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Soraya Casla, directora del Experto en Ejercicio Físico para Pacientes Oncológicos: “El ejercicio mejora resultados del cáncer”

La Dra. Casla presenta en UNIR las claves para diseñar programas de entrenamiento específicos, personalizados y adaptados al día a día del paciente a través del nuevo título de experto de la universidad.

Ejercicio cáncer UNIR
La Dra. Soraya Casla Barrio.

El ejercicio físico ya no es un consejo genérico de bienestar en los procesos de cáncer. Es una herramienta clínica con la capacidad de reparar tejidos y mejorar el pronóstico de la enfermedad. Con este cambio de paradigma como eje central, la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) celebró la openclassEl ejercicio como herramienta terapéutica en oncología’, impartida por la Dra. Soraya Casla Barrio.

El encuentro sirvió de marco idóneo para el lanzamiento del nuevo título de Experto Universitario en Ejercicio Físico para Pacientes Oncológicos, un programa dirigido por la Dra. Casla y diseñado para transformar la última evidencia científica en protocolos reales, seguros y eficaces para el día a día de los pacientes.

Durante la sesión, la experta habló sobre cómo diseñar programas de entrenamiento basados en la ciencia para personas que atraviesan un proceso cancerígeno.

Tras más de 15 años de experiencia con pacientes y una labor continúa adaptando la investigación científica a la práctica real, la Dra. Casla, directora de los Centros Ejercicio y Cáncer, explicó que cada paciente responde a un perfil único. Por ello, el diseño de los protocolos debe ser específico para cada caso si se busca una eficacia real.

El nuevo reto de la prescripción médica

La experta recordó que el paradigma ha cambiado radicalmente en las últimas dos décadas. Si en los años 2000 el objetivo estaba en demostrar si el ejercicio era seguro para un paciente con cáncer, y en la década siguiente se confirmó su indudable eficacia, el reto actual consiste en descifrar qué estímulo concreto necesita cada persona y analizar el momento idóneo para cada tipo de entrenamiento.

“No hablamos de enfermedades, sino de personas con una serie de alteraciones que debemos entender bien para realmente utilizar el ejercicio como una herramienta clínica”, afirmó.

La importancia de la valoración inicial

La Dra. Casla remarcó la importancia de realizar una “buena valoración inicial que permita establecer qué tipo de ejercicio aplicar y si es seguro o no”. Esta evaluación no se limita a una mera revisión de la historia clínica, sino que exige medir tres pilares físicos esenciales: la composición corporal (donde el tren inferior se vigila de cerca por ser el mayor predictor de dependencia), la capacidad cardiorrespiratoria y el estado funcional general.

De esta manera, es posible analizar de forma simultánea la cantidad de tejido muscular, su metabolismo y el estado del sistema neural y nervioso.

A partir de los datos obtenidos en la valoración, los profesionales pueden clasificar a los pacientes en grupos de riesgo: bajo, adaptado o alto, este último gestionado siempre de forma multidisciplinar con otros especialistas médicos para monitorizar posibles alteraciones secundarias, como las cardiovasculares. “Todo esto se puede ver en más detalle en el curso de experto”, señaló su directora.

Más allá del “cardio y fuerza” tradicional

La Dra. Casla destacó que la evidencia científica es clara: “El ejercicio mejora resultados del cáncer”. Durante la sesión advirtió de la necesidad de superar la clásica y simplista receta de realizar únicamente resistencia aeróbica y tonificación muscular.

Ningún paciente debería hacer solo fuerza o cardio, hay que trabajar en ambas líneas. También hay que introducir alta intensidad, porque es la que nos va a llevar a la regeneración del tejido”, señaló la experta. “La mezcla de ejercicios e intensidades es la que nos va a llevar a programaciones adecuadas y específicas para los pacientes”.

Los tratamientos oncológicos impactan en todo el sistema fisiológico del paciente, lo que desemboca en una disfunción de los tejidos óseo, muscular, metabólico y el sistema nervioso central. Esto no solo afecta a la capacidad funcional del paciente en el plano físico, sino también a funciones cognitivas, como la concentración y la atención, que dificultan significativamente la vuelta al entorno laboral.

Por ello, los programas deben orientarse a reeducar los sistemas dañados de manera íntegra a través de estímulos más complejos que incluyan el ejercicio isométrico, el control motor y el trabajo propioceptivo.

Pautas generales y estrategias por tejido

La doctora proporcionó unas pautas generales de 150 minutos semanales a lo largo de tres días de actividad cardiovascular y al menos dos días de fuerza a la semana (si se presenta sarcopenia o baja masa muscular se añadiría un día extra de fuerza). Entre sesiones, es recomendable realizar ejercicio cardiovascular de intensidad baja, como estiramientos y movilizaciones, para la regeneración del tejido conectivo y de las fascias.

A esto se deben sumar estrategias concretas en función del objetivo: fuerza progresiva si el tejido diana es el músculo degradado, o cardio aeróbico regular si se busca estimular las mitocondrias para combatir la fatiga crónica.

“El objetivo nunca a ser entrenar más, no quiero atletas de élite, quiero personas funcionales, autónomas, sin dolores y con mayor salud y calidad de vida y que mantengan su actividad física siempre”, afirmó la Dra. Casla.

Un proceso secuencial enfocado en la adherencia

La experta hizo hincapié, además, en que el entrenamiento oncológico debe entenderse como un proceso secuencial y lógico, y nunca como una lista de tareas. La planificación óptima arranca con fases de movilidad y control motor que, tras un periodo de tres a seis semanas, asientan las bases articulares necesarias para progresar hacia cargas mayores de fuerza, velocidad y, en última instancia, ejercicios funcionales de alta complejidad cerebral.

Todo este ecosistema de conocimiento clínico y metodológico da forma al nuevo título de Experto Universitario de UNIR, un programa que además añade un factor diferencial del que adolecen muchas formaciones tradicionales: la comunicación con el paciente y su motivación.

“Son aspectos de los que casi no se habla y son esenciales para la adherencia al ejercicio, por ello lo hemos incluido en la formación. La cuestión no es que los pacientes hagan ejercicio hoy, es que hagan ejercicio para siempre”, concluyó.

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