Soraya Casla Barrio
El ejercicio físico se consolida como una intervención clave en oncología. Más allá del bienestar, influye en el microambiente tumoral, la respuesta inmunitaria y el metabolismo, posicionando al músculo como un elemento central en el abordaje clínico del cáncer.

El ejercicio en pacientes oncológicos ha dejado de ser una recomendación genérica basada en el movimiento ligero para convertirse en una intervención con impacto biológico y metabólico relevante.
Este cambio implica abandonar una visión superficial del entrenamiento y adoptar un enfoque basado en la fisiología clínica. La diferencia entre un planteamiento generalista y una intervención especializada reside en comprender cómo el ejercicio interactúa con los procesos del cáncer.
En este contexto, el músculo deja de ser únicamente un elemento mecánico y pasa a considerarse un sistema activo con capacidad de influir en la evolución de la enfermedad.
El microambiente tumoral como objetivo terapéutico
El cáncer no es solo una proliferación celular descontrolada. Se desarrolla dentro de un entorno complejo conocido como microambiente tumoral (TME), caracterizado por hipoxia, inflamación crónica e inmunosupresión.
El ejercicio físico actúa sobre este entorno mediante varios mecanismos. Entre ellos, destaca la mejora de la vascularización tumoral, mediada por factores como el VEGF, lo que favorece la perfusión y la oxigenación de los tejidos.
La reducción de la hipoxia tiene implicaciones relevantes: limita procesos de angiogénesis desorganizada y aumenta la sensibilidad del tumor a tratamientos como la quimioterapia y la radioterapia.
Ejercicio e inmunidad: una respuesta modulada
Además de sus efectos vasculares, el ejercicio influye directamente en el sistema inmunitario. La actividad física favorece la movilización de linfocitos T citotóxicos, células Natural Killer (NK) y macrófagos M1 hacia el entorno tumoral.
De forma paralela, se observa una disminución de poblaciones celulares asociadas a la protección del tumor, como las células T reguladoras (Tregs) y los macrófagos M2.
Este equilibrio contribuye a generar un entorno menos favorable para la progresión de la enfermedad. A ello se suma la influencia del ejercicio sobre el metabolismo tumoral, interfiriendo en la vía glucolítica asociada al llamado efecto Warburg, que sustenta el crecimiento celular descontrolado.
El músculo como órgano endocrino
El tejido muscular esquelético desempeña también una función endocrina a través de la liberación de miocinas, proteínas que actúan como mensajeros biológicos.
Durante la contracción muscular, estas moléculas se liberan al torrente sanguíneo e interactúan con distintos órganos, modulando procesos inflamatorios, metabólicos y neurológicos.
Entre las principales miocinas destacan:
- Interleucina-6 (IL-6): en el contexto del ejercicio, ejerce un efecto antiinflamatorio y favorece la movilización energética.
- Interleucina-15 (IL-15): contribuye al mantenimiento de la masa muscular, especialmente relevante en situaciones de sarcopenia.
- Irisina: participa en la regulación del metabolismo lipídico y la reducción de grasa visceral.
- BDNF: relacionado con la función cognitiva y la neuroprotección.
- SPARC y decorina: implicadas en la modulación de la proliferación celular en estudios preclínicos.
Estas señales convierten al músculo en un actor clave en la regulación sistémica del organismo durante el proceso oncológico.
El método FITT: prescripción basada en evidencia
La prescripción de ejercicio en oncología requiere precisión. El modelo FITT (Frecuencia, Intensidad, Tiempo y Tipo) permite estructurar intervenciones adaptadas a cada paciente.
Las guías clínicas internacionales recomiendan una base de al menos tres días de ejercicio aeróbico y dos sesiones de fuerza a la semana. Sin embargo, el elemento crítico es la intensidad, que debe ajustarse mediante indicadores como los METs (Equivalentes Metabólicos).
Las intensidades moderadas (3–6 METs) favorecen la circulación y la recuperación sin generar sobrecarga. En pacientes estables y bajo supervisión médica, intensidades más elevadas (≥ 8 METs) pueden estimular adaptaciones metabólicas y mitocondriales relevantes.
La ventana post-quimioterapia: adaptación necesaria
Uno de los aspectos más críticos en la prescripción es el periodo posterior a la quimioterapia. Durante los primeros cinco días, el organismo presenta inflamación sistémica, estrés oxidativo y alteraciones hematológicas.
En esta fase, la intervención debe adaptarse cuidadosamente:
- Días 1–2: movilidad suave orientada a reducir inflamación y mejorar el flujo sanguíneo.
- Días 2–3: mantenimiento de intensidades bajas para preservar la función muscular.
- Días 3–5: incorporación progresiva de actividad funcional ligera.
Ignorar estas fases puede comprometer la recuperación del paciente y generar efectos adversos.
De la teoría a la práctica profesional
El conocimiento de los mecanismos fisiológicos asociados al ejercicio en oncología resulta imprescindible, pero no suficiente. La clave reside en su aplicación en contextos reales, adaptando las intervenciones a situaciones clínicas como la fatiga o la caquexia.
En este ámbito, la especialización profesional marca la diferencia. Comprender cómo dosificar el ejercicio, interpretar variables metabólicas y diseñar programas seguros permite trasladar la evidencia científica a la práctica.
El desarrollo de competencias en ejercicio oncológico, fisiología y prescripción individualizada se posiciona así como un elemento central para los profesionales que trabajan en este campo.
(*) Soraya Casla Barrio, docente UNIR. Especialista en ejercicio oncológico durante más de 15 años. Directora de los Centros Ejercicio y Cáncer, profesora en varias universidades e investigadora con amplia formación y proyección internacional en Ejercicio Oncológico.
- Facultad de Ciencias de la Salud






