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La disrupción del sector financiero II: El reto colosal que traen las nuevas tecnologías

Blockchain y la inteligencia artificial protagonizan cambios radicales en el sector, que deberá reconfigurar su la cadena de valor, con la entrada de nuevos competidores y la caída de los medios de pago tradicionales.

Hablábamos la semana pasada, en la primera parte de este artículo, de la inevitable disrupción del sector financiero, auspiciada por fuerzas de cambio relativas a la reconfiguración de la cadena de valor del sector, de la entrada de nuevos competidores y de la caída en los usos de los medios de pago tradicionales.

La disrupción, por otra parte, siempre llega de la mano de la tecnología. Es la tecnología, efectivamente, la que facilita la superación de ineficiencias intrínsecas de una industria, a menudo reflejadas en estructuras de costes poco adaptadas a la nueva dinámica competitiva, o en modelos de ingresos poco escalables. En el caso que nos ocupa, la disrupción del sector financiero la habilitarán dos tecnologías clave: el blockchain y la inteligencia artificial

‘Blockchain’

Blockchain, de hecho, no es una tecnología, sino más bien una familia de tecnologías que, sin ninguna duda, se encuentra ahora mismo en lo que Gartner denomina el pico de sobreexpectativas de su ciclo de desarrollo. Para simplificar, diremos que se trata de una fase de premadurez en la que la tecnología puede hacer ahora cosas que están muy lejos de lo que se cree que podrá llegar a hacer. Este, a menudo, es el pretexto que utilizan los negacionistas para despreciar la capacidad transformadora de una tecnología (recordemos al premio Nobel en economía Paul Krugman, en 1998, con su famosa e infausta equiparación del impacto de Internet y el del fax en la economía mundial, que él preveía constatada hacia 2005).

En el caso de obviar el impacto de blockchain, el error puede ser de una magnitud similar. En esencia, se trata de un conjunto de tecnologías que permiten la descentralización de la información y las transacciones, de una forma perfectamente segura y que hace absolutamente innecesaria la figura de un agente central que controle el flujo y verifique la coherencia y legalidad. Esta frase por sí sola debería bastar para poner nerviosos a reguladores como el BCE o la Fed (ya lo están), pero es que, además, las ramificaciones a partir de aquí son prácticamente infinitas.

En una primera oleada de implantación de blockchain, asistimos a la creación de criptomonedas (monedas virtuales, no reguladas por una autoridad financiera central) y el auge de la denominada tokenización de la economía con la consolidación de las ICOS (initial coin offering) como nueva forma de financiación para las empresas. A la espera de los primeros ETF (fondos indexados) regulados que aprovechen el innegable atractivo inversor de las criptomonedas, con bitcoin y ether a la cabeza, es indudable que las inversiones en estos activos son en la actualidad puramente especulativas y constituyentes de una burbuja de libro (registra una caída del 43% de su valor en el último mes, por cierto). Pero el auténtico impacto de blockchain a largo plazo tenemos que buscarlo en la consolidación de los denominados smart contracts en prácticamente todos los sectores de la economía.

Simplificando, un smart contract es un contrato autoejecutable entre dos partes (comprador-vendedor anónimos y sin contacto previo) que está escrito en líneas de código y verificado por una red anónima de nodos que controlan su ejecución de una forma segura, descentralizada e irreversible, sin la necesidad de una autoridad central o un sistema legal. Los smart contracts están basados en la tecnología de distributed ledgers (registro distribuido), un tipo concreto de blockchain, y tendrán un impacto importante en sectores económicos como seguros en retail, energía y, por supuesto, finanzas. En banca de inversión y trading, por ejemplo, los smart contracts propiciarán un fuerte aumento de la demanda en los próximos años y una reducción de los costes operativos. En banca comercial, el papel del regulador y del prestatario quedarán absolutamente en revisión, por no hablar de la nueva forma de valorar los riesgos asociados a las operaciones de crédito, y, en esencia, de un nuevo modelo de negocio con agentes totalmente diferentes.

Inteligencia Artificial

La inteligencia artificial tendrá un rol vital en el desarrollo de los nuevos modelos de relación con el cliente, por una parte. Y por otra, en la automatización de la inmensa mayoría de procesos operativos de los agentes financieros (trading e inversión, análisis de riesgos, detección del fraude, compliance, entre otros). En el modelo relacional, la redefinición de los canales será brutal en los próximos años. Probablemente, lo más vistoso será la transformación experimentada por la figura del cajero automático, que con toda seguridad sustituirá a la oficina bancaria en los próximos años, y que progresivamente ampliará su portafolio de servicios para asumir toda la operativa de los bancos actuales en el contexto de una inteligencia artificial (pueden ustedes pensar en una versión hipervitaminada de Siri) con una interfaz que irá mucho más allá de lo táctil para abrazar el concepto de Natural User Interface (voz, reconocimiento fácil, realidad aumentada, bioescáner).

El reto que tiene por delante el sistema financiero es, por tanto, de proporciones colosales, poliédrico, para el que los agentes convencionales deben prepararse en un contexto de tipos de inversión en mínimos históricos. ¿Cómo competir, por otra parte, con gigantes tecnológicos con una relación absolutamente dominante con el cliente y (literalmente) una montaña de dinero para invertir? ¡Eso lo dejaremos para otro artículo!

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