Viernes, 19 mayo 2017

Contra la violencia: el papel de los vínculos

Agresión, hostilidad y violencia son conceptos relacionados que con frecuencia utilizamos como sinónimos aunque no lo sean. Algún autor (Leon, 1997) ha llegado a decir que es como si hubiera tantas definiciones de violencia como individuos que la experimentan. En cualquier caso, la mayoría de los autores están de acuerdo en considerar la violencia como una de las formas de agresión: la agresión física. Viene del latín,  aggredior-aggredi, significa acercarse y dirigirse a alguien con la intención de atacarle y dañarle.

La agresividad, a diferencia de la agresión, que es un acto o forma de conducta, es la inclinación a comportarse de forma dañina intencionadamente. Así podríamos distinguir entre “estados agresivos” determinados situacionalmente, y “rasgos agresivos” o rasgos de personalidad que llevan a una persona a comportarse agresivamente en una variedad de circunstancias.

Antes de la Segunda Guerra Mundial Sigmund Freud (1920) afirmó que el ser humano tiene por naturaleza un instinto innato a la agresividad y a la violencia. Los resultados destructivos y asoladores de la Primera Guerra Mundial habían dejado una profunda huella en su persona. Después de perder a dos de sus hijos en el frente, quedó traumatizado, como tantos otros contemporáneos suyos, e intentó elaborar una teoría sobre las consecuencias horrorosas de esa guerra. Fue a partir de aquel conflicto cuando Freud afirmó que todos llevamos dentro de nosotros un instinto que, por naturaleza, nos hace agresivos y violentos. Freud pensaba que la función de la cultura consistía en domesticar la naturaleza del lobo que anida en nuestro interior.

Konrad Lorenz radicalizó la teoría de Freud en los años 40, 50 y 60. Popularizó su teoría con su libro sobre la agresión. Afirmaba que por naturaleza tendemos a ella y decía que si dos actúan contra un tercero así se formaría el vínculo entre los dos. Nunca cita a John Bolwby (1907-1990), que afirma que por naturaleza no tendemos a la agresión sino al vínculo. A la vinculación.

¿A qué se debe la persistencia de la tesis de que el hombre tendría un instinto inherente a la violencia? ¿Por qué tantos científicos, filósofos, escritores, cineastas han apoyado la existencia de dicho instinto? Una razón: de este modo se podrían encontrar argumentos fáciles de entender para explicar la atrocidad y la hostilidad a nivel mundial. La delincuencia, los crímenes, los asesinatos tendrían una explicación satisfactoria. Asimismo se podría dar una contestación fácil a la legitimación de un egoísmo exacerbado en el mundo de las finanzas, de la economía o de los sistemas sociales. Ciertamente, afirmar que una persona actúa asesinando a otras a causa de su disposición genética, eliminaría de un plumazo muchos quebraderos de cabeza respecto a la psicología humana. Tantas atrocidades ocurridas en el siglo pasado y muchas acciones sanguinarias del presente podrían tener una fácil explicación.

Richard Dawkins insiste en que los genes son egoístas y ha conseguido impactar como divulgador científico. Dawkins es zoólogo y nunca ha investigado con genes. Su punto de partida, que la vida dependa de “genes replicadores egoístas” (así los llama) no es cierta, pues esos genes nunca han existido, son producto de sus fantasías. Por el contrario, los genes se caracterizan por ser cooperadores. Los genes y los genomas actúan cooperando y comunicándose con el mundo exterior.

Desde hace unos veinte años sabemos que disponemos de un sistema motivacional que libera las sustancias del bienestar: dopamina, opiáceos endógenos y oxitocina. ¿Pero qué tiene que ocurrir para que sean segregados por el sistema motivacional? Esas sustancias pueden ser liberadas cuando tengamos experiencias positivas o nos comportemos de un modo específicamente humano que nos lleve a ese estado. A partir de este hecho, entenderemos mejor la contestación del psiquiatra y escritor norteamericano Karl Menninger, fallecido en 1990 casi a la edad de cien años, cuando le preguntaron qué le recomendaría a una persona que sufriera una depresión nerviosa: «Salga de su casa, cruce las vías del ferrocarril, encuentre a alguien necesitado y haga algo por él. Libérese del yo por un tiempo y empezará a sentirse mucho mejor». La agresividad y la violencia sin que medie una provocación no conducen, en personas normales y sanas, a una activación del sistema motivacional y, por tanto, a la segregación de sustancias neuroplásticas del bienestar. De esto se deduce que la agresividad y la violencia no pueden ser consideradas motivaciones que surgiesen espontáneamente en el ser humano, algo así como si la biología humana, de manera instintiva, nos hiciera tender a la agresividad.

Pero hoy en día podemos apoyarnos en multitud de experimentos que demuestran claramente que las interacciones sociales que tienen lugar entre personas que mutuamente expresan su confianza son las que generan la producción de sustancias mensajeras de la felicidad y de la vitalidad. Trabajar con personas de las que nos podemos fiar plenamente y que además son amables, afables, sociables y cordiales hace que se produzca en el sistema motivacional, una reacción sumamente positiva. Esta situación va a suponer, además, que esas personas actúen llenas de confianza y con el deseo de contribuir del mejor modo posible al bien común. Podemos afirmar, por tanto, que la tendencia del ser humano a la cooperación, a ayudar a otras personas y a contribuir a la justicia, constituye una motivación global básica firmemente anclada en la biología humana. ¿Qué produce agresión?  ¿Cual es la causa? La imposición de dolor.  Eso da lugar a agresión.

El ser humano necesita vínculos para estar sano. Estar marginados es muy peligroso. Los niños necesitan vínculos y no podemos dejarlos vivir en un vacío…porque si no tenderían a vivir agresivamente. Igual en el puesto de trabajo. ¿Qué necesitan los niños para no ser agresivos? Protección, vínculos estables y espacios libres de violencia. Los buenos vínculos hacen que produzcan las hormonas de la felicidad. Importante es que los niños aprendan pronto de pequeños a comportarse socialmente bien, que sepan cambiar de perspectiva a través de la empatía. Los niños precisan por lo tanto vínculos personales que les sirven de orientación y les posibiliten desarrollar sus sistema de motivación. Necesitan testimonios y modelos con empatía que les ayuden a actuar sin miedo y a afrontar las vicisitudes del día a día con señorío. Esas buenas relaciones se pueden equiparar a vitaminas tan esenciales y necesarias para su maduración como pueden serlo la adecuada alimentación o el dormir bien. De la relación existente entre los niños y sus ejemplos modélicos dependerá, en gran medida, aquello que serán en el futuro.

El desarrollo de su potencial necesita también de la resonancia.  A nivel profesional los efectos de la resonancia pueden ser decisivos para el éxito o el fracaso de una gestión.

Las neuronas espejo nos permiten compartir emociones de personas que hablan y gesticulan, tanto si las vemos cara a cara como a través de internet o televisión. Es como si se produjese, entre diferentes personas, lo que los expertos en Neurobiología denominan una joint attention, es decir, la capacidad de compartir con otra persona o con un grupo de personas una misma atención que se focaliza en el mismo  acontecimiento o en el mismo objeto. Pero, además, tanto la mímica como las miradas, gestos o conductas que observamos y registramos en otras personas nos permiten predecir lo que va a ocurrir a continuación. La armonía entre las personas no sería posible sin esta certeza intuitiva.

La capacidad de construir relaciones basadas en la confianza se debe, en gran parte, al desarrollo de certezas sobre los sentimientos e intenciones de esas personas, y esto es precisamente lo que los expertos denominan la capacidad de la Theory of Mind (TOM). Dicho de otro modo, la Theory of Mind consiste en la capacidad de detectar rápidamente en otra persona lo que verdaderamente le está ocurriendo; se trata de un sentimiento prerreflexivo, anterior a que comencemos a reflexionar sobre su estado de ánimo.

Para poder convivir armónicamente tanto en la sociedad como en la familia necesitamos estar inmersos en un clima de comprensión mutua, y esto no solo a través de la comunicación verbal sino también por medio de la no verbal, mediante gestos, mímica y movimientos fácilmente reconocibles e identificables.

(Alfred Sonnenfeld es autor del libro Educar para madurar,  recién reeditado, en el que trata con más profundidad estas cuestiones).

 

 

Pinchando en la foto se puede ver la primera parte de un vídeo del autor sobre este tema.

La segunda parte está aquí: