Educación Infantil: por qué aprender a leer antes no significa aprender mejor

El Foro UNIR reunió a tres especialistas para analizar cómo están cambiando las aulas de Infantil, qué necesitan los niños durante sus primeros años y por qué el juego, la atención emocional y la formación docente resultan esenciales para su desarrollo.

Ana Gugel, moderadora del Foro UNIR, junto a Raúl Bermejo.Descubre nuestros estudios de Educación

Aprender a leer y escribir antes de llegar a Primaria continúa siendo una de las grandes expectativas de muchas familias. Sin embargo, adelantar los aprendizajes no garantiza mejores resultados. “Los primeros años son importantes, pero eso no significa que tengamos que acelerar la infancia”, advirtió Raúl Bermejo durante el Foro UNIR, donde cuestionó la presión por introducir contenidos académicos antes de que los niños estén preparados para asimilarlos.

El encuentro Infantil en máximos históricos: ¿cómo abordar hoy la educación de 0 a 6 años? analizó los desafíos de una etapa marcada por el aumento de la escolarización, una mayor diversidad en las aulas y los avances en el conocimiento del desarrollo infantil. Los expertos abordaron cómo deben evolucionar las metodologías, qué competencias necesita el profesorado y por qué cuidar, jugar y aprender forman parte de un mismo proceso educativo.

Grado en Maestro en Educación Infantil

Participaron Raúl Bermejo, maestro de Educación Infantil, escritor, divulgador y docente de UNIR especializado en neuropsicología y educación; Marta Elvira, psicóloga, especialista en atención temprana y docente universitaria; y Carlota Pérez, directora del Área de Grados de la Facultad de Educación de UNIR.

“No podemos responder como hace 20 años, porque la situación ha cambiado”, afirmó Bermejo. El especialista defendió que las escuelas deben adaptarse a las necesidades actuales de la infancia, respetar los ritmos individuales y abandonar determinadas prácticas que confunden aprender más rápido con desarrollarse mejor.

Cinco claves del Foro UNIR

  • No acelerar los aprendizajes: La maduración cerebral condiciona cuándo están preparados los niños para adquirir determinadas habilidades. “Acompañar no es adelantar etapas, es ofrecer oportunidades justas”, explicó Raúl Bermejo.
  • Jugar también es aprender: El movimiento, la exploración y las actividades cotidianas favorecen la atención, la autonomía y otras funciones cognitivas. “Dentro del aula hay que jugar. Por eso dentro del aula hay que moverse”, defendió Bermejo.
  • Comprender las conductas: Las rabietas, los gritos o las dificultades para participar pueden esconder necesidades emocionales o de comunicación. “Tenemos que analizar y ver un poquito más allá qué hay detrás de esa conducta”, señaló Marta Elvira.
  • Familias y docentes, aliados: La comunicación debe ser bidireccional y permitir compartir estrategias para acompañar el desarrollo. Carlota Pérez recordó que “el maestro es un profesional que trabaja en equipo, siempre en equipo”.
  • El problema de las ratios: Atender individualmente a 25 niños de tres años supone una dificultad estructural. “Es que no se llega”, reconoció Bermejo al abordar las limitaciones que afronta el profesorado.
  • Formación continua: La diversidad, la atención temprana y las nuevas necesidades educativas exigen profesionales actualizados. “La vocación se presupone, pero la formación es indispensable”, concluyó Carlota Pérez.

Aprender no significa correr

Uno de los principales argumentos de Raúl Bermejo fue la necesidad de abandonar determinadas expectativas sobre lo que un niño debe conseguir antes de terminar Educación Infantil. Durante años, explicó, se ha dado demasiada importancia a que los alumnos lleguen a Primaria leyendo y escribiendo, como si no hacerlo significara un fracaso del profesorado o una menor capacidad intelectual.

El especialista defendió que el desarrollo no sigue un calendario idéntico para todos. Incluso dentro de una misma clase pueden existir diferencias madurativas relevantes entre un niño nacido en enero y otro nacido en diciembre. Exigir exactamente lo mismo a ambos puede generar frustración y llevar a interpretar como dificultades situaciones que simplemente responden a ritmos de desarrollo diferentes.

Bermejo utilizó un ejemplo cotidiano: los ejercicios de grafomotricidad. Cuando un niño se sale de las líneas al colorear o no consigue seguir correctamente un trazo, la explicación no tiene por qué estar en la falta de atención o de esfuerzo. Puede que todavía necesite desarrollar determinadas habilidades motoras y espaciales.

Por ello defendió trabajar previamente aspectos como la conciencia fonológica, la orientación espacial, el movimiento o la coordinación. La cuestión no consiste en renunciar a enseñar a leer y escribir, sino en proporcionar las experiencias necesarias para que esos aprendizajes se produzcan cuando el niño esté preparado.

El movimiento también enseña

La ponencia también cuestionó una imagen todavía habitual de la escuela: alumnos sentados durante largos periodos mientras realizan fichas o actividades dirigidas.

Bermejo explicó que el juego y el movimiento tienen una función fundamental en el desarrollo cognitivo. Explorar, manipular materiales, desplazarse, construir o resolver pequeños problemas permite trabajar habilidades relacionadas con la atención, la memoria, la coordinación y la autonomía.

El aprendizaje tampoco ocurre únicamente dentro del aula. Actividades tan sencillas como poner la mesa, elegir la ropa, hacer la cama o recoger juguetes ofrecen oportunidades para desarrollar la planificación, la orientación espacial y la toma de decisiones.

“Cuando al niño y a la niña les dejamos hacer, están tomando decisiones”, señaló. Para el experto, permitir que los menores participen en estas tareas también contribuye a reforzar su confianza y autoestima, porque descubren que son capaces de actuar sobre su entorno y resolver dificultades.

Esta mirada adquiere especial importancia en una sociedad donde aumenta la exposición temprana a pantallas y estímulos digitales. Bermejo advirtió sobre los riesgos asociados a un uso excesivo y defendió recuperar experiencias manipulativas y sensoriales mediante plastilina, pintura, acuarelas, recortes o juegos físicos.

Detrás de una rabieta hay una necesidad

Marta Elvira trasladó el debate al ámbito de la atención temprana y las necesidades que actualmente se detectan en las aulas.

La psicóloga explicó que los docentes encuentran perfiles de desarrollo muy diferentes: niños con dificultades de comunicación y lenguaje, problemas para participar en actividades grupales, escasa autonomía o dificultades para gestionar la frustración. También destacó la presencia de comportamientos que suelen calificarse como disruptivos.

Pero la especialista propuso cambiar la pregunta. En lugar de centrarse únicamente en cómo eliminar un grito, una rabieta o un enfado, recomendó investigar qué necesidad puede estar expresando ese comportamiento.

“Muchas veces ponemos etiquetas que no son acordes”, advirtió. Una conducta aparentemente problemática puede estar relacionada con dificultades para comunicar lo que se necesita, regular las emociones o adaptarse a determinadas situaciones.

Raúl Bermejo coincidió con esta perspectiva y defendió la importancia del vínculo emocional. Ante un niño que llora o pierde el control, la primera respuesta no siempre debería ser una explicación o una corrección. En ocasiones necesita sentirse seguro, acompañado y comprendido antes de poder escuchar y aprender.

Educar las emociones no es evitar la frustración

Uno de los matices más interesantes del encuentro fue la diferencia entre acompañar emocionalmente y eliminar cualquier dificultad.

Marta Elvira recordó que los niños necesitan aprender a reconocer, expresar y regular sus emociones, pero eso no significa que los adultos deban impedir que experimenten enfado, tristeza o frustración.

“Acompañar no significa evitar frustración”, explicó. Los límites, las normas y las reglas continúan siendo necesarios. La diferencia está en enseñar a gestionar las emociones sin negar su existencia.

La psicóloga cuestionó expresiones habituales como “no llores”, “no te enfades” o “no es para tanto”. Para un niño pequeño puede resultar perfectamente comprensible sentirse triste porque un compañero no ha acudido a clase o enfadarse porque otro le ha quitado un juguete.

El papel del adulto consiste en reconocer esa emoción y enseñar progresivamente formas adecuadas de expresarla. La educación emocional se convierte así en una base para el desarrollo de otras habilidades sociales y cognitivas.

Familias y escuela deben entenderse

La relación entre familias y docentes ocupó una parte importante de la mesa redonda.

Marta Elvira explicó que muchas familias se sienten desbordadas ante determinadas conductas y necesitan orientación para actuar en situaciones cotidianas. Sin embargo, proporcionar herramientas no significa convertir el hogar en una segunda aula llena de ejercicios y actividades programadas.

El objetivo debe ser integrar estrategias educativas en las rutinas familiares: resolver conflictos, acompañar rabietas, fomentar la autonomía o ayudar a los niños a expresar sus necesidades.

Carlota Pérez defendió que esta relación debe funcionar en ambas direcciones. Los centros necesitan ofrecer información y orientación, pero también escuchar a las familias, porque conocen al niño en contextos diferentes y pueden aportar datos fundamentales sobre su desarrollo.

La directora del Área de Grados de la Facultad de Educación de UNIR también destacó la importancia de coordinar a los profesionales educativos y sanitarios. Marta Elvira coincidió en que educación y salud deben trabajar conjuntamente, especialmente cuando se detectan necesidades que requieren intervención temprana.

Las ratios, un obstáculo pendiente

No todos los retos pueden resolverse únicamente mediante mejores metodologías o mayor formación.

Raúl Bermejo fue especialmente crítico con las ratios elevadas en Educación Infantil. Recordó su experiencia al frente de una clase de 27 niños de tres años, donde las necesidades de atención, higiene, regulación emocional y convivencia se acumulaban continuamente.

“Es inviable que en una clase de dos añitos haya 18 o 20 niños”, afirmó al explicar las dificultades para ofrecer una atención individualizada de calidad.

La diversidad de ritmos, necesidades y situaciones familiares exige tiempo para observar, acompañar e intervenir. Por ello, reducir las ratios y proporcionar recursos suficientes continúa siendo una reivindicación importante del profesorado.

Sin embargo, Bermejo también compartió un cambio que introdujo en su propia práctica docente. Ante las dificultades para gestionar grupos numerosos, comenzó a sustituir las llamadas de atención constantes por el refuerzo de conductas positivas.

En lugar de destacar continuamente lo que los niños hacían mal, empezó a reconocer cuando hablaban en voz baja, colaboraban o mostraban autonomía. Según relató, este cambio contribuyó a mejorar el ambiente del aula y la relación con sus alumnos.

Formar a los docentes del futuro

La transformación de Educación Infantil exige revisar también la preparación de quienes trabajan en esta etapa.

Carlota Pérez explicó que el profesorado necesita una formación integral que combine conocimientos sobre desarrollo cognitivo, emocional, social y motor, atención a la diversidad, dificultades de aprendizaje y orientación familiar.

La especialista señaló que UNIR ha actualizado el plan de estudios del Grado en Maestro en Educación Infantil para responder a estas necesidades. La formación incorpora asignaturas relacionadas con educación temprana, desarrollo psicofísico, dificultades de aprendizaje y tutoría, además de diferentes posibilidades de especialización.

También destacó las oportunidades para profesionales que ya cuentan con un título de Técnico Superior en Educación Infantil y desean continuar su formación universitaria. El reconocimiento de créditos permite valorar parte de su trayectoria previa y facilitar el acceso a nuevas competencias profesionales.

“Cuando empezamos a trabajar no termina nuestra formación”, recordó Pérez. En una etapa donde evolucionan continuamente el conocimiento científico y las necesidades sociales, la actualización docente debe acompañar toda la carrera profesional.

La infancia necesita tiempo

El Foro UNIR dejó una idea compartida por los tres especialistas: la educación de los primeros años no debería medirse únicamente por la cantidad de contenidos que los niños consiguen aprender, sino por las oportunidades que reciben para desarrollarse, explorar, relacionarse y construir seguridad emocional.

Para Raúl Bermejo, el futuro dependerá de la capacidad de los profesionales para comprender qué infancia tienen delante y qué necesita realmente de ellos. Marta Elvira insistió en crear entornos seguros y respetuosos, mientras Carlota Pérez recordó que la vocación necesita estar acompañada de una preparación rigurosa.

En este contexto, el Grado en Maestro en Educación Infantil de UNIR prepara a los futuros docentes para trabajar con niños de 0 a 6 años desde una perspectiva pedagógica, inclusiva y adaptada a su desarrollo. La creciente escolarización y la diversidad de necesidades refuerzan la importancia de contar con profesionales capaces de combinar conocimientos científicos, observación, acompañamiento emocional y colaboración con las familias.

La pregunta, por tanto, no debería ser cuánto podemos adelantar los aprendizajes, sino qué necesita cada niño para aprender mejor. Porque respetar la infancia no significa enseñar menos, sino comprender cuándo, cómo y para qué enseñar.

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