Daria Mottareale
Apoyar la diversidad no garantiza saber reconocer la discriminación en el aula. Un estudio de UNIR con 622 docentes de secundaria señala la necesidad de reforzar su formación y confianza para detectar prejuicios sutiles y actuar ante ellos.

En las aulas españolas, los docentes se enfrentan a un desafío difícil de detectar y que rara vez reconocen como tal: la presencia de prejuicios y la falta de conciencia al respecto. No hablamos necesariamente de prejuicios explícitos, sino de formas sutiles de discriminación que operan fuera del radar de la conciencia.
Este tipo de prejuicio, que autores como Pettigrew y Meertens (1995) definen como “sutil”, resulta especialmente difícil de detectar y reconocer. Mientras que el prejuicio manifiesto es explícito y fácil de identificar, por ejemplo, cuando expresa abiertamente el rechazo hacia determinados grupos, el prejuicio sutil se manifiesta de forma mucho menos evidente. Puede aparecer disfrazado de argumentos aparentemente “razonables”, pero en realidad puede ocultar actitudes de rechazo, de segregación o de ambas.
Según los datos del proyecto HatemediProf, financiado por la Universidad Internacional de La Rioja, que analizó las competencias y los prejuicios relacionados con la lucha contra las expresiones de odio en el ámbito educativo, tener una actitud favorable hacia la diversidad no implica necesariamente saber reconocer los prejuicios cuando los tenemos delante. El estudio, en el que participaron 622 docentes de Educación Secundaria de toda España, encontró que una actitud favorable hacia la diversidad se relaciona con niveles más bajos de prejuicios sutiles, pero solo explica el 22,8% del fenómeno a nivel nacional.
¿Y qué ocurre con el resto? La respuesta parece estar, al menos en parte, en cómo interpretamos lo que vemos. En otras palabras, qué consideramos una expresión de odio, en qué situaciones percibimos que existe un problema y hasta qué punto nos sentimos capaces de intervenir. Un docente puede tener buenas intenciones y mostrar una actitud favorable hacia la diversidad y, aun así, no identificar determinados prejuicios o expresiones de odio. Por ello, no basta con estar a favor de la diversidad; también es necesario desarrollar herramientas para identificar y abordar sus formas más sutiles.
Qué creemos frente a qué podemos hacer
Imaginemos dos escenarios. En el primero, un docente observa una conversación en la que algunos estudiantes se burlan de un compañero por su origen e interviene de inmediato. En el segundo, ese mismo docente presencia situaciones de prejuicio, pero no las detecta, debido a su “sutileza”, por percepciones estereotipadas sobre compañeros y compañeras de otras religiones o identidades LGTBI+. Estos prejuicios aparecen en los silencios, en las expectativas no expresadas y en las narrativas que se aceptan sin cuestionamiento, más bien de manera implícita.
Por ejemplo, cuando un alumno gay menciona a su novio y algunos compañeros reaccionan con una sonrisa, el docente puede no intervenir porque “no ha pasado nada explícito”; o cuando una alumna musulmana participa en clase y sus compañeros evitan mirarla, mientras el docente interpreta esa reacción como un simple desinterés. También pueden manifestarse en expectativas inconscientes, como esperar menos de un alumno migrante por asumir que tendrá dificultades lingüísticas, o dar por hecho que una alumna trans tendrá problemas de integración.
Esta brecha se ha convertido en el corazón del problema: los docentes pueden tener buenas intenciones y, al mismo tiempo, carecer de las herramientas conceptuales y prácticas necesarias para convertir esa actitud en una intervención efectiva. Investigaciones como la de Bettache (2026) confirman que los estereotipos entre docentes pueden generar sesgos en sus expectativas hacia el alumnado y que las posibilidades de intervención pueden verse limitadas cuando se ponen en cuestión esquemas culturales internalizados que moldean nuestra forma de percibir y actuar.
La brecha es aún más compleja cuando los docentes no sienten que cuentan con las herramientas o la confianza suficientes para intervenir, incluso cuando reconocen la importancia de hacerlo. El problema no reside necesariamente en la falta de voluntad, sino en la dificultad para identificar formas sutiles de prejuicio y saber cómo actuar ante ellas.
El factor invisible: actitud, competencia y la paradoja de la buena intención
Aquí aparece la paradoja central del estudio: el 54% de los docentes presenta una actitud favorable hacia la diversidad, pero esta actitud positiva no se traduce automáticamente en una mayor intención de intervenir ante situaciones de odio y prejuicio (HatemediaProf, 2025), sobre todo ante situaciones de discriminación que no se reconocen como tales.
Aunque la actitud favorable hacia la diversidad es el factor más fuertemente relacionado con la intención de intervenir (β = 0,540), no es suficiente. Para que esa buena disposición se convierta en acción, entra en juego un segundo factor: la confianza del docente en su propia capacidad para intervenir (β = 0,258).
No basta con estar a favor de la diversidad; también es necesario desarrollar herramientas para identificar y abordar sus formas más sutiles.
En otras palabras, estar a favor de la diversidad importa y es fundamental, pero no basta. Muchos y muchas docentes con actitudes positivas se quedan en la intención y no llegan a intervenir porque carecen de confianza en sus propias capacidades o de herramientas prácticas para actuar. El resultado puede desembocar en lo que podríamos llamar una “inclusión de papel”: aulas en las que los docentes expresan su apoyo a la diversidad, pero en las que determinadas dinámicas cotidianas siguen reproduciendo desigualdades de manera casi imperceptible.
El camino hacia adelante: formación que cierre la brecha
¿Qué se necesita? Los datos señalan una dirección clara: una formación docente que no sea genérica. No se trata de ofrecer únicamente conversaciones sobre el respeto en abstracto, sino de desarrollar intervenciones específicas que fortalezcan tanto la competencia como el control percibido de los docentes.
La investigación reciente sugiere que la formación en sesgos implícitos puede modificar las creencias y las actitudes docentes (Gallo et al., 2025). Sin embargo, este cambio no se traduce automáticamente en comportamientos equitativos concretos ni en una reducción de las disparidades. Por ello, una formación de estas características debería facilitar que los docentes reflexionen sobre sus propias biografías e identidades y sobre cómo estas pueden moldear sus percepciones; proporcionar herramientas para reconocer y analizar narrativas de odio en sus contextos específicos; y desarrollar estrategias de contraargumentación que permitan responder a estas situaciones más allá de la mera sanción.
Nuestro estudio sugiere que cuando los docentes desarrollan un mayor control percibido, es decir, cuando confían en su propia capacidad para intervenir, este factor se relaciona con un incremento del 25,8% en la intención de intervenir (Hatemediaprof, 2025). La brecha entre actitud y acción puede abordarse mediante intervenciones formativas específicas que trabajen no solo las actitudes, sino también las competencias, la confianza y las herramientas necesarias para actuar ante situaciones de prejuicio y odio.
Visibilizar lo invisible
Los prejuicios que se nos escapan son los más difíciles de abordar porque operan sin que seamos plenamente conscientes de ellos. Si los docentes no los identifican, difícilmente pueden intervenir. La buena noticia es que esta capacidad puede desarrollarse. Cuando los docentes adquieren un mayor control percibido y confianza para intervenir, aumenta su intención de actuar. El reto, por tanto, no es solo invertir en la formación sobre inclusión y prejuicios sutiles, sino diseñarla de forma transformadora y sostenida para cerrar la brecha entre lo que los docentes creen que hacen y lo que realmente son capaces de hacer.
Cada aula en la que un docente aprende a reconocer estas dimensiones puede convertirse en un espacio de cambio, donde los prejuicios y las expresiones de odio puedan ser identificados y cuestionados y la inclusión se convierta en una práctica.
(*) Daria Motteraele es doctora en Sociología y profesora e investigadora en UNIR, donde da apoyo al Departamento de Didáctica y Organización Escolar. Forma parte del grupo de investigación SIMI (Inclusión Socioeducativa e Intercultural, Sociedad y Medios). Estudia cómo se construye y se difunde el odio en redes sociales, y qué competencias necesita el profesorado para intervenir. Es investigadora principal de los proyectos Hatemediaprof y HatemediaEduRioja.
Consulta los artículos publicados de la serie:
- Presentación: Educar frente al odio: por qué la escuela es nuestra mejor defensa en la era digital.
- Capítulo primero: Presentación: Del prejuicio digital al aula: el impacto de la hostilidad mediática en la labor docente.
- Facultad de Ciencias de la Educación y Humanidades






