Miércoles, 07 noviembre 2018

La inteligencia emocional de los alumnos empieza por la de sus profesores

En el colegio no me enseñaron a ser una persona emocionalmente competente y sana, no de forma directa o explícita. Sí lo hicieron los grandes maestros que he tenido la suerte de encontrarme en mi camino, además de mi propia familia y amigos. Antes no se hacía, o al menos no de forma consciente como digo, supongo que iba un poco en la persona, en el docente en este caso. Pero ya hace años que esta dimensión emocional ha ido ganando su necesario terreno.

Es imprescindible trabajar con las emociones, tanto las propias, como las ajenas, desde pequeños hasta etapas educativas más avanzadas, tanto en casa como en el centro educativo.

Hay muchas maneras de implementar la educación emocional en el aula, bien sea como asignatura, o como contenido o competencia transversal. Algunas posibilidades para incluirla en nuestras clases pueden ser:

Diversidad de recursos como libros, actividades en grupo, vídeos o juegos online, directamente relacionados con la educación emocional y que se pueden encontrar para todas las etapas educativas.

Técnicas como el mindfulness, la psicología positiva o la gestión de emociones contribuyen al bienestar y a la motivación del alumnado.

El trabajo por proyectos ayuda a despertar la curiosidad, la admiración, el respeto por los otros, la capacidad de escuchar o de explicarse, además de fomentar la seguridad en uno mismo y el sentimiento de grupo.

El teatro puede servir para trabajar las emociones, la empatía, la capacidad de expresarse o de sentirse cómodo hablando en público.

Todo ello muy relacionado con la educación en valores, las soft skills y el nuevo repunte de las Humanidades.

Así formaremos alumnos tolerantes, empáticos, respetuosos, comprensivos y seguros de sí mismos.

Como siempre, para que esto suceda el cambio tiene que partir de nosotros. Familias y educadores somos el modelo de nuestros alumnos. Algunos, como decía, podemos ser verdaderos analfabetos emocionales, y debemos formarnos para poder mejorar estos aspectos, que serán fundamentales, no solo para nuestro entorno laboral, sino también para nuestra vida personal y social.

La relación con los pequeños debe ser cercana y las muestras de afecto suponen una pieza clave para que el aprendizaje tenga lugar. No olvidemos que nuestro estado emocional influye en la educación y en la convivencia.

Como seres emocionalmente inteligentes, deberemos ser capaces de pensar antes de actuar, controlar nuestras emociones y ponernos en lugar de otras personas para llegar a entender sus reacciones y puntos de vista.

En la siguiente OpenClass, la Directora del Experto Universitario en Inteligencia Emocional de UNIR, Carmen García de Leaniz, ofrece cinco pasos fundamentales para tratar los conflictos, tanto en el aula como en casa, con ejemplos concretos para nuestro día a día. Recordamos los pasos:

1. Aprender a calmarse les permitirá pensar con más claridad, y a no decir o hacer cosas de las que se puedan arrepentir.

2. Ayudarles a reflexionar sobre lo que les ha molestado y pensar cómo se puede explicar a la otra persona involucrada para buscar una solución. Esto supone introspección, autoconocimiento y autocontrol.

3. Aprender a dialogar de forma que no se dañe a los demás, sabiendo expresar las ideas y los sentimientos de forma constructiva y controlada.

4. Mostrar empatía y capacidad de escuchar. Al igual que es importante saber hablar, también lo es saber escuchar, poder ponerse en lugar del otro y comprender su punto de vista, aunque no se comparta.

5. Aprender a buscar por ellos mismos soluciones, acuerdos y compromisos en una búsqueda final de autonomía para resolver conflictos sin nuestra ayuda.

Es una charla muy recomendable, ya que no tiene desperdicio por su carácter eminentemente práctico.

Debemos recordar que la inteligencia emocional no viene de serie, debemos aprender a ser emocionalmente inteligentes y estables. En nuestro caso, como docentes, nuestra responsabilidad es doble puesto que nuestro nerviosismo, estrés o falta de empatía tiene consecuencias en esos pequeños, o no tan pequeños, alumnos, para los que el centro educativo supone, en muchas ocasiones, una segunda casa, donde deben sentirse acompañados, comprendidos y seguros.