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El verano no genera más delincuentes, genera más oportunidades para delinquir

Las vacaciones modifican nuestras rutinas, transforman los espacios y alteran las condiciones en las que se producen determinados delitos. La criminología ambiental explica por qué el verano incrementa las oportunidades delictivas y cómo la prevención puede reducir el riesgo de victimización.

Cada verano seguimos escuchando que aumentan determinados delitos.Descubre nuestros estudios de Ciencias de la Seguridad

Cada verano se repite la misma escena. Miles de viviendas permanecen vacías durante días o incluso semanas, las playas se llenan de pertenencias sin vigilancia, los festivales reúnen a decenas de miles de personas y los destinos turísticos multiplican su población en muy poco tiempo.

Al mismo tiempo, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad intensifican sus campañas preventivas para reducir los robos en viviendas, los hurtos o las estafas dirigidas a quienes disfrutan de sus vacaciones.

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Ante esta realidad, suele imponerse una explicación sencilla: en verano aumenta la delincuencia porque hay más delincuentes. Sin embargo, la criminología lleva décadas demostrando que esta interpretación resulta, como mínimo, incompleta.

La cuestión verdaderamente relevante no es si aparecen más personas dispuestas a delinquir, sino qué cambia en nuestro entorno para que determinados delitos resulten mucho más fáciles de cometer. Responder a esta pregunta supone modificar la forma tradicional de entender el fenómeno delictivo. Durante mucho tiempo, la atención se ha centrado casi exclusivamente en el delincuente: quién es, por qué actúa o cuáles son sus motivaciones. Sin embargo, la criminología ambiental amplía el foco y dirige la atención hacia el escenario donde se desarrolla la conducta.

Desde esta perspectiva, el espacio deja de ser un simple lugar donde ocurre el delito para convertirse en un elemento capaz de favorecer o dificultar su comisión.

El entorno también explica el delito

Basta observar cómo cambia nuestra forma de vivir durante el verano para comprender la importancia del entorno. Las rutinas que mantenemos durante buena parte del año se transforman casi por completo. Cambian los horarios, aumentan los desplazamientos, viajamos con mayor frecuencia y durante más tiempo, pasamos más horas en espacios públicos y dejamos temporalmente desocupadas nuestras viviendas.

Al mismo tiempo, determinados lugares experimentan una afluencia de personas muy superior a la habitual, mientras otros pierden buena parte de la actividad cotidiana que normalmente ejercía una función de vigilancia informal.

Lejos de ser cambios anecdóticos, estas transformaciones modifican las condiciones en las que el delito puede producirse y ayudan a explicar por qué el verano constituye un escenario especialmente interesante desde el punto de vista criminológico. No porque el verano convierta a las personas en delincuentes, sino porque modifica la distribución de las oportunidades delictivas.

La teoría de las actividades rutinarias

Esta idea constituye el punto de partida de una de las teorías más influyentes de la criminología contemporánea: la teoría de las actividades rutinarias, desarrollada por Lawrence E. Cohen y Marcus Felson en 1979. Frente a las teorías centradas exclusivamente en explicar por qué una persona decide delinquir, estos autores plantearon una cuestión diferente: qué circunstancias deben coincidir para que un delito llegue realmente a producirse.

Su propuesta parte de un principio sencillo pero enormemente influyente. Para que exista un delito deben coincidir tres elementos en el mismo espacio y tiempo:

  • un delincuente motivado,
  • un objetivo adecuado,
  • y la ausencia de un guardián eficaz.

Cuando alguno de estos componentes desaparece, la probabilidad de que el delito llegue a producirse disminuye considerablemente. Por el contrario, cuando los tres convergen, el escenario resulta especialmente favorable para la actividad delictiva.

La principal aportación de esta teoría consiste en asumir que la existencia de personas dispuestas a delinquir forma parte de cualquier sociedad. Lo verdaderamente variable no es esa motivación, sino la facilidad con la que encuentran oportunidades para actuar. En otras palabras, el delito no depende únicamente del delincuente; depende también del contexto que hace posible su actuación.

Por qué el verano facilita determinados delitos

El periodo estival constituye un ejemplo especialmente ilustrativo de esta teoría. Las modificaciones que experimentan nuestras actividades cotidianas alteran simultáneamente los tres elementos descritos por Cohen y Felson. Aumentan los objetivos vulnerables, disminuyen determinadas formas de vigilancia informal y aparecen escenarios donde el riesgo percibido por el delincuente resulta menor.

La mayor parte de nuestras actividades diarias responden durante el resto del año a patrones relativamente estables. Salimos de casa a horas similares, acudimos al trabajo, llevamos a los niños al colegio, realizamos compras, utilizamos los mismos medios de transporte y regresamos siguiendo recorridos prácticamente idénticos. Estas rutinas generan una ocupación constante del espacio que influye directamente en la seguridad pública.

La presencia habitual de vecinos, comerciantes, trabajadores o peatones constituye una forma de vigilancia cotidiana que dificulta la actuación de quienes buscan cometer un delito. No se trata únicamente de la presencia policial. Cualquier persona que observa el entorno puede convertirse, de forma consciente o inconsciente, en un elemento disuasorio.

Con la llegada del verano, ese equilibrio desaparece. Barrios enteros reducen notablemente su actividad porque muchos residentes están de vacaciones. Mientras tanto, playas, zonas comerciales, fiestas populares o festivales concentran miles de personas que desconocen el entorno, permanecen distraídas y transportan consigo objetos especialmente atractivos para la delincuencia oportunista.

La movilidad también aumenta considerablemente. Aeropuertos, estaciones ferroviarias, puertos y áreas de servicio reciben un volumen de viajeros muy superior al habitual. Equipajes, dispositivos electrónicos, documentación o vehículos cargados para las vacaciones se convierten en potenciales objetivos cuya protección depende, muchas veces, de pequeños descuidos.

Algo similar ocurre con las viviendas. Una casa habitada transmite continuamente señales de ocupación: movimiento de persianas, luces, recogida del correo o presencia de vehículos. Cuando todos esos indicadores desaparecen durante varios días consecutivos, determinados delincuentes pueden interpretar que el riesgo de ser descubiertos disminuye considerablemente.

La misma lógica se reproduce cuando un teléfono móvil permanece sobre una mesa mientras su propietario conversa distraído, cuando varias mochilas quedan sin vigilancia durante un baño en la playa o cuando las aglomeraciones de un festival dificultan detectar un hurto.

Todas estas situaciones tienen un denominador común: el entorno ofrece mejores oportunidades para delinquir.

Prevenir antes de que el delito ocurra

Si las oportunidades desempeñan un papel tan importante en la aparición del delito, la siguiente pregunta surge de forma casi inevitable: ¿es posible reducirlas?

La respuesta de la criminología ambiental es afirmativa. De hecho, una parte importante de las estrategias actuales de prevención del delito no persigue únicamente detener a los delincuentes una vez cometido el hecho, sino impedir que encuentren las condiciones necesarias para actuar.

Este planteamiento constituye la base de la prevención situacional, desarrollada principalmente por Ronald V. Clarke, cuyo objetivo consiste en intervenir sobre el entorno para aumentar el esfuerzo que debe realizar el delincuente, incrementar el riesgo de ser descubierto o disminuir los beneficios que espera obtener.

Muchas de estas medidas forman parte de nuestra vida cotidiana. Cerrar correctamente puertas y ventanas antes de salir de viaje, utilizar temporizadores que simulen la presencia de personas en el domicilio, evitar publicar en tiempo real fotografías de las vacaciones o no dejar objetos de valor visibles en el interior de un vehículo son actuaciones sencillas que reducen significativamente determinadas oportunidades delictivas.

Algo similar ocurre en playas, piscinas o terrazas. Mantener las pertenencias bajo supervisión, evitar dejar teléfonos móviles sobre las mesas o repartir los objetos de valor entre varias personas disminuye considerablemente el riesgo de sufrir un hurto.

Existe, además, un factor menos visible, pero igualmente importante: nuestra propia percepción del riesgo cambia durante las vacaciones.

La desconexión asociada al verano favorece una sensación de tranquilidad que puede traducirse en una menor atención hacia nuestros bienes o nuestro entorno. Es más frecuente dejar el teléfono móvil sobre una mesa, alejarse unos minutos de las pertenencias en la playa o confiar en que “no va a pasar nada”.

Sin embargo, esa relajación en las medidas de autoprotección puede convertirse precisamente en la oportunidad que determinados delincuentes estaban esperando. No se trata de vivir con miedo, sino de comprender que pequeños cambios en nuestro comportamiento modifican las oportunidades disponibles para quien pretende delinquir.

Diseñar espacios más seguros

La prevención situacional también está presente en el diseño de los espacios públicos. Una iluminación adecuada, recorridos peatonales bien visibles, sistemas de videovigilancia, accesos controlados o una distribución del mobiliario que favorezca la vigilancia natural no solo mejoran la percepción de seguridad, sino que aumentan el riesgo percibido por quien pretende cometer un delito.

En numerosas ocasiones basta con hacer más difícil la comisión del delito para que este no llegue a producirse. Precisamente por ello, la prevención situacional no pretende modificar la personalidad del infractor, sino alterar el escenario donde desarrolla su actividad. Su objetivo consiste en convertir las oportunidades fáciles en oportunidades poco atractivas.

El papel de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad

Esta forma de entender la prevención explica muchas de las actuaciones que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad desarrollan cada verano. Aunque las campañas preventivas suelen presentarse como simples recomendaciones dirigidas a la ciudadanía, detrás de ellas existe una sólida base criminológica apoyada en el análisis de la delincuencia y en la evidencia acumulada durante décadas.

Cada año se incrementa la vigilancia en zonas turísticas, playas, áreas comerciales, estaciones, aeropuertos y grandes eventos. Del mismo modo, se refuerza la presencia policial en aquellos lugares donde la concentración de personas incrementa el riesgo de hurtos, robos o estafas.

Especial relevancia tienen las campañas dirigidas a prevenir los robos en viviendas. Consejos como no anunciar las vacaciones en redes sociales, pedir a un vecino que recoja el correo, evitar mantener las persianas completamente bajadas durante varios días o comprobar que puertas y ventanas quedan correctamente cerradas no responden únicamente al sentido común.

Su finalidad consiste en dificultar que un delincuente identifique una vivienda desocupada y perciba que actuar sobre ella resulta sencillo y con escaso riesgo.

Lo mismo sucede durante las grandes concentraciones de personas. La distribución de accesos, la instalación de cámaras de videovigilancia, la presencia visible de patrullas, la iluminación o la ubicación estratégica de puntos de información no solo facilitan la respuesta ante un incidente, sino que modifican la percepción del riesgo por parte del potencial infractor.

Tecnología, ciudadanía y prevención

La tecnología ha ampliado notablemente las capacidades preventivas. Los sistemas de videovigilancia inteligente, las alarmas conectadas, los dispositivos de geolocalización, los drones policiales o los centros de coordinación permiten supervisar grandes concentraciones de personas y detectar incidencias con mayor rapidez.

Sin embargo, incluso con estos avances, uno de los elementos más eficaces continúa siendo el comportamiento de la propia ciudadanía. Las vacaciones invitan a desconectar, y precisamente eso es lo que buscamos cuando abandonamos nuestra rutina.

El problema aparece cuando esa desconexión alcanza también a nuestra percepción del riesgo. La sensación de tranquilidad propia del verano puede llevarnos a bajar la guardia y prestar menos atención al entorno, generando sin pretenderlo nuevas oportunidades para la delincuencia oportunista.

En este contexto, la colaboración entre instituciones y ciudadanía constituye uno de los pilares fundamentales de la seguridad pública. Una llamada a tiempo, la comunicación de una conducta sospechosa o la adopción de sencillas medidas de autoprotección pueden impedir que una oportunidad delictiva llegue a materializarse.

Conclusiones

Cada verano seguimos escuchando que aumentan determinados delitos. Probablemente seguiremos haciéndolo durante muchos años.

Sin embargo, explicar este fenómeno únicamente por la existencia de más delincuentes significa ignorar una parte esencial del problema. La criminología ambiental demuestra que el delito no depende únicamente de quién decide cometerlo, sino también de las oportunidades que ofrece el entorno.

Las vacaciones modifican nuestras rutinas, redistribuyen la población, transforman el funcionamiento de ciudades enteras y generan escenarios donde determinados objetivos resultan más accesibles mientras disminuyen las formas habituales de vigilancia informal. Es esa combinación de factores, y no la estación del año en sí misma, la que explica buena parte del incremento de los delitos oportunistas.

Esta perspectiva tiene además una consecuencia especialmente relevante: si las oportunidades pueden aumentar, también pueden reducirse.

Diseñar espacios más seguros, fomentar la vigilancia natural, adoptar hábitos de autoprotección o reforzar determinadas medidas preventivas permite disminuir el riesgo de victimización sin necesidad de esperar a que el delito llegue a producirse.

Quizá esa sea una de las principales aportaciones de la criminología ambiental: recordarnos que la prevención comienza mucho antes de la intervención policial. Empieza cuando comprendemos que el espacio nunca es un elemento neutro y que nuestras propias rutinas influyen, muchas veces sin que seamos conscientes de ello, en las oportunidades que ofrecemos a quienes buscan delinquir.

Porque el verano no crea delincuentes. Lo que crea son muchas más oportunidades para que el delito encuentre el momento y el lugar adecuados para producirse.

Referencias bibliográficas

Brantingham, P. L., & Brantingham, P. J. (1981). Environmental criminology. Sage.

Clarke, R. V. (1997). Situational crime prevention: Successful case studies (2.ª ed.). Harrow and Heston.

Cohen, L. E., & Felson, M. (1979). Social change and crime rate trends: A routine activity approach. American Sociological Review, 44(4), 588-608. https://doi.org/10.2307/2094589

Ministerio del Interior. (2024). Plan Turismo Seguro 2024-2027. Gobierno de España. https://www.interior.gob.es/opencms/pdf/servicios-al-ciudadano/planes/plan-turismo-seguro/INSTRUCCION-4_2024-PLAN-TURISMO-SEGURO-2024_2027.pdf

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