El cíclope de la Odisea de Nolan: una lectura antropológica del mito homérico

La recién estrenada The Odyssey (2026), de Christopher Nolan, contiene un microfilm de terror expresionista, tenebroso y angustiante: el aterrador episodio del cíclope Polifemo.

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Desde la Antigüedad, el terrorífico encuentro de Odiseo y sus hombres con el cíclope Polifemo sirvió de explicación a los griegos sobre el reparto de los dominios de lo humano y lo animal, según las antiguas concepciones antropológicas helénicas.

Para gran parte del público, la visualización de la Odisea (The Odyssey, 2026) de Christopher Nolan ha supuesto una sacudida interna que ha revitalizado el interés y curiosidad por la obra de Homero, por el mundo clásico y, más en concreto, por el ámbito heroico y épico del aedo griego.

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La película, y su arrollador éxito, parece haber democratizado el acceso a esta epopeya fundamental de la humanidad a personas que probablemente nunca se hubieran planteado leerla o simplemente detenerse en algunos fragmentos clave de entre los más populares, como son las aventuras de Odiseo.

Un microfilm de terror: el episodio del cíclope

Una secuencia fascinante de la película, una de muchas, es el episodio de Polifemo. Y es que, dentro de la cinta, se puede contemplar el pasaje del cíclope como un microfilm de terror, una minipelícula perfectamente delimitada dentro de esta obra cinematográfica.

Es verdad que Nolan ofrece en su film otras secuencias de auténtico terror, como la guerra contra los lestrigones, pero a la ambientación de horror casi gótico y psicológico del encuentro con el cíclope ha contribuido un factor esencial: la fotografía de Hoyte van Hoytema basada en el claroscuro, el tenebrismo y la distorsión casi expresionista de Polifemo y de su antro de terror, consiguiendo “una película dentro de otra película”, como en otros casos de la historia del cine.

Este segmento del cíclope de Nolan, en efecto, es un microfilm tenebroso y aterrador, pavoroso y angustioso, con ese baño claroscurista, expresionista y noir que supera con creces otras representaciones antiguas cuya rudimentaria tecnología de la época conseguía inevitablemente que Polifemo pareciera un personaje de rasgos en ocasiones cómico-grotescos.

La alimentación del cíclope: el ámbito de lo animal

De los múltiples detalles que encierra esta microjoya tenebrista sería interesante reseñar aquí un aspecto alimentario que aleccionó al mundo griego sobre las distinciones entre lo humano y lo animal. Y es que el episodio del cíclope Polifemo permite diferenciar y definir perfectamente, en la antropología griega, el ámbito de los humanos frente a la esfera de lo animal, caracterizado, en este caso, por la alimentación.

En efecto, la humanidad griega se caracterizaba por consumir siempre los alimentos mínimamente elaborados, no crudos; de ahí que siempre manipularan cualquier alimento para ser considerado, desde un punto de vista antropológico, digno de ser comido por una persona humana civilizada. Así, los griegos no concebían ingerir vino crudo, sino rebajado con agua (cuya cantidad, en los simposios, establecería el simposiarca o director del banquete). De la misma manera, un griego antiguo desdeñaba a los semibárbaros tracios por su costumbre salvaje e incivilizada de beber vino puro.

Tampoco un griego consumiría leche cruda (propio, igualmente, de brutales bárbaros), sino “manufacturada” previamente en forma, por ejemplo, de queso o de cuajada. Contemplamos también repetidamente los banquetes homéricos, consistentes en carne hervida o asada (nunca cruda, en efecto), ofreciendo en este caso a los dioses el humo de los sacrificios.

En el texto homérico, por su parte, comprobamos cómo el cíclope entra de lleno en la esfera de lo animal, pues se comporta como tal, con las consecuencias que ello conlleva: su eliminación física, por consiguiente, no sería comparable al asesinato de un individuo racional, dotado de humanidad. Así lo ha conseguido transmitir la película de Nolan.

Reproducción de una máscara de Polifemo.

De esta manera, Polifemo consume carne humana cruda, llegando a comerse a varios compañeros de Odiseo (reflejado atroz y angustiosamente en el film); en el texto homérico, bebe leche también cruda, que ordeña de su ganado ovino, y consume a su vez vino puro, sin rebajarlo con agua. Si bien es verdad que la película de Nolan no refleja la embriaguez del cíclope por vino inducido por Odiseo ni el consumo de carne ovina, sí contribuye a la contemplación de la animalidad del cíclope el hecho de que no hable, de que no emplee lenguaje para comunicarse. Odiseo y sus compañeros descubren ya tarde que el cíclope está dotado realmente de habla, lo que lo aproxima a la humanidad.

Todos estos rasgos acrecientan la adscripción de Polifemo, dentro de la mentalidad griega antigua alentada por Homero, a la esfera de lo animal, y como tal podía, entonces, ser tratado, sin repercusiones legales respecto a su daño físico o exterminio, como una alimaña cualquiera. Es verdad que el cíclope se adscribe también al dominio de lo animal frente a lo humano por otros rasgos no alimentarios, como es su nulo respeto por la “ley de Zeus” o ley de la hospitalidad, lo que enfatiza su bestialidad, su infrahumanidad. Es un rasgo en el que hace hincapié repetidamente el film, aunque el objetivo de las reflexiones aquí expuestas se limitaba íntegramente a la esfera de los alimentos.

(*) Manuel José Aguilar Ruiz es profesor de la Facultad de Ciencias de la Educación y Humanidades de la Universidad Internacional de La Rioja. Licenciado en Filología Clásica y doctorado en Filología Hispánica, se dedica a la docencia e investigación universitarias, además de colaborar en distintos proyectos de humanidades digitales.

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