Jueves, 02 julio 2020

Ser profesora en UNIR

Pocas actividades profesionales son tan satisfactorias como la docencia. Escribir un guion puede llevar meses y, después, verlo encarnado en película alcanza incluso la década; pero ser profesor, en este caso profesora, es de lo más gratificante que se puede experimentar en la vida.

En el transcurso de un cuatrimestre, el alumnado no solo alcanza las competencias que se le presumen a un estudiante de grado o máster, sino que amplifica su visión del mundo de un modo exponencial. En este año insólito, tan endiabladamente complicado y heterodoxo como el que estamos viviendo, mis estudiantes han demostrado una madurez sin parangón, entendiendo que el contexto y las situaciones personales poco o nada pueden influir si a la vocación le acompaña el tesón para alcanzar los sueños.

El crecimiento de los alumnos

Este cuatrimestre anómalo ha sacado, con todo, lo mejor de los docentes y de los alumnos. He tenido el inmenso privilegio de dirigir trabajos de fin de grado que han desembocado en grandes obras, y trabajos de fin de máster que darán lugar a proyectos portentosos a los que cualquier productora se rendiría con total convicción. He ido viéndolos crecer letra a letra, coma a coma, punto a punto. Distopías políticas, dramas serializados o biopics llenos de conciencia coparán nuestras pequeñas y grandes pantallas en el futuro.

Además de mis clases en el Máster en guion online, permítanme que mencione en este artículo a otros alumnos, a unos estudiantes para los que el cine no era más que un mero entretenimiento hace apenas unos meses. El Grado en Humanidades, en el que también imparto docencia, siempre es especial. A él acuden alumnos que entienden el cine no como una profesión, sino como esparcimiento. Aunque algunos poseen un elevado conocimiento cinematográfico, esto no obsta para que el grueso del alumnado desconozca la materia, por lo que términos como encuadre, angulación o secuencia se les antojan exóticos y distantes.

 

 

No es difícil saber quién es John Ford o, al menos, haber visto alguno de sus westerns; no todos conocen el cine noir, pero, a pesar de ello, John Huston no les es del todo ajeno; lo difícil es hacer que alumnos cuyo conocimiento del cine no es muy amplio acaben apreciando un plano secuencia, detectando la relevancia de un fotograma de Leni Riefenstahl o valorando el simbolismo expresionista en el cine de Murnau.

Disfrutar del cine

A lo largo de los meses, mis alumnos han ido creciendo cinematográficamente hablando. Han tomado conciencia de aquello que, hasta ahora, les había pasado inadvertido. Hemos empleado horas lectivas y extraordinarias en disfrutar del arte cinematográfico y no soy capaz de recordar una clase en la que no hayamos excedido holgadamente el horario fijado.

Durante las últimas clases, aquellas destinadas al refuerzo de los contenidos, discurrimos por el pasado y el presente del cine. Nos embelesamos con Tony Leung gritando su rabia en el templo camboyano de Angkor Wat, mientras nos deleitábamos con el arte de Wong Kar-Wai. Hemos aprendido el valor del leitmotiv en las bandas sonoras recorriendo Tara, las baldosas amarillas o el Nueva York de Armas de mujer.

 

 

 

Porque en el cine no hay mejores ni peores, no hay gustos ni disgustos, ni existe cine de culto o de incultos. El cine es cine. Por ello hemos puesto sin descanso la secuencia de entrenamiento de Rocky, la hemos desgranado y desglosado hasta lo indecible; hemos analizado su ritmo, su cadencia, su montaje, su vastísima escala de planos. Se han asimilado sus angulaciones, la incorporación de personajes, su perfecta planificación. Y sí, finalmente, la lección se ha aprendido, los alumnos lo han interiorizado y el curso ha llegado a su fin cumpliendo sus objetivos.

Aprender año tras año

A buen seguro no soy la mejor profesora del mundo, ni pretendo serlo, pero sé que disfruto lo indecible con el trabajo que realizo. Pero también sé que esto se lo debo a mis alumnos y alumnas, aquellas personas que, con toda la humildad posible, depositan su confianza en mis manos para que les guíe por un mundo recóndito y enigmático. El viaje implica un esfuerzo ímprobo, la memorización de un sinfín de fechas y de nombres siempre extraños; requiere de conocimientos de historia, de los conflictos acontecidos, del contexto sociopolítico y el visionado de las cintas. Infinitud de cintas.

Pero cuando llega el último día de clase y los alumnos se entristecen, revelan la fascinación que les han causado las lecciones y confiesan que jamás volverán a ver una película con los mismos ojos, un profesor, en este caso una profesora, solo puede emocionarse y llenarse de orgullo.

Me piden que las clases duren más, que hablemos más, que ahondemos más. Y yo solo puedo dar las gracias por tenerlos a ellos y así poder aprender, año tras año, también un poco más.