Francisco Oleo
El vicerrector de UNIR, uno de los mayores expertos en IA aplicada a la educación, sostiene que el verdadero desafío no consiste en frenar esta revolución, sino en aprender a utilizarla sin renunciar al pensamiento crítico, la ética y el papel esencial del profesor.

“Formarse en inteligencia artificial no es una opción, porque la IA ya está presente en todos los ámbitos de la vida y también en las aulas”, subraya Daniel Burgos, vicerrector de Proyectos Internacionales de UNIR, desde el mismo inicio de esta conversación.
Profesor de profesores (solo el último año ha dado más de 30 talleres de IA a más de 600 en todo el mundo) y uno de los mayores expertos en IA aplicada a la educación, Burgos, que cuenta con más 30 años de experiencia en la enseñanza a sus espaldas, afirma que “el docente que no dedique tiempo a entenderla corre el riesgo de quedarse al margen mientras sus alumnos y compañeros avanzan”.
Para este experto “el profesor tiene que dejar de ser un usuario pasivo y aprender a marchas forzadas cómo funciona esta tecnología. No hay excusas por duro que sea”, una opinión que resume el principal reto que observa ahora mismo en las aulas.
Burgos es catedrático de Tecnologías para la Educación y la Comunicación, vicerrector de Proyectos Internacionales de Investigación en la UNIR, director del Instituto de Investigación, Innovación y Tecnología Educativas (UNIR iTED) y director de la Cátedra UNESCO en eLearning de UNIR y presidente de la MIU City University Miami de Estados Unidos.
“El profesor tiene que dejar de ser un usuario pasivo y aprender a marchas forzadas cómo funciona esta tecnología. No hay excusas por duro que sea”.
Un caso único en el mundo de la educación
Este profesor es un caso único en el ámbito de la educación en el mundo. Cuenta en su haber con 16 doctorados (no es un error) y otras 12 titulaciones universitarias acreditadas adicionales; es decir, 28 títulos universitarios, que abarcan materias tan dispares como ciencias de la computación, inteligencia artificial, educación, ciencias de la salud, antropología, teología, gestión empresarial o comunicación, entre otras titulaciones en las que ha profundizado.
Su última incursión en el conocimiento universal han sido los estudios islámicos, un doble doctorado de la Universidad Internacional Americana de Florida y la Universidad CUST de Somalia, que cursó y logró superar después de tres revisiones intensas. “Podía haberlos estudiado en cualquier otra parte, pero quería un país que fuera una república islámica sin ser radical, un país que fuera neutro, que me pudiera enseñar más del mundo islámico sin necesidad de tener que irme a la ultraderecha o a la ultraizquierda del concepto musulmán de la vida”, explica.
Cursó primero de forma online un máster de un año y después su nuevo doctorado en la Universidad CUST de Somalia, que es un centro de educación superior reconocido y acreditado por su Ministerio de Educación y por los indicadores del índice QS, la prestigiosa plataforma internacional de rankings educativos.
El desafío de conocer bien el Islam
Si con el máster no tuvo problemas y todo fue como la seda, con el doctorado ocurrió todo lo contrario: necesitó tres intentos para que le aprobaran su tesis. Lo cierto es que no se pusieron nada fácil: “Me han hecho sudar la gota gorda: ‘que si esto no es suficientemente islámico’, o ‘no te has aplicado adecuadamente el precepto número uno’ o ‘ten cuidado con lo que dices, que pareces demasiado occidental en esto otro’… Me han dicho de todo. Ajustarme al sistema educativo de Somalia, y a la visión específica de esta universidad, ha supuesto tres años de mi vida y, si no hubiese pasado a la tercera, no habría seguido”, dice alguien con su nivel y experiencia.
Nadie en el mundo tiene más doctorados que él y solo un profesor norteamericano acredita contar con más titulaciones universitarias oficiales. Está claro que se ha pasado la vida estudiando y actualizándose, un mantra que ahora repiten todos los expertos en educación y consultoría como algo obligado para el común de los mortales ante los continuos cambios que se producen a nuestro alrededor a cada momento. “La formación continua es obligatoria”, subraya.
Un hombre del Renacimiento en 2026
Este hombre del Renacimiento, al que le ha tocado vivir a caballo entre los siglos XX y el XXI, sigue impartiendo clase todas las semanas y dedica buena parte de su actividad a formar docentes de distintos países. Su experiencia le dice que la inteligencia artificial ha pasado a ocupar el centro de cualquier debate educativo: “Da igual que la clase sea de Metodología Científica o de Gestión de Proyectos. Al final siempre aparece la misma pregunta: ¿Qué piensas de la IA?”. Y Burgos responde: “Lo que está ocurriendo en el mundo de la educación es una auténtica tormenta perfecta”.
“Tenemos profesores estupendos, con una enorme vocación, pero muchas veces sin tiempo, sin recursos o sin una base tecnológica suficiente. Y lo que está ocurriendo con la IA en el mundo de la educación es una auténtica tormenta perfecta”.
Según explica, por una parte, estamos ante una tecnología completamente disruptiva y que nos obliga a incorporarla de manera inmediata en el sistema educativo; y por otra, los profesores disponen de muy poco tiempo para adquirir las competencias necesarias mientras mantienen una elevada carga docente y administrativa. “Tenemos profesores estupendos, con una enorme vocación, pero muchas veces sin tiempo, sin recursos o sin una base tecnológica suficiente”, asegura.
Un cambio permanente y a gran velocidad
Aunque el mundo de la educación ya ha vivido otras revoluciones tecnológicas en el pasado —internet, las pizarras digitales, los libros electrónicos o las tabletas—, ninguna había evolucionado con la velocidad actual. La gran diferencia de la revolución IA respecto a otras es el ritmo al que la inteligencia artificial lo cambia hoy todo.
Si la llegada de internet o de las pizarras digitales dio años para poder adaptarse, la IA evoluciona casi de un día para otro. Esa aceleración provoca que muchos docentes se sientan desbordados y obliga a mantener un aprendizaje permanente. “En diez minutos tienes que convertirte en un experto porque diez minutos después ya ha cambiado todo”, afirma Burgos. El problema no es únicamente aprender una herramienta, sino hacerlo sabiendo que quedará obsoleta en muy poco tiempo. Esa sensación de ir siempre por detrás termina, en su opinión, “apabullando” a muchos docentes.
Por eso insiste en que el mayor error sería esperar. “A lo mejor no te puedes ir de vacaciones y tienes que ponerte a estudiar IA. No tienes otra opción, aunque es una cuestión de cada uno”. Puede parecer una frase extrema, reconoce, pero refleja la magnitud del cambio que estamos viviendo. “Si el profesor no se adapta, serán sus propios estudiantes quienes dominen antes unas herramientas que ya forman parte de su vida cotidiana. Puedes quedarte atrás mientras tus estudiantes y compañeros docentes avanzan”, revela.
La diferencia respecto a otras innovaciones es precisamente esa: “La pizarra digital era más o menos opcional, esto no”. La inteligencia artificial ya interviene en tareas tan cotidianas como planificar un viaje, hacer la declaración de la renta o pasar un control en un aeropuerto. Pretender mantenerse al margen, dice, sencillamente ya no es posible. Tampoco en educación.
“Si el profesor no se adapta, serán sus propios estudiantes quienes dominen antes unas herramientas que ya forman parte de su vida cotidiana. Puedes quedarte atrás mientras tus estudiantes y compañeros docentes avanzan”.
Aun así, considera que uno de los principales obstáculos sigue siendo psicológico. Muchos docentes sienten vergüenza de admitir que desconocen cómo funciona realmente la IA. “Hay que decir: no tengo ni idea, explícamelo”. Para Burgos, esa conversación abierta constituye el primer paso para integrar la tecnología con naturalidad. También recuerda que la inteligencia artificial no nació con ChatGPT. “Llevamos 70 años de inteligencia artificial”, recuerda. “Lo que ha cambiado ahora es que cualquier ciudadano la lleva en el bolsillo y puede utilizarla en cuestión de segundos”.
El imprescindible valor de la ética
Pero en esta revolución compleja y acelerada, Burgos sitúa un principio por encima del resto, la ética. Tras editar la declaración internacional impulsada por UNIR sobre el uso responsable de la IA en la educación superior, asegura que la principal preocupación de la comunidad educativa sigue siendo la misma: garantizar un uso responsable de la tecnología. “Nadie quiere ni debe sentirse engañado. Por eso es clave proteger los datos personales, evitar sesgos y asegurar que la decisión final siempre sea humana”, destaca.

Sin embargo, advierte de que la ética, por sí sola, no resuelve los problemas; también hace falta transparencia. De ahí que proponga que los estudiantes expliquen con precisión cómo han utilizado la inteligencia artificial en cada trabajo académico. “Para mí, todo lo relacionado con la IA debería ser mucho más forense”, afirma. A su juicio, no basta con decir que se ha empleado ChatGPT. Lo importante es detallar si ha servido para traducir un texto, organizar una tabla, superar un bloqueo creativo o redactar unas conclusiones. “Así sabes si ha sido un uso instrumental o si realmente ha sustituido al estudiante”, explica.
“Para mí, todo lo relacionado con la IA debería ser mucho más forense. Lo importante es saber si ha habido un uso instrumental o si realmente ha sustituido al estudiante”.
Un asunto que es muy importante porque, en su opinión, es la gran frontera que marcará el futuro de la educación: distinguir entre una inteligencia artificial que mejora nuestras capacidades y otra que las reemplaza. Él apuesta claramente por la primera opción.
No sin mi Sócrates de bolsillo
De hecho, Burgos imagina al estudiante acompañado por un asistente permanente que responde dudas, ordena ideas, traduce documentos o ayuda a estructurar un trabajo. “Será como tener a tu propio Sócrates al lado y que hará que yo sea mejor. Ese compañero de aprendizaje permitirá avanzar más deprisa y con mayor precisión, pero no debería sustituir nunca el proceso intelectual del alumno”.
Una realidad y un debate que va mucho más allá de las aulas. Burgos observa cómo las nuevas generaciones recurren a la inteligencia artificial para decidir prácticamente cualquier aspecto de su vida cotidiana. Desde elegir un destino para las vacaciones hasta resolver dudas personales o académicas. Una dependencia que le preocupa. “Nos estamos atontando, porque aprender siempre ha exigido esfuerzo”, afirma. “Es lo que ocurre cuando hacemos deporte o aprendemos a tocar un instrumento. El cerebro necesita enfrentarse a dificultades para desarrollar nuevas capacidades o mejorar las existentes. Si la tecnología elimina completamente ese proceso, el aprendizaje pierde buena parte de su sentido y lo acabamos pagando”.
“El cerebro necesita enfrentarse a dificultades para desarrollar nuevas capacidades o mejorar las existentes. Si la tecnología elimina completamente ese proceso, el aprendizaje pierde buena parte de su sentido y lo acabamos pagando”.
En ese contexto advierte del riesgo de una sociedad excesivamente orientada al resultado inmediato. Personas capaces de obtener productos excelentes utilizando aplicaciones muy sofisticadas, pero que no conocen realmente el camino que conduce hasta ellos. “Estamos formando personas que saben utilizar determinadas aplicaciones para obtener un producto, pero que no hacen todo lo previo que es necesario para llegar hasta él”, señala.
Qué hacer con el tiemplo que te regala la IA
Esto no significa rechazar la inteligencia artificial, al contrario. Burgos reconoce que estas herramientas permiten ahorrar una enorme cantidad de tiempo al eliminar tareas repetitivas, automatizar procesos o facilitar la organización del trabajo. La cuestión es qué hacer con ese tiempo ganado. “En educación, debería servir para acompañar mejor a los estudiantes, personalizar el aprendizaje, profundizar en los contenidos, y no simplemente para producir más deprisa”, sostiene.
“El tiempo que nos ahorra la IA en educación debería servir para acompañar mejor a los estudiantes, personalizar el aprendizaje, profundizar en los contenidos, y no simplemente para producir más deprisa”.
Por eso también insiste en que el profesor no debe perder el protagonismo en la era de la IA. “Su papel cambia. Ya no consiste únicamente en transmitir información, sino en orientar, enseñar a formular buenas preguntas, desarrollar el pensamiento crítico y ayudar a utilizar estas herramientas con criterio. La tecnología puede potenciar enormemente el aprendizaje, pero sigue necesitando una inteligencia humana que marque el rumbo”, destaca.
Después de más de 30 años investigando sobre la tecnología y la inteligencia artificial aplicadas a la educación, desde los antiguos sistemas expertos de finales de los años ochenta del siglo pasado, hasta los actuales modelos generativos, Burgos contempla esta revolución con una mezcla de entusiasmo y prudencia. “El desafío es aprender a convivir con ella sin dejar de pensar”, sostiene, y reconoce justo al final que quizás el reto más complejo de todos puede ser educar hoy a un adolescente con un móvil y un asistente inteligente permanentemente a su alcance. Y por un momento, el investigador deja paso al padre cuando habla de su hijo, que tiene 28 años: “Menos mal que no tiene 12. No sabría qué hacer en casa, creo”, exclama a la vez que se le escapa una sonrisa.
“Con la IA, el papel del profesor consiste ahora en orientar, enseñar a formular buenas preguntas, desarrollar el pensamiento crítico y ayudar a utilizar estas herramientas con criterio. La tecnología puede potenciar enormemente el aprendizaje, pero sigue necesitando una inteligencia humana que marque el rumbo”.
Cinco claves para integrar eficazmente la IA en educación
La adopción de la inteligencia artificial no debe ser un proceso impulsivo guiado por las tendencias del mercado, sino una transición estructurada basada en pilares sólidos que garanticen su utilidad y ética. Estos son los cinco puntos claves que Burgos propone para conseguirlo:
- Dominar la IA para olvidarnos de ella. El primer paso ineludible es la formación profunda y dedicada. No basta con un conocimiento superficial; es imperativo comprender las diversas ramas de la IA, pasando por la predictiva, la generativa y la agéntica, por ejemplo, así como las herramientas específicas que emergen constantemente. Como mencionaba el maestro Paco de Lucía respecto a la guitarra, el objetivo es dominar la herramienta de tal manera que, con el tiempo, podamos olvidarnos de ella para que se convierta en una extensión natural de nuestra labor. Solo cuando el software o el paradigma tecnológico está plenamente integrado en nuestra competencia profesional, podemos utilizarlo de manera verdaderamente útil y creativa.
- Contextualización de nuestra IA frente a la del IA del mercado. Es vital evitar el error de adoptar soluciones genéricas que no responden a nuestras necesidades particulares. La clave reside en contextualizar, es decir, en utilizar nuestra propia inteligencia artificial y no la de otros. Esto implica construir o adaptar estructuras tecnológicas que sirvan a los fines específicos de nuestra institución y comunidad académica. Al centrar los esfuerzos en dar respuestas concretas a problemas reales, evitamos ser sobrepasados por el ruido mediático, los anuncios espectaculares y las promesas de resultados inmediatos que a menudo distraen del objetivo pedagógico.
- Colaboración de todo el sistema educativo. La integración de la IA no es una tarea individual ni exclusiva de un sector técnico. Debe entenderse como un esfuerzo colectivo dentro de un ecosistema integral. Esto significa que profesores, estudiantes, padres y gestores académicos deben participar activamente en esta nueva forma de enseñar y aprender. El liderazgo no puede recaer únicamente en un grupo (como estudiantes o profesores), ya que esto generaría brechas de conocimiento y dejaría al resto del sistema rezagado. La IA debe ser un punto de encuentro y colaboración para todos los actores.
- El arte de la iteración. La eficacia de la IA está directamente relacionada con la calidad y el detalle de la información que recibe. La iteración es fundamental: cuanto más precisos sean los datos y más detalles aportemos sobre el ámbito y las necesidades específicas, mejores serán los resultados. Debemos desarrollar la habilidad de interactuar con la tecnología mediante un interrogatorio en capas, refinando nuestras preguntas y prompts para profundizar en la obtención de respuestas de alta calidad que realmente aporten valor al proceso investigador o docente.
- La prevalencia del sentido común y la ética. Finalmente, cualquier avance tecnológico debe estar supeditado al sentido común y a los principios éticos. Como subraya la Declaración UNIR para el Uso Ético de la IA en Educación Superior, la decisión final debe ser siempre humana y no delegada a la máquina. La IA debe utilizarse únicamente cuando represente un beneficio real y claro para el usuario; de lo contrario, debe ser descartada sin vacilación. Esto incluye un uso racional y protegido de los datos privados, asegurando que la tecnología sea un soporte para el desarrollo humano y no una amenaza a la privacidad o a la autonomía personal.
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