Lo mismo ocurre con explosiones emocionales, conductas rígidas, rupturas constantes o dificultades graves para sostener vínculos.

La psiquiatra también recordó que, en general, no se utiliza el diagnóstico de trastorno de personalidad antes de los 18 años con la misma lógica que en adultos. Por eso, propuso poner el foco en la identidad: una identidad en construcción puede atravesar crisis; una difusión de identidad puede abrir el camino hacia trastornos más consolidados si no se detecta e interviene a tiempo.

En ese proceso, el grupo ocupa un lugar decisivo. Para Trebbau, “la pertenencia es una necesidad central del adolescente, y por eso las terapias grupales y los espacios compartidos en colegios o dispositivos clínicos pueden resultar especialmente útiles”. En ellos, el joven descubre que lo que le ocurre también puede estar ocurriéndoles a otros, se ve reflejado, ensaya normas, repara conflictos y aprende a diferenciarse sin quedarse solo.

Redes sociales: el doble escenario de la adolescencia actual

Foro UNIR también abordó el impacto de la tecnología. Trebbau subrayó que la adolescencia actual es más compleja que la de décadas anteriores porque los jóvenes deben diferenciarse de la familia, identificarse con el grupo y luego individuarse en dos planos simultáneos: la vida real y la vida digital. Ambos mundos parecen conectados, pero pueden generar discrepancias importantes.

Helen Trebbau, médico psiquiatra, biomédico y coach de talento, especializada en el trabajo con adolescentes.

Las redes sociales exponen a los adolescentes a modelos de éxito, belleza y diversión que no siempre se corresponden con la realidad. También transforman la manera de gestionar el conflicto: una discusión puede terminar en ghosting, sin reparación, o un episodio de acoso puede prolongarse durante 24 horas y multiplicarse en la imaginación de la víctima hasta generar pensamientos de referencia.

Trebbau no propuso demonizar la tecnología, sino recuperar espacios presenciales. “Mi invitación sería a poder crear espacios más presentes, más en el offline”. Eso implica traer amigos a casa, facilitar encuentros reales, promover actividades creativas y usar la tecnología como herramienta compartida, no como sustituto del vínculo. La música, los proyectos digitales o la creación conjunta pueden convertir lo tecnológico en una vía de conexión y no de aislamiento.

Foelsch cerró el encuentro con tres claves para diferenciar una crisis de identidad normal de una difusión de identidad o identidad difusa: la intensidad, la duración y la vivencia interna de vacío. Una crisis suele ser acotada, permite tomar decisiones y se resuelve con cierta continuidad. La difusión, en cambio, se expresa como inestabilidad crónica, extremos afectivos y una sensación persistente de vacío o falta de cohesión personal. En conjunto, el foro dejó un aprendizaje importante: acompañar al adolescente exige prudencia diagnóstica, mirada contextual, vínculos seguros y detección temprana cuando el sufrimiento deja de ser pasajero y empieza a deteriorar la vida cotidiana.

Los mensajes principales de las ponentes

Pamela Foelsch:

  • “Sin una identidad suficientemente integrada, se resienten la autoestima, la capacidad de comprender al otro, la estabilidad en las relaciones y la posibilidad de sostener metas”.
  • “Una crisis suele ser acotada, permite tomar decisiones y se resuelve con cierta continuidad”.

Helen Trebbau:

  • “Dos cosas básicas para saber cuándo una señal debe preocupar: prolongación en el tiempo y grado de intensidad”.
  • “Mi invitación sería a poder crear espacios más presentes, más en el offline”.
  • “La pertenencia es una necesidad central del adolescente, y por eso las terapias grupales y los espacios compartidos en colegios o dispositivos clínicos pueden resultar especialmente útiles”.

Ana S. Preysler:

  • “Los niños son pequeños aviones y sus familias son el hangar”.
  • “No nos quedemos solamente en juzgar la conducta de nuestros chicos y chicas, sino que debemos observar qué hay debajo”
  • Facultad de Ciencias de la Salud

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