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Tomar decisiones

De Delfos a Silicon Valley, ¿ha cambiado nuestra forma de tomar decisiones?

Vicente Giner Crespo, experto en alta dirección comercial y profesor de UNIR, analiza cómo ha cambiado nuestra forma de tomar decisiones hoy en día.

Las direcciones comerciales de las empresas, al igual que todas las personas en general, estamos constantemente tomando decisiones. Algunas son más estratégicas y comprometen la consecución de los objetivos en el medio y largo plazo. Otras son más tácticas y afectan en un plazo más corto.

Antes de que respondas a la pregunta planteada, me gustaría compartir contigo algunas inquietudes.

En la era que Peter Drucker llamó la de la información y del conocimiento, el antiguo CEO de Google, Eric Schmidt, compartió con el mundo la siguiente inquietud: “Cada dos días, el volumen de información que generamos es equivalente al que la humanidad ha producido desde sus orígenes hasta el año 2003”.

El oráculo de Delfos

Entre los siglos VIII y VI a.C., Delfos y su Oráculo fueron considerados el “ombligo del mundo”. Esto fue debido a que allí fueron tomadas las decisiones estratégicas más importantes del mundo occidental. No pocos autores señalan la enorme importancia que tuvo este lugar sagrado, y destacan la fama que adquirió entre los gobernantes y poderosos de la época. El mismo Alejandro Magno, siguiendo la recomendación de su maestro Aristóteles, fue uno de aquellos ilustres gobernantes que visitó aquel afamado lugar en la ladera meridional del monte Parnaso, en Grecia.

Tomar decisiones; un hombre viendo muchos caminos sobre una valle

Mucho antes que él, filósofos de la talla de Heráclito, o el mismo Sócrates, ya lo habían visitado. De hecho, fue precisamente Sócrates el que hizo de aquella inscripción situada a la entrada del Oráculo “conócete a ti mismo – gnóthi seautón”, la piedra angular sobre la que construyó todo su pensamiento filosófico. Pero, no hace falta irnos hasta épocas tan pretéritas para acordarnos; en la película del año 2006 titulada ‘300’, un joven Gerard Butler, interpretando al rey Leónidas de Esparta, visita el oráculo en busca de consejo antes de enfrentarse en la épica batalla de las Termópilas (480 a.C.) al todopoderoso imperio persa.

En aquellos tiempos pretéritos, los líderes y gobernantes también buscaban los medios necesarios que les permitieran tomar las mejores decisiones posibles, ya que, el miedo al fracaso es y ha sido un común denominador a lo largo de la historia.

¿Qué buscaban aquellos reyes y emperadores en sus visitas a Delfos?

Según investigaciones recientes, el origen de la alta tasa de éxito que fundamentaba la fama de aquel oráculo dedicado al Dios Apolo no estaba en la escenificación folclórica que realizaba la pitonisa, fruto de los gases que emanaban de la grieta de aquella roca sobre la que realizaba su danza, sino de la valiosa “información” que manejaban los monjes de aquel lugar, en una época en la que esta era un recurso muy escaso.

No debemos de olvidar que las constantes visitas durante siglos de estos líderes proporcionaban a los monjes información abundante y actualizada que ellos luego gestionaban diplomáticamente mediante sus consejos no exentos de enigma. Sin embargo, ¿por qué si aquellos líderes de la época visitaban el oráculo en busca de información para la toma de decisiones, este les sorprendía a su entrada con aquella inscripción que en letras doradas rezaba, “conócete a ti mismo”?

Tomar decisiones, un hombre pensando con boli en la boca delante del ordenador

Datos y conocimiento

Sin lugar a duda, hoy día la información no es, ni mucho menos, un recurso escaso. Por tanto, si actualmente la información y los datos son abundantes y accesibles, ¿por qué todavía podemos encontrar tantos errores en la toma de decisiones empresariales? ¿Cuántas veces, simplemente como consumidores, hemos pensado que una marca se ha equivocado con nosotros por un motivo u otro? ¿O simplemente consideramos que se equivocó en esta o en aquella decisión estratégica que les acabó dejando fuera del mercado?

Se dice que una cosa es tener información y datos, y otra es ser capaces de convertirlos en conocimiento, que a su vez nos permita tomar decisiones. Cuando aquellos reyes y gobernantes visitaban Delfos buscaban información, sin embargo, el oráculo apelaba a su capacidad de auto conocimiento para convertir esa información en verdadero conocimiento.

Y es que, cualquier información, venga de donde venga, está sujeta al proceso interpretativo de quien la recibe.

No en vano se dice que; “el agua coge siempre la forma del envase que la contiene”.

Daniel Kahneman, que ganó en 2002 el premio Nobel de Economía, señala que “sesgos o prejuicios cognitivos son unos efectos psicológicos que producen una alteración en el procesamiento de la información, lo cual genera una distorsión, juicio erróneo, interpretación deformada sobre la información analizada”. Añade a este respecto que “no podemos suponer que nuestros juicios sean un buen conjunto de bloques sólidamente estructurados, sobre los cuales basar nuestras decisiones, porque los juicios mismos pueden ser defectuosos”.

Otro premio Nobel de Economía, Herbert Simon, nos habla de la racionalidad limitada y de los prejuicios que todas las personas tenemos según vamos acumulando experiencia. Y es que, como decía este autor, “(…) no toda experiencia es generadora de buenas decisiones”. Y añade, “el exceso de información genera déficit de atención”.

Tomar decisiones; un hombre estresado antes de una pizarra grande con muchos dibujos empresariales

En esta misma línea, Daniel Goleman (Inteligencia emocional) citando a un monje budista, decía: “Ya Buddhagosa, un monje budista que en el siglo V escribió un texto sobre psicología, describió la misma distorsión de la mente calificándola como moha, la ilusión. Buddhagosa definió la ilusión como la neblina mental que nos lleva a percibir erróneamente los objetos de conciencia. Según Buddhagosa, la ilusión oscurece la verdadera esencia de las cosas, y en tanto que (atención torpe) nos proporciona una falsa perspectiva que nos lleva a malinterpretar todas nuestras experiencias”.

La importancia del autoconocimiento

Llegados a este punto, podemos considerar que la toma de decisiones se basa en dos variables fundamentales: por un lado, la información y los datos necesarios respecto al asunto sobre el que debemos tomar una decisión empresarial (lo que vendría a ser conocimiento explícito); y, por otro lado, la interpretación de dicha información y datos (lo que se ha venido a llamar conocimiento tácito), el cual se asocia con la intuición y, por tanto, con la experiencia.

A su vez, asumimos que cualquier interpretación que hacemos puede estar influenciada por esos sesgos y limitaciones cognitivas que forman parte de nuestra naturaleza humana. Sin embargo, como la interpretación de la información y los datos a tenor de lo expuesto tiene un cierto grado de “subjetividad”, el oráculo de Delfos añadía una tercera variable en la ecuación para la toma de decisiones, el autoconocimiento.

De esta forma la variable autoconocimiento afectaría nuestra experiencia (conocimiento tácito), haciendo que la interpretación que hagamos de la información y de los datos (conocimiento explícito), pueda ser más o menos objetiva.

Pero ¿es acaso fácil lograr conocernos a nosotros mismos?

Tomar decisiones; una mujer negra pensando

Daniel Goleman ya nos advirtió de la dificultad que tenemos para autoevaluarnos objetivamente. Lo llamó el autoengaño y lo define como la capacidad que el cerebro humano tiene de filtrar selectivamente la información que recibe y, de esa manera, reducir la conciencia de la memoria y las percepciones negativas. En la misma línea, William James, psicólogo que fue profesor en la Universidad de Harvard, consideraba que es nuestra “atención selectiva” la que nos hace alejarnos de la realidad.

Otro destacado psicólogo, Sigmund Freud, señalaba que el ser completamente honesto con uno mismo es el mayor esfuerzo que uno puede hacer, ya que la honestidad plena requiere de una búsqueda incesante de más y mejor información sobre el “yo interno” y de un deseo real de mejora y crecimiento personal. Esto me recuerda aquel cuento oriental en el que “a un visitante que a sí mismo se definía como buscador de la verdad, le dijo el maestro: Si lo que buscas es la verdad, hay algo que es preciso que desees por encima de todo.’ ‘Ya lo sé’ – respondió el visitante – ‘una irresistible pasión por ella.’ – ‘No’ – le dijo el maestro – ‘lo que necesitas es una incesante disposición a reconocer que puedes estar equivocado.’”

En conclusión, si la humanidad lleva siglos tomando decisiones estratégicas (habiendo sido muchísimas excelentes, pero otras no tanto), y si tenemos en cuenta lo expuesto, a tenor de lo cual, sea cual sea el volumen de información y datos de que podamos disponer, van a estar siempre sometidos al proceso interpretativo de quien o quienes tienen que tomar esas decisiones…

¿Podríamos considerar que hoy día realmente tomamos mejores decisiones que hace 2.500 años?

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