Alfredo A. Rodríguez Gómez
El encuentro, en el que España sigue siendo un verso suelto, marca el final de una etapa histórica que se inició tras la II Guerra Mundial. Todo apunta a que EE. UU. seguirá implicado en la seguridad europea, pero habrá que ver en qué condiciones.

Mientras se celebra en Ankara la cumbre de la OTAN (7 y 8 de julio de 2026), la Alianza afronta una pregunta que hace apenas unos años parecía impensable: ¿puede Europa garantizar su seguridad con una implicación menor de Estados Unidos?
La respuesta que empieza a perfilarse estos días no es un simple sí o no; es algo más difícil: una renegociación del reparto de costes, capacidades y responsabilidades que ha sostenido el vínculo transatlántico desde el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando EE. UU. quiso ser protagonista de la seguridad europea frente a la Unión Soviética.
El gasto sí se ha movido
La cumbre de La Haya de 2025 fijó como referencia para 2035 un esfuerzo del 5% del PIB, repartido entre un 3,5% de capacidades militares y un 1,5% de inversiones en seguridad y resiliencia. Desde entonces, los aliados europeos y Canadá han elevado sus presupuestos de defensa, sobre todo en el flanco oriental, donde la amenaza rusa se percibe con más inmediatez. Alemania ha protagonizado una transformación histórica tras la zeitenwende —el giro rearmista anunciado por Berlín tras la invasión de Ucrania—, consolidándose como uno de los principales pilares militares europeos.
España mantiene una posición singular: el Gobierno sostiene que un esfuerzo cercano al 2,1% del PIB basta para cumplir los objetivos de capacidades exigidos por la OTAN, mientras la mayoría de los aliados considera que el nuevo contexto estratégico exige avanzar hacia los niveles acordados en La Haya. Esa diferencia explica buena parte de las tensiones diplomáticas que han acompañado la preparación de la cumbre.
Gastar más no equivale a ser más autónomos
La cuestión de fondo, sin embargo, no es presupuestaria, sino estratégica. Europa gasta más, pero eso no reduce necesariamente su dependencia de Estados Unidos: buena parte de la nueva inversión se destina a sistemas estadounidenses, lo que mejora las capacidades militares aliadas sin aliviar la dependencia tecnológica e industrial de Washington. Es decir, parece sensato empezar a pensar en una verdadera industria de defensa europea que implique que una gran parte del gasto se invierta en el Viejo Continente.
Por otro lado, no existe una visión europea común. Francia defiende una mayor autonomía estratégica y un pilar europeo más robusto dentro de la Alianza. Alemania está dispuesta a asumir más responsabilidad, pero sin cuestionar el papel central estadounidense. España, Italia o Bélgica apoyan una mayor cooperación europea desde posiciones presupuestarias más prudentes, por llamarlo así. La consecuencia es clara: Europa gasta más, pero sigue lejos de actuar como un actor estratégico plenamente autónomo.
Donald Trump, en Ankara, criticó de nuevo la posición del Gobierno español sobre el gasto en Defensa.
¿Puede Estados Unidos marcharse de Europa?
Jurídica y políticamente, sí: las fuerzas estadounidenses están en Europa por acuerdos bilaterales, y Washington podría reducirlas sin autorización de la OTAN. Pero entre poder hacerlo y querer hacerlo hay una diferencia considerable. Las bases en Alemania, Italia, Reino Unido, Polonia o España cumplen funciones esenciales: disuasión frente a Rusia, plataformas logísticas hacia Oriente Medio y África, mando y control, que Washington no está dispuesto a sacrificar.
Por eso una retirada masiva parece improbable. Lo más plausible es una redistribución gradual hacia el Indo-Pacífico, combinada con presión constante para que los europeos asuman más esfuerzo defensivo. España lo ilustra bien: Rota y Morón mantienen un valor estratégico difícilmente sustituible para la proyección estadounidense hacia el Mediterráneo, el norte de África y Oriente Medio.
Trump: coherente en la táctica, ambiguo en la estrategia
El discurso de Trump en Ankara sobre que los aliados gastan poco, Washington carga con demasiado peso, hacen falta contrapartidas, no es nuevo: forma parte de una estrategia de presión pública que, guste o no, ha contribuido a acelerar el rearme europeo. El problema es que convive con declaraciones que generan incertidumbre sobre la naturaleza misma de la relación transatlántica, como sus reiteradas referencias a Groenlandia.
Aunque el asunto no figura en la agenda formal de la cumbre, ha ocupado espacio político porque toca cuestiones sensibles: la relación con Dinamarca, miembro fundador de la OTAN; la creciente importancia estratégica del Ártico; y la percepción de que Washington entiende cada vez más las relaciones internacionales en clave transaccional. Lo relevante no es si Estados Unidos podría adquirir Groenlandia, algo extremadamente improbable, sino la disputa geopolítica de fondo por el Ártico frente a Rusia y China.
La posición española
Para España, esta dinámica tiene doble lectura. En el ámbito interno, las críticas de Trump permiten al Gobierno proyectar una imagen de autonomía frente a presiones externas, un mensaje con buena acogida entre el electorado progresista y los sectores más reticentes al gasto militar.
Pedro Sánchez proyecta un mensaje antibelicista con buena acogida entre el electorado de izquierdas.
En el plano internacional, sin embargo, la presión ya no procede solo de Washington: existe un consenso creciente dentro de la Alianza sobre la necesidad de reforzar las capacidades militares europeas tras la invasión de Ucrania, lo que dificulta presentar el debate como un simple pulso bilateral con Trump.
Lo que realmente está en juego
Ankara no marcará una ruptura de la OTAN; nada indica que ese escenario sea probable a corto plazo. Lo que sí parece certificar es el final de una etapa histórica en la que se daba por supuesto que Estados Unidos asumiría casi automáticamente el grueso de la carga estratégica occidental. La cuestión ya no es si Washington seguirá comprometido con la seguridad europea, sino en qué condiciones, con qué reparto de responsabilidades y con qué nivel de implicación europea.
El riesgo más serio para la Alianza no está en los presupuestos ni en los sistemas de armas, sino en una posible erosión gradual de la confianza estratégica entre aliados. Y en una alianza militar, esa confianza pesa tanto como cualquier ejército, base o arsenal.
(*) Alfredo A. Rodríguez Gómez es profesor en UNIR del doble Grado en Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas y del Máster Universitario en Estudios de Seguridad Internacional.
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