Estefanía Cabello Rosa
La nueva película de Javier Calvo y Javier Ambrossi recupera una de las obras inconclusas de Federico García Lorca para construir un relato sobre el deseo, la identidad, la memoria y aquello que una sociedad decide silenciar.

Hay obras literarias que sobreviven a sus autores. Otras, incluso sin haber llegado a completarse, continúan generando nuevas historias décadas después de haber sido escritas. Es el caso de La bola negra —o La piedra oscura, pues Lorca llegó a barajar ambos títulos—, una de las últimas obras que Federico García Lorca comenzó y que quedó inconclusa tras su asesinato en 1936.
El primero en intentar rescatarla fue el dramaturgo y poeta español Alberto Conejero, quien en 2013 estrenó la pieza teatral La piedra oscura, que se convirtió en un éxito inmediato alabado por la crítica especializada.
Casi 90 años después, el título vuelve a la actualidad de la mano de Javier Calvo y Javier Ambrossi. Su película La bola negra, de la que Alberto Conejero es coguionista, ha llegado a los cines españoles el 25 de septiembre, después de recibir el premio a la Mejor Dirección en el Festival de Cannes y de ser una de las tres películas preseleccionadas por la Academia de Cine para representar a España en los Oscar.
Pero la película plantea algo que va mucho más allá de una adaptación cinematográfica: ¿qué ocurre cuando una obra literaria inacabada se convierte, décadas después, en materia para una nueva creación?
Javier Ambrossi y Javier Calvo, en un momento del rodaje de la película, con el cantautor, guitarrista y actor español Guitarricadelafuente.
Cuatro páginas que abrieron una historia
De La bola negra de Lorca se conservan únicamente cuatro páginas. El argumento de la película presenta a un joven que intenta ser admitido en un club de Granada. Los miembros votan su ingreso mediante bolas blancas y negras y el protagonista recibe una bola negra. El motivo de su rechazo está relacionado con su homosexualidad.
Sin embargo, en el texto conservado del escritor, que él subtituló “drama de costumbres actuales”, Lorca solo dejó recogido un diálogo entre Carlos, el protagonista, y su hermana, que tiene lugar en un gabinete de familia burguesa y donde esta le interpela “si yo fuera un hombre como tú, no pensaría nunca. Me gustaría andar, irme a los ríos, trepar a los árboles”.
Es cierto que la trama que quiso desarrollar Lorca tenía que ver con un joven de Granada que intenta ingresar en un casino, pero era rechazado tras una votación donde ganan las bolas negras como símbolo de su homosexualidad, como él mismo le contó en carta a su amigo el también escritor Cipriano Rivas Cherif.
Ese breve texto contenía, por tanto, algunos de los elementos que caracterizan la nueva película: la identidad, el deseo, el rechazo social y la tensión entre lo que una persona es y aquello que una sociedad permite mostrar.
Sin embargo, Lorca nunca pudo terminar la obra. El manuscrito quedó suspendido y con él quedaron abiertas numerosas preguntas sobre la historia y sus personajes.

Uno de los carteles de ‘La bola negra’.
Precisamente ese carácter fragmentario convierte La bola negra en un material especialmente sugerente para la creación contemporánea. La ausencia de un desenlace no es solamente una carencia: también es un espacio para la interpretación.
Los Javis parten de ese espacio abierto para imaginar qué podría haber ocurrido con aquella historia, al igual que años atrás hizo el escritor Alberto Conejero.
De la literatura al cine: una reescritura
La película no pretende realizar una adaptación literal de las páginas conservadas de Lorca. Su propuesta establece un diálogo entre diferentes obras y épocas. El guion, escrito por Javier Calvo, Javier Ambrossi y Alberto Conejero, toma como uno de sus puntos de partida la obra lorquiana y conecta su universo con La piedra oscura, de Conejero.
El resultado es una historia que enlaza las vidas de tres hombres en tres momentos diferentes. Sus experiencias están unidas por el deseo, la sexualidad, el dolor, la memoria y la herencia.
Desde una perspectiva literaria, este proceso resulta especialmente interesante porque permite hablar de reescritura e intertextualidad: una obra nueva que no se limita a reproducir un texto anterior, sino que dialoga con él, lo interpreta y lo transforma desde las preocupaciones de otra época.
La película demuestra así que un texto puede continuar generando significado mucho después de que su autor haya dejado de escribirlo.
Una obra de Lorca para el siglo XXI
Uno de los aspectos más interesantes de La bola negra es precisamente su capacidad para demostrar que la literatura no permanece encerrada en el momento histórico en que fue escrita.
Unas páginas de Lorca escritas en los años treinta pueden ser recuperadas en el siglo XXI y convertirse en el punto de partida de una película contemporánea. Entre ambos momentos existe un largo proceso de lectura, interpretación y transformación.
Es lo que ocurre constantemente con los grandes autores de la literatura: cada generación vuelve a sus textos y formula nuevas preguntas.
En este sentido, estudiar a Lorca no consiste únicamente en conocer su biografía, sus obras o el contexto de la Generación del 27. También implica comprender cómo se ha leído, interpretado y reinterpretado su legado a lo largo del tiempo. La bola negra es un ejemplo perfecto de ese proceso.
Cuando la literatura continúa más allá del texto
La película de los Javis permite, finalmente, recuperar una idea esencial de los estudios literarios: una obra no termina necesariamente cuando termina su escritura. A veces continúa en las adaptaciones, en las traducciones, en las investigaciones académicas, en las representaciones teatrales o en las nuevas obras que dialogan con ella.
Los actores Carlos González y Glenn Close.
En el caso de La bola negra, el camino resulta especialmente significativo: de un manuscrito incompleto de Federico García Lorca a una obra teatral de Alberto Conejero y, posteriormente, a una película que lleva esa historia a una nueva generación de espectadores.
Casi noventa años después, aquellas cuatro páginas siguen provocando preguntas. Y quizás esa sea una de las mayores demostraciones de la vigencia de Lorca: que incluso aquello que no pudo terminar continúa teniendo algo que decirnos.
(*) Estefanía Cabello Rosa, escritora y activista cultural, es la coordinadora académica del Grado en Lengua y Literatura Hispánicas de UNIR. Doctora en Literatura Española con mención internacional por la Universidad de Córdoba. A lo largo de su carrera, ha recibido prestigiosos premios como investigadora y creadora.
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- Facultad de Ciencias de la Educación y Humanidades






