Mónica Orduña Prada
El 11 de septiembre de 2001, conocido por todos como el 11-S, se convirtió en una fecha del calendario de la historia teñida por el dolor. Este año 2026 conmemoramos el 25 aniversario del ataque terrorista más dramático que ha vivido el mundo.

Si se ha calificado a Vietnam como la primera guerra televisada de la historia, no cabe duda de que los atentados del 11-S fueron los primeros atentados terroristas televisados de la historia. Y los atentados de ese día de 2001 imprimieron un sello traumático a la inauguración del siglo XXI que se ha quedado en la memoria de todos. En torno a dos horas, las Torres Gemelas, destrozadas e incendiadas, se mantuvieron tambaleantes, hasta que, finalmente, quedaron reducidas a polvo y ceniza ante millones de personas como un símbolo del horror para el planeta.
A primera hora de la mañana, cuatro aviones de pasajeros fueron secuestrados por diecinueve miembros terroristas de Al Qaeda. Dos de los aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas de Nueva York, derribando ambas; mientras que un tercero se utilizó para colisionar contra el Pentágono, sede del Departamento de Defensa de Estados Unidos. El cuarto avión, cuyo objetivo era atentar contra el Capitolio, centro del poder legislativo estadounidense, fracasó en su objetivo.
Por tanto, el ataque estaba dirigido a tambalear los cimientos de Estados Unidos tanto en lo que afectaba a la sociedad civil como al poder legislativo y a al poder ejecutivo. La sociedad estadounidense y gran parte de la sociedad mundial se vieron impactadas por lo sucedido como no había sucedido desde el ataque a Pearl Harbor en el mes de diciembre de 1941.
Un fecha que cambió el rumbo de la política internacional
Al día siguiente de los atentados, Estados Unidos declaró que se encontraba en estado de guerra. Ese mismo 12 de septiembre, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó una resolución en la que condenaba los ataques y hacía un llamamiento a los países para colaborar en la identificación y el castigo de sus responsables, así como de quienes les hubieran dado apoyo o protección. La resolución recordaba, además, el derecho a la legítima defensa individual y colectiva recogido en la Carta de las Naciones Unidas.
Estados Unidos apeló a este derecho en las semanas siguientes. El 21 de septiembre de 2001, Washington exigió al régimen talibán la entrega de los principales líderes de Al Qaeda, a los que responsabilizaba de los atentados. Ante la negativa de los talibanes a cumplir el ultimátum, Estados Unidos y Reino Unido iniciaron, el 7 de octubre, una campaña de ataques aéreos contra objetivos en Afganistán, dando comienzo a una nueva etapa de la llamada “guerra contra el terrorismo“.
De la guerra de Afganistán a la guerra de Irak
La intervención internacional en Afganistán comenzó con un despliegue limitado de tropas, pero la estrategia inicial de Estados Unidos no dio los resultados esperados. Con el apoyo de la Alianza del Norte, las fuerzas internacionales lograron tomar Kabul y Kandahar, aunque Osama bin Laden consiguió escapar.
Mientras los talibanes se refugiaban en Pakistán y recuperaban progresivamente su influencia en las zonas rurales, la coalición internacional fue aumentando su presencia militar, especialmente a partir de 2008 con nuevos refuerzos estadounidenses. Sin lograr una solución duradera, la mayoría de las fuerzas internacionales comenzaron a retirarse en 2014. Estados Unidos mantuvo su presencia hasta agosto de 2021, cuando culminó su retirada tras casi veinte años de intervención.
En 2003, el Gobierno de George W. Bush decidió ampliar el escenario de la llamada “guerra contra el terrorismo” a Irak, entonces gobernado por Sadam Husein. Para justificar una posible intervención, la Administración estadounidense aseguró que el régimen iraquí disponía de armas de destrucción masiva y que existía el riesgo de que fueran utilizadas contra Estados Unidos. Washington presentó así la invasión como una “guerra preventiva”, destinada a evitar una amenaza que consideraba inminente.
Ante estas acusaciones, la ONU envió inspectores a Irak para comprobar si el país disponía de este tipo de armamento. Sin embargo, las inspecciones no encontraron pruebas que confirmaran su existencia. La falta de evidencias alimentó la controversia internacional y provocó divisiones entre los aliados de Estados Unidos.
Algunas repercusiones del 11-S
El 11 de septiembre de 2001 marcó un punto de inflexión en la historia reciente. La memoria visual del, dolor de lo acontecido hace 25 años está muy presente. Además hay que tener presente que esos atentados no solo fueron un ataque a Estados Unidos en su propio territorio, sino que también desencadenaron una respuesta significativa: el inicio de la llamada guerra contra el terrorismo.
Los atentados demostraron también el enorme alcance de los medios de comunicación para difundir un mensaje a escala mundial. A partir de 2013, Dáesh, heredero de Al Qaeda aprovechó especialmente esta capacidad y convirtió internet y las redes sociales en herramientas fundamentales para su propaganda. La difusión de sus atentados y contenidos permitía que sus mensajes alcanzaran a una audiencia global en cuestión de segundos.
Además, las redes sociales introdujeron una característica que multiplicó este efecto: la interactividad. Cualquier usuario podía compartir un contenido con su entorno y, a su vez, esos usuarios podían volver a difundirlo. De este modo, el receptor dejaba de ser un espectador pasivo y podía convertirse también en emisor, favoreciendo una propagación rápida y descentralizada de los mensajes.
(*) Mónica Orduña Prada es coordinadora académica del Grado de Historia y Geografía de la Facultad de Ciencias de la Educación y Humanidades en la Universidad Internacional de La Rioja. Doctora en Historia Contemporánea. Es IP del grupo de investigación de UNIR, Relaciones Trasatlánticas en la Contemporaneidad, RETRASC.
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