Jueves, 07 mayo 2020

¿Cuáles son los tipos de violencia escolar?

Según el plan internacional de la Unesco, alrededor de 246 millones de niños y adolescentes sufren algún tipo de violencia escolar. Conocer sus diferentes formas de manifestarse es fundamental para abordar este problema tanto dentro como fuera de las aulas. En UNIR analizamos los puntos clave.

Se considera violencia escolar todo comportamiento que conlleva agresión física, psicológica, verbal o amenazante dentro del entorno educativo. Estas agresiones se pueden llevar a cabo en las instalaciones del propio centro, durante las actividades extraescolares, cuando la víctima va de camino a la escuela (o de la escuela a su casa) o a través de las redes sociales.

En relación con esto último, al menos dos alumnos de cada clase han sufrido acoso escolar a través de Internet, según el último informe de Unicef sobre la Brecha digital de los niños y las niñas en España. ¿Y quiénes están en el foco de los acosadores? Las niñas especialmente, así como aquellos alumnos que se alejan de la norma y de los estereotipos sexuales y de género.

Mobbing, pero en la escuela

Cuando hablamos de violencia escolar solemos evocar el típico caso de un “matón de instituto” que, apoyado por su séquito, hace mobbing al compañero “más débil”. Sin embargo, por violencia escolar también se entiende las agresiones de un profesor hacia un alumno y, atención, del alumno hacia su profesor. La violencia escolar es un problema que afecta a ámbitos y edades muy diferentes: desde adolescentes de centros situados en zonas desfavorecidas social y económicamente, hasta alumnos que proceden de familias de clase social media y alta en cursos de Primaria e, incluso, entre universitarios.

El bullying y la ley del silencio

Hablamos de acoso escolar o bullying cuando el acosador (o acosadores) intimida y hostiga repetidamente a su víctima hasta conseguir el aislamiento y exclusión social de esta última. Estas amenazas y agresiones verbales ganan intensidad de manera gradual y suelen producirse en privado: cuando el acosado se encuentra solo en el patio, en los baños del centro, a la salida de clase…

También es frecuente que la víctima oculte la situación por la que está pasando a su familia, profesores y compañeros. El acosador, al no sufrir ninguna consecuencia, refuerza su poder sobre la víctima y el acoso se encrudece con el paso del tiempo. La famosa serie de televisión Por trece razones muestra muy claramente este fenómeno, conocido como: “la ley del silencio”. Factores como el miedo del niño/a de que las amenazas se cumplan tras denunciar la situación, la sensación de culpabilidad, de que nadie le ayude o crea, la baja autoestima o los síntomas de depresión llevan a la víctima a callar y encubrir al acosador.

 

 

Ciberbullying y el efecto cómplice

Cuando la violencia en las aulas se traslada al mundo digital se le denomina ciberacoso escolar o ciberbullying. El acosador, bajo el escudo protector de la pantalla, aprovecha las redes sociales y los grupos de WhatsApp para instigar, burlarse y difundir bulos sobre la víctima. Aunque este maltrato psicológico no derive en un enfrentamiento cara a cara entre acosador y víctima, no por ello es menos grave. Las consecuencias emocionales en el acosado son las mismas que las del mobbing dentro del contexto real: depresión, ansiedad, aislamiento, fobia escolar…

Además, el ciberacoso tiene varias peculiaridades que agravan este fenómeno. La primera es la velocidad en la que se intensifica el hostigamiento, puesto que el acosador, como ya se ha indicado, se siente protegido por la pantalla. Y no olvidemos tampoco la rapidez con la que se difunde la información a través de las RRSS. La segunda tiene que ver con terceros… con los espectadores. Es habitual que los compañeros se conviertan en cómplices propagando las burlas y bulos. Y, por último: la dificultad que supone a las familias y educadores detectar la situación cruel que el niño o adolescente está viviendo.

¿Cuál es el perfil de acosador escolar?

Numerosos estudios coinciden en que los agresores, en su mayoría, comparten los siguientes rasgos:

  • – Muestran comportamientos disruptivos y desafiantes como consecuencia de una percepción negativa de sí mismos. Algunos aseguran sentirse faltos de afecto.
  • – Son impulsivos, tienen poca tolerancia a la frustración y una baja capacidad de autocrítica.
  • – Suelen sufrir problemas familiares. En algunos casos los padres son demasiado permisivos con el hijo. En otros, viven situaciones violentas dentro de su propio núcleo familiar.
  • – Y el rasgo más común: son niños o adolescentes sin empatía ni habilidades sociales y con pocos o nulos recursos en la resolución de conflictos.

Sin duda, frenar el bullying escolar es un trabajo de todos y por el bien de todos: de la víctima que debe apartar el miedo y denunciar; de los espectadores que no deben adoptar el rol de cómplices; de las familias que deben educar en valores y en el uso de las TICs y redes a sus hijos; y, por supuesto, del equipo educativo del centro. Sin duda, para asegurar la buena convivencia en las escuelas es clave que profesores y psicopedagogos cuenten con formación en detección, prevención e intervención de violencia escolar.