Jorge Arana Varona
El Foro UNIR reunió a especialistas en psicología educativa y salud mental infantojuvenil para analizar cómo detectar y prevenir el acoso, romper el silencio de víctimas y testigos y responder a un fenómeno que las redes sociales han extendido mucho más allá del aula.

En España, entre un 5% y un 10% de los niños y adolescentes pueden estar atravesando experiencias de acoso entre iguales en distinto grado, según las estimaciones expuestas por José Antonio Luengo durante el Foro UNIR. Para algunos de ellos, recordó el psicólogo, acudir cada mañana al centro educativo significa “volver al infierno”.
El encuentro El algoritmo del miedo: prevención del acoso escolar analizó un fenómeno que ya no termina cuando suena el timbre del colegio. El ciberacoso ha eliminado buena parte de los espacios de descanso de la víctima y puede prolongar las agresiones a través de grupos, vídeos, perfiles sociales y mensajes que multiplican la exposición y el daño.
Participaron José Antonio Luengo, psicólogo y vicepresidente primero del Consejo General de la Psicología de España; Desiré Sánchez Chiva, psicóloga y directora del Máster Universitario en Intervención Psicológica en el Ámbito Educativo de UNIR; y Beatriz Martínez Núñez, médica psiquiatra infantil y de la adolescencia. La periodista Ana Gugel moderó el encuentro. La propia convocatoria de UNIR sitúa a Luengo como referente nacional en convivencia escolar y destaca su experiencia en la Unidad de Convivencia y Contra el Acoso Escolar de la Comunidad de Madrid.
“Detrás del fenómeno del acoso entre iguales lo que hay esencialmente es miedo y silencio”, afirmó José Antonio Luengo. Miedo en quien recibe la violencia, pero también en aquellos compañeros que saben que algo está ocurriendo y no se atreven a intervenir.
Cinco claves del Foro UNIR
- No es una broma: Para hablar de acoso debe existir violencia intencionada, reiterada y una situación de poder o desigualdad. “Sé que estoy haciendo daño y sigo haciéndolo”, explicó José Antonio Luengo para diferenciar estas conductas de un conflicto puntual.
- El grupo puede detenerlo: El fenómeno no se reduce a agresor y víctima. Alrededor aparecen quienes apoyan, ríen, miran hacia otro lado, sienten rechazo pero callan y quienes defienden. “En el momento en que tengo un grupo de chicos valientes, de chicos bondadosos, el acoso tiende a reducirse”, señaló Luengo.
- Crear tribu en el aula: La prevención exige construir grupos donde los alumnos se protejan. Luengo defendió el papel del tutor para “crear tribu” y convertir la convivencia en parte central del proyecto educativo.
- Familias y escuela deben actuar juntas: Desiré Sánchez Chiva destacó la tutorización entre iguales, la prosocialidad, la asertividad y la regulación emocional, pero advirtió de que estas estrategias funcionan mejor cuando centro, profesorado y familias trabajan coordinadamente.
- Las consecuencias son reales: Beatriz Martínez Núñez explicó que el acoso puede asociarse a ansiedad, depresión, conducta suicida y autolesiones. “El acoso nunca es gratis”, ni para las víctimas ni para quienes ejercen la violencia.
- Castigar no basta: José Antonio Luengo defendió incorporar mecanismos de justicia restaurativa que permitan proteger a la víctima y, al mismo tiempo, trabajar con el agresor para que comprenda el daño y pueda modificar su comportamiento.
“Acoso escolar” puede ser una expresión engañosa
José Antonio Luengo dedicó buena parte de su intervención a cuestionar incluso la forma habitual de nombrar el problema. El término acoso escolar puede llevar a pensar que el origen está exclusivamente dentro de los centros y que la responsabilidad corresponde principalmente a profesores y equipos directivos.
Su planteamiento es diferente. Los niños llegan a las aulas con valores, prioridades, creencias y formas de relacionarse que ya han empezado a construirse en otros ámbitos. “Llegan a la escuela con una mochila no solo cargada de libros”, explicó. Dentro de esa mochila también viaja la forma de mirar, escuchar y tratar a los demás.
Por eso prefiere hablar de maltrato entre iguales. La escuela puede ser el lugar donde el fenómeno se hace visible, pero reducir toda la explicación a ese contexto conduce, según Luengo, a un diagnóstico incompleto y, por extensión, a intervenciones también incompletas.
El psicólogo utilizó una definición especialmente contundente: se trata de una “auténtica enfermedad social”. Su experiencia profesional en este ámbito se remonta a más de dos décadas y estuvo marcada, entre otros acontecimientos, por el suicidio de Jokin Ceberio en Hondarribia en 2004, un caso que impulsó parte de la respuesta institucional posterior frente al acoso.
Romper el silencio: el poder de un solo compañero
Uno de los argumentos centrales de Luengo fue que la prevención no puede concentrarse únicamente en la relación entre quien agrede y quien sufre.
El denominado círculo del bullying permite observar los diferentes papeles que adopta el grupo. Hay alumnos que inician las agresiones; otros se incorporan posteriormente; algunos se divierten sin participar directamente; otros miran hacia otro lado; y también existen quienes consideran injusta la situación pero no se atreven a actuar.
La intervención debe conseguir que cada vez más estudiantes se desplacen hacia el último grupo: los que defienden y sostienen a quien está sufriendo.
Luengo relató cómo víctimas con las que ha trabajado le han explicado el efecto que puede provocar una sola persona que se sienta a su lado o se levanta cuando comienzan las burlas. “Esto reduce de una manera tremenda mi dolor”, recordó citando esos testimonios. La fuerza de los iguales para producir daño es exactamente la misma que puede utilizarse para proteger a la víctima.
De ahí también su crítica a algunos mensajes aparentemente prudentes de los adultos. Decir a un hijo “no te metas en líos” puede enseñarle a apartarse cuando presencia una injusticia. Una alternativa sería transmitirle que debe ayudar y, si tiene miedo de intervenir directamente, acudir a un adulto.
Del protocolo a una cultura de “violencia cero”
España ha desarrollado durante las últimas décadas protocolos, materiales de prevención, programas policiales y experiencias educativas específicas. Luengo reconoció el valor de esas respuestas, pero señaló uno de sus límites: un protocolo comienza normalmente cuando la herida ya existe.
Por ello defendió que los centros construyan una cultura de violencia cero que forme parte del corazón de su proyecto educativo. Eso significa implicar a equipos directivos, tutores y familias mucho antes de que aparezca un caso grave.
La tutoría tiene aquí una función especialmente importante. El tutor no debería limitarse al seguimiento académico, sino ocuparse también del desarrollo emocional y del funcionamiento social del grupo. Programas de ayuda entre iguales, estudiantes mayores que acompañan a los pequeños y espacios estables de diálogo con las familias son algunas de las medidas destacadas por Luengo.
Desiré Sánchez Chiva coincidió en esa mirada preventiva. La psicóloga defendió trabajar desde edades tempranas la prosocialidad, la comunicación, la asertividad y la inteligencia emocional. “Tenemos que hacer grupo desde infantil”, explicó, adaptando siempre las estrategias al desarrollo evolutivo de cada edad.
Ciberacoso: cuando llegar a casa ya no significa estar a salvo
Beatriz Martínez Núñez puso el foco en una diferencia determinante entre el acoso tradicional y el actual: el entorno digital elimina el refugio.
“Antes se metían contigo en el cole y llegabas a tu casa y al menos estabas tranquilo. Ahora esto es un altavoz”, explicó. Las agresiones pueden continuar mediante redes sociales, grupos de mensajería, vídeos o imágenes y acompañar al menor durante todo el día.
Esto obliga también a revisar la forma en que las familias interpretan determinados comportamientos. Un adolescente que pasa mucho tiempo mirando compulsivamente su teléfono no siempre está simplemente abusando de la pantalla. Puede estar tratando de comprobar qué se está diciendo de él, qué circula en un grupo o si existe una nueva publicación que le afecta.
Martínez Núñez señaló otras señales de alarma: retraimiento, pasar más tiempo aislado, dolores de cabeza o de estómago recurrentes y excusas físicas para evitar acudir al centro. Son cambios que deben observarse en conjunto y no despacharse automáticamente como simples etapas evolutivas.
Entre los errores familiares mencionó minimizar lo ocurrido como “cosas de chicos”, recomendar responder violentamente o intentar resolver la situación directamente con otras familias sin implicar al centro educativo.
El agresor también necesita intervención
Las consecuencias psicológicas pueden extenderse mucho más allá del episodio concreto. Beatriz Martínez Núñez explicó que las experiencias de acoso presentan características traumáticas y pueden asociarse a problemas de salud mental, desde ansiedad y depresión hasta conducta suicida o autolesiones.
Pero añadió un dato que complica la simplificación habitual entre “buenos” y “malos”: también los agresores presentan una mayor prevalencia de autolesiones no suicidas respecto a la población general de su edad. Intervenir sobre ellos no significa diluir su responsabilidad, sino intentar que la violencia no siga reproduciéndose.
Luengo desarrolló esta idea al defender la justicia restaurativa. “Tú no eres malo, pero has cometido una maldad”, propuso como enfoque para trabajar con quienes han ejercido el maltrato. El objetivo pasa por reconocer la conducta, asumir sus consecuencias, reparar el daño cuando sea posible y confiar en la capacidad del menor para modificar su comportamiento.
Eso no elimina las medidas disciplinarias necesarias. Significa reconocer que expulsar, sancionar o etiquetar al agresor sin intervenir sobre las causas y las relaciones puede dejar intacto el problema que originó la conducta.
Cuando los padres escuchan que su hijo está acosando
Uno de los momentos más delicados llega cuando el centro comunica a una familia que su hijo está haciendo daño a otro alumno.
Desiré Sánchez Chiva explicó que escuchar algo así provoca con frecuencia una reacción defensiva inicial. Por ello defendió abordar estas conversaciones desde el acompañamiento y no desde una lógica de juicio. La familia necesita comprender qué está ocurriendo y participar en el proceso de cambio.
Luengo coincidió en que algunos protocolos excesivamente reglamentarios pueden contribuir involuntariamente a que los padres interpreten la situación como una acusación formal contra su hijo. Aparece entonces el miedo a la etiqueta de “acosador” y, con él, la negación frontal de lo sucedido.
La alternativa pasa por proteger inmediatamente a la víctima y trabajar simultáneamente con el menor que ha ejercido la violencia, su familia y el grupo. Nadie gana cuando una intervención convierte el conflicto en una batalla entre adultos.
Psicólogos educativos y profesionales preparados
Sánchez Chiva reclamó además una mayor presencia de psicólogos educativos en los centros. Señaló que existen orientadores que deben atender a cientos de estudiantes y que determinados procesos requieren herramientas y competencias que un profesor no puede asumir en solitario.
Este planteamiento conecta directamente con la necesidad de formar profesionales capaces de prevenir, detectar e intervenir en problemas emocionales y conductas de riesgo. El Máster Universitario en Intervención Psicológica en el Ámbito Educativo de UNIR incluye específicamente el acoso escolar entre las problemáticas abordadas y forma en diseño de programas de intervención psicológica y convivencia en centros educativos.
Para quienes quieran especializarse en evaluación e intervención con menores desde una perspectiva más clínica, UNIR cuenta también con el Máster Universitario en Intervención Psicológica en Niños y Adolescentes, orientado al bienestar y la intervención psicológica infantojuvenil.
Que ningún menor tenga que pedir que no hagamos nada
El Foro UNIR dejó una idea especialmente incómoda: muchas víctimas callan precisamente porque temen las consecuencias de hablar. José Antonio Luengo explicó que algunos menores no quieren decepcionar a sus padres, temen ser considerados débiles o creen que la intervención adulta empeorará todavía más las agresiones. “Por favor, no digas nada, porque va a ser peor para mí”, resumió al reproducir uno de los temores que expresan.
Romper ese círculo exige algo bastante más complejo que activar protocolos. Significa construir centros donde los alumnos sepan que serán protegidos, familias capaces de escuchar sin minimizar ni precipitarse y grupos de iguales que entiendan que defender a un compañero no es “chivarse”. Como defendió Luengo, el acoso encuentra fuerza en el miedo y el silencio. La prevención empieza justamente donde ambos dejan de funcionar.
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