Martes, 19 noviembre 2013

Análisis de un caso de plagio: Lucía Etxebarria y Antonio Colinas

Tras exponer en el post anterior el régimen jurídico del plagio, en el presente examinaremos el caso de plagio de Lucía Etxebarria a Antonio Colinas a través del juicio que, a las partes, mereció el fallo y, sobre todo, el proceso de formación de la decisión del juez.

1. Estación de infierno y Sepulcro en Tarquinia.

En este asunto, el juzgado de primera instancia número 52 de Madrid tuvo que pronunciarse indirectamente sobre el plagio de Lucía Etxebarria al poeta Antonio Colinas. Se dice indirectamente porque no hubo propiamente demanda de Colinas. La acusación de plagio provino de un reportaje, firmado por Antonio Calabuig, director entonces del semanario “Interviú”, en el año 2001[1], en el que se afirmaba que el libro de Etxebarria Estación de Infierno, contenía numerosas citas textuales o semejanzas con Sepulcro en Tarquinia (1976) de Colinas. Así, por ejemplo, afirmaba Calabuig:

“En Estación de Infierno, la autora se ha servido de la mejor tradición literaria, y algunas de las metáforas contenidas en él son inolvidables, pero no salieron de su pluma: la autora las tomó de un autor consagrado, las distribuyó a su antojo por muchos de sus poemas y, en ocasiones, incluyó varias en uno solo”.

La escritora interpuso demanda jurisdiccional en defensa del honor contra el periodista y la publicación, alegando que, en todo caso, el plagio no sería sino una intertextualización; que no abarcaba sino una mínima parte del poemario; y que era notoria su admiración por Antonio Colinas.

El juzgado, tras examinar las obras en cuestión, desestimó la demanda, y absolvió, consecuentemente al periodista.

La clave del fallo es la llamada “exceptio veritatis”: no se falta al honor si la información es veraz. Y el juez estimó que lo era, porque había, efectivamente, plagio. Es decir: si seguimos el régimen legal expuesto en el post anterior, existían, entre el libro que podemos llamar original, el de Colinas, y su transformación, el de Etxebarria, suficientes concomitancias como para que no pudiera hablarse de dos obras diferentes.

Las coincidencias, según el fallo, se refieren a “versos, imágenes y metáforas”, algo muy normal tratándose de un poemario, nos permitimos añadir. Según la sentencia,

“…la revista Interviú dio información veraz, es decir, que la actora en el pleito judicial, Lucía Etxebarria, plagió a Don Antonio Colinas, prevaleciendo así la libertad de información (derecho de toda una colectividad) sobre el derecho individual del honor”.

La propia Lucía Etxebarria, como se ha dicho, se había defendido en un primer momento mediante un comunicado público, en el que, entre otras cosas, decía lo siguiente:

“Quiero dejar claro que no es equiparable el rigor y el criterio de críticos y autores como Ana María Moix (que revisó el primer manuscrito), Esther Tusquets (editora del libro), Cristina Peri Rossi (que lo presentó) y Juan Carlos Suñén (que lo reseñó), personas que gozan de sobrado reconocimiento en el mundo literario, con el de un periodista que, que se sepa, no ha escrito ningún estudio crítico sobre poesía ni ha publicado artículo o libro alguno sobre el tema.(…)”.

Y añadía:

“Ante la amenaza de esta publicación y de la supuesta polémica que el reportaje pretende levantar debo dejar claro que todo autor en su obra, sobre todo si se trata de poesía, se nutre de referentes y tópicos literarios y homenajea y cita a los maestros a los que admira. Y que para sustentar algo tan grave como una acusación de plagio se requeriría un estudio crítico comparativo entre obras, no la simple enumeración de metáforas que recuerdan a otras metáforas sin mencionar el contexto en que tales referencias se encuentran. Ya dijo el propio Borges que no existe una sola metáfora original”.

Por su parte, la letrada que defendió su causa, Raquel Franco Manjón, también mediante un comunicado de prensa, señaló su línea de defensa (por lo que resulta sumamente útil leer su versión):

“…instando este procedimiento pretendemos sentar un precedente que evite la indefensión en la que se hallan los escritores desde el momento en que se han convertido en personajes mediáticos, ya que al existir un vacío legal sobre cuestiones sobre plagio e intertextualidad en la Ley de Propiedad Intelectual quedan expuestos a cualquier acusación no autorizada emitida de mala fe, lesionando su honor con el único objetivo de incrementar las ventas de una publicación o crear una falsa noticia vendible”[2].

El juicio en cuestión transcurrió por los cauces habituales en esta clase de litigios. Lucía Etxebarria propuso una prueba pericial consistente en los informes de tres reconocidos filólogos: Sonia Núñez Puente, Manuel Francisco Reina y Lou Charnon-Deusth. Pretendía con ello acreditar que, desde el punto de vista estético-literario, no se podía hablar de plagio, sino de préstamos, o, como ella misma dice, intertextualidad; inspiración y no copia. Sin embargo, la juez prefirió acogerse a un criterio cuantitativo o estadístico-contable. Y a esa forma de actuar se refería, premonitoriamente, Etxebarria en su comunicado.

No nos cuesta trabajo asumir lo que la escritora pretendía decir: lo cierto es que el plagio, como demuestra la historia de la literatura, es como un fenómeno muy alejado del criterio legal. Sin duda, el ingenio y el trabajo de cualquier creador merece, y es justo que así sea, una protección. Pero no es menos verdad que la literatura presenta tantas zonas comunes, fruto de la tradición, de la convivencia cultural, de la ideología, de la influencia… que la pretensión de recoger todo ese contexto en una norma que deslinde en ese patrimonio compartido lo puramente original, se antoja imposible en cuanto la obra que la norma denomina “transformada” incorpore una simple modificación de la intención. El esfuerzo normativo, quizás, sea, pues, inútil si la norma no toma en cuenta los valores esenciales de una obra literaria (o, al menos, no todos) ni mucho menos el proceso creativo.

En el caso de Lucía Etxebarria, a veces son evidentes las semejanzas con el libro de Colinas:

AC: Con la cabeza derrotada y fláccida,
con la cabeza rota sobre el mármol
si me vieras ahora junto al fuego
penetrado de ti, de tu recuerdo

LE: Si me vieras ahora desmembrada
penetrada de tu recuerdo
con la cabeza desencajada y fláccida

Pero se trata de una semejanza tan evidente que, al menos desde un punto de vista literario, parecen encajar, más bien, en el préstamo. No parecen, tampoco, baladís los argumentos de la escritora, cuando reclama, en definitiva, que un juicio literario (¿puede ser otra cosa un litigio sobre un libro plagiado?) se dirima con criterios literarios.

 


[1] El artículo apareció, concretamente, en el número 1.326, correspondiente a la última semana de septiembre del 2001.
[2]
Fuente: http://www.elmundo.es/elmundolibro/2001/09/24/anticuario/1001333354.html (Consultada el 4 de abril del 2013).