Carmen Escribano Muñoz
Cada 21 de septiembre, el Día Internacional de la Paz invita a centros educativos y a docentes a desarrollar actividades relacionadas con la convivencia, el respeto o la resolución pacífica de los conflictos. Sin embargo, ¿es suficiente dedicar una jornada a hablar de paz?

Educar para la paz implica mucho más allá de una celebración puntual. Supone convertir el aula en un espacio en el que el alumnado aprenda a escuchar, a dialogar, cooperar, comprender otras perspectivas y afrontar los conflictos de una manera constructiva.
Además, la paz no debe entenderse únicamente como ausencia de guerra o violencia, sino que está relacionada con la igualdad, la justicia social, el respeto a las diferencias, los derechos humanos y la capacidad de participar de forma responsable en la sociedad. Desde esta perspectiva, la educación para la paz se convierte en un elemento esencial para la formación de una ciudadanía activa, crítica y democrática.
Los valores se aprenden viviéndolos
No basta con conocer qué significa respetar, ser empático o actuar de manera solidaria; es necesario experimentar situaciones cotidianas en las que estos valores puedan ponerse en práctica. Desde las primeras etapas educativas hasta Bachillerato, el alumnado tiene oportunidades para vivirlos de formas diferentes.
En Educación Infantil, mediante la observación, la imitación, el juego y las primeras experiencias de convivencia, por ejemplo, al compartir materiales o resolver un desacuerdo durante una actividad grupal.
En Primaria, a través de la cooperación, el respeto a las normas, la participación y la resolución de conflictos, como sucede al realizar una tarea cooperativa o tomar decisiones conjuntamente en una asamblea de aula.
En Secundaria y Bachillerato, vivir los valores implica también dialogar, argumentar, analizar problemas sociales relevantes y confrontar de forma respetuosa, distintos puntos de vista, mediante debates, estudios de caso o proyectos sobre cuestiones como la discriminación, la desigualdad o la convivencia.
De este modo, la autonomía, la empatía, la responsabilidad y la convivencia se desarrollan progresivamente a lo largo de toda la escolaridad. Todo ello sitúa también al docente ante una responsabilidad importante: difícilmente podemos enseñar respeto, diálogo o empatía si estos valores no están presentes en nuestra propia manera de relacionarnos con el alumnado.
¿Hay que evitar los conflictos?
El conflicto puede convertirse en una oportunidad educativa. Educar para la paz no significa aspirar a construir aulas en las que nunca exista un conflicto, pues el conflicto forma parte de cualquier relación humana y también de cualquier sociedad democrática. La cuestión está en aprender qué hacer cuando aparece.
Identificar el problema, escuchar diferentes puntos de vista, ponerse en el lugar del otro, expresar y argumentar la propia posición, negociar o llegar a acuerdos son aprendizajes esenciales para la convivencia.
Desde las primeras etapas educativas hasta Bachillerato, el alumnado tiene oportunidades para aprender y vivir valores que educan para la paz.
Desde la educación para la ciudadanía, este proceso implica desarrollar capacidades como la empatía, la mediación, la cooperación y el consenso, pero también poner en juego el pensamiento crítico: distinguir hechos de opiniones, cuestionar prejuicios, valorar diferentes perspectivas y tomar decisiones razonadas.
Del aula a la sociedad: el Aprendizaje-Servicio
Algunas metodologías permiten trabajar muy bien estas competencias porque sitúan al alumnado ante situaciones que exigen participación, cooperación y toma de decisiones.
El aprendizaje cooperativo, los debates, las simulaciones, el aprendizaje basado en problemas o los proyectos pueden generar espacios en los que aprender a argumentar, escuchar y construir soluciones colectivamente. Estas metodologías permiten que el alumnado no se limite a hablar sobre valores como la empatía, la solidaridad o la responsabilidad, sino que tenga oportunidades reales de ponerlos en práctica.
Entre estas metodologías, el Aprendizaje-Servicio (ApS) ofrece posibilidades muy interesantes para la educación para la paz, porque conecta los aprendizaje del aula con una necesidad real del entorno.
El ApS combina el aprendizaje con un servicio dirigido a la comunidad. De esta manera, el alumnado conecta los contenidos curriculares con necesidades sociales de su entorno y tiene la oportunidad de intervenir para contribuir a mejorarlo.
Por ejemplo, un grupo de estudiantes puede analizar una situación de discriminación o exclusión presente en su comunidad y diseñar, en colaboración con una asociación local, una campaña de sensibilización, materiales informativos o una acción de acompañamiento.
En este proceso, el alumnado investiga, escucha otras realidades, trabaja de forma cooperativa, toma decisiones y participa activamente en una mejora concreta de su entorno. La diferencia es importante: no se trata solamente de hablar sobre solidaridad, responsabilidad o compromiso, sino de generar situaciones en las que estos valores puedan ponerse en práctica.
Abrir el aula a la comunidad permite, además, que los estudiantes comprendan problemas que afectan a otras personas, reconozcan necesidades compartidas y descubran que también pueden convertirse en agentes de cambio. Esta conexión entre escuela y sociedad constituye uno de los elementos centrales de las propuestas de Aprendizaje-Servicio vinculadas con una cultura de paz.
Pensar críticamente también es educar para la paz
La educación para la paz necesita también pensamiento crítico. No se trata de conseguir que todos los estudiantes piensen de la misma manera o eviten el desacuerdo. Al contrario: una ciudadanía democrática necesita personas capaces de comprender problemas complejos, contrastar informaciones, reconocer diferentes perspectivas, argumentar sus opiniones y escuchar las de los demás.
Por ello, trabajar en ciencias sociales con problemas relevantes ofrece una oportunidad especialmente valiosa. Cuestiones relacionadas con la desigualdad, la discriminación, las migraciones, la sostenibilidad, la desinformación o los conflictos sociales permiten conectar los contenidos curriculares con la realidad.
Este tipo de actividades favorece capacidades como contrastar datos y fuentes, analizar causas y consecuencias, diferenciar hechos de opiniones, argumentar y proponer posibles soluciones, al tiempo que desarrolla conciencia social y responsabilidad ciudadana. Educar para la paz supone enseñar a comprender críticamente el mundo en el que vivimos.
La paz se aprende cada día
El Día Internacional de la Paz puede ser una excelente ocasión para iniciar una conversación, desarrollar un proyecto o plantear un problema en el aula, sin embargo, el verdadero desafío comienza al día siguiente.
La educación para la paz se convierte en un elemento esencial para la formación de una ciudadanía activa, crítica y democrática.
La cultura de paz se construye en las pequeñas experiencias cotidianas: cuando damos voz al alumnado, cuando enseñamos a escuchar a quien piensa diferente, cuando afrontamos un conflicto mediante el diálogo o cuando proponemos experiencias que permiten colaborar para mejorar el entorno.
En el Máster Universitario en Didáctica de las Ciencias Sociales: Geografía e Historia en Educación Secundaria y Bachillerato de UNIR, el profesorado profundiza en metodologías y recursos que permiten conectar los contenidos de Geografía e Historia con los problemas de la sociedad actual, desarrollar el pensamiento crítico y favorecer una ciudadanía activa, participativa y comprometida.
(*) Carmen Escribano Muñoz es docente e investigadora de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) en el ámbito de la Didáctica de las Ciencias Sociales.
- Facultad de Ciencias de la Educación y Humanidades






