Alfredo A. Rodríguez Gómez
Este artículo propone algo incómodo pero necesario: dejar de mirar cada conflicto por separado y atrevernos a ver el cuadro completo, porque solo nombrando la crisis del orden internacional construido tras la II Guerra Mundial podremos imaginar cómo superarla.

En un mundo hiperconectado, donde la información viaja en segundos y los conflictos se siguen en tiempo real desde el sofá de casa, sorprende que entendamos tan poco de lo que realmente está ocurriendo. Ucrania, Gaza, Venezuela, Taiwán… aparecen en pantalla como episodios inconexos cuando, en realidad, son síntomas de una misma enfermedad: la crisis del orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial.
Desayunamos, comemos y nos acostamos con noticias sobre guerras, crisis diplomáticas y tensiones geopolíticas. En realidad, son manifestaciones de un mismo fenómeno: una crisis sistémica del orden liberal internacional que da forma a un nuevo desorden global. No estamos solo ante una reconfiguración de bloques, sino ante la erosión de las reglas, instituciones y certezas que durante décadas hicieron mínimamente previsible la política internacional.
Durante la Guerra Fría, el mundo era peligrosísimo, pero inteligible. Dos grandes bloques configuraban un orden bipolar donde sabíamos quién mandaba, cuáles eran las líneas rojas y qué consecuencias tenía cruzarlas. El equilibrio era precario, pero existía. Hoy ese equilibrio ha desaparecido sin que se haya consolidado uno nuevo, y en el que todo parece posible en cualquier lugar y en cualquier momento. Este vacío es el espacio natural del desorden.
El sistema liberal en crisis
Lo que está en crisis es el propio sistema liberal internacional que, tras la caída del Muro de Berlín, pretendió convertirse en marco casi universal. Multilateralismo, libre mercado y democracia ya no son principios incuestionables, sino conceptos sometidos a sospecha.
Las instituciones multilaterales arrastran un envejecimiento estructural: Naciones Unidas tiene una fachada respetable, pero unas instalaciones del siglo pasado. La Asamblea General consagra el ideal de un Estado, un voto; el Consejo de Seguridad recuerda a cada paso que, en realidad, manda el poder. Cinco países con derecho de veto garantizan la irreformabilidad de un sistema que nació del equilibrio de 1945 y que hoy ya no representa el reparto real de poder mundial.
Trump, Putin y el personalismo como síntoma
En este contexto emergen liderazgos personalistas que chocan con la lógica del derecho internacional. Donald Trump no es una anomalía aislada, sino la consecuencia más visible de este tiempo: gobierna como si el Estado fuera su empresa. Su política exterior combina impulsos personales, cálculo electoral y doctrina de seguridad nacional. Lo vemos en Oriente Medio, en la guerra arancelaria o en Venezuela, donde afirma sin pudor que lo que le interesa es el petróleo. Con esa sinceridad brutal, se rompe incluso el discurso tradicional de legitimación de muchas intervenciones norteamericanas.
Putin es el exponente de liderazgo autoritario que expande sus márgenes de maniobra sobre un relato nacionalista y un uso sofisticado de la ‘zona gris’.
Putin es otro exponente de liderazgo autoritario que expande sus márgenes de maniobra sobre un relato nacionalista y un uso sofisticado de la “zona gris”: injerencias electorales, apoyo a fuerzas extremistas, operaciones de influencia en sociedades abiertas. Lo hizo en Estados Unidos, en Francia, en Cataluña y, por supuesto, en Ucrania. La Guerra Fría no terminó; se congeló y mutó.
Ucrania: espejo incómodo para Europa
Ucrania condensa buena parte de estas tendencias y expone las debilidades estratégicas europeas. La invasión rusa es una ruptura flagrante del derecho internacional y un desafío directo a Europa. Como antiguo militar y testigo del acercamiento OTAN-Rusia a través de la Asociación para la Paz, es difícil no ver errores graves en la gestión de ese proceso. Romper esos canales de aproximación y avanzar hacia las fronteras rusas sin calibrar todas las consecuencias estratégicas ha contribuido a la situación actual.
La Unión Europea carece de una verdadera política exterior y de seguridad común. Nos llenamos la boca con siglas —PESC, PCSD— mientras seguimos teniendo 27 ejércitos, doctrinas divergentes y capacidades que difícilmente pueden defender a un continente de 500 millones de personas. Cuando nos planteamos el escenario de un debilitamiento serio del compromiso norteamericano, Europa aparece prácticamente al borde del precipicio.
Instituciones viejas para amenazas nuevas
Intentamos gestionar amenazas del siglo XXI con instituciones pensadas en el XIX. El Estado-nación soberano ya no encaja con realidades transnacionales como el terrorismo, el crimen organizado o los ciberataques. Declarar una “guerra interna al terrorismo”, como ha hecho Ecuador, ilustra la contradicción: ese fenómeno no conoce fronteras y no puede responderse con categorías pensadas para otra época.
Utilizamos de forma indistinta fuerzas armadas y policía en espacios híbridos para los que ninguno de los dos está realmente preparado. Y, sin embargo, esa es la pauta que se generaliza. Paradójicamente, cuando parecía que los ejércitos caminaban hacia la irrelevancia, la guerra de Ucrania los ha devuelto al centro del escenario. El uso masivo de drones y la integración de nuevas tecnologías convierten ese conflicto en un laboratorio en tiempo real que obliga a repensar la propia manera en que concebimos la seguridad.
Donald Trump da la bienvenida al presidente ucraniano Volodímir Zelenski a la Casa Blanca en febrero de 2025.
Europa sin personas de Estado
Si sumamos la crisis de confianza en las instituciones y el auge de los nacionalismos, el resultado es un cóctel preocupante. La percepción de que faltan “personas de Estado” en Europa no es una simple queja de café; es el síntoma de una crisis de legitimidad profunda. Cuando los ciudadanos dejan de creer que sus dirigentes piensan en el interés común, se abre la puerta a imitadores domésticos de los liderazgos personalistas que criticamos fuera.
Hablar hoy de una Europa federal, de retomar el horizonte de la Constitución europea para construir una verdadera defensa común, parece ir a contracorriente. Pero justamente por eso es urgente. Desde un punto de vista estratégico, es la única vía realista para que Europa deje de ser un “pato cojo” en el sistema internacional.
Pensar el desorden para imaginar un nuevo orden
El desorden internacional actual no se resolverá con fórmulas mágicas ni con un simple cambio de liderazgo en una gran potencia. Requiere un esfuerzo intelectual y político de reformulación profunda: actualizar el derecho internacional, repensar las instituciones multilaterales, reconfigurar la relación entre Estado, seguridad y ciudadanía.
La academia tiene aquí una responsabilidad ineludible. Si queremos volver a hablar de convivencia, previsibilidad y paz, debemos atrevernos a nombrar la crisis que no queremos ver y a discutir, sin ingenuidad, pero sin cinismo, cómo reconstruir un orden basado en normas en pleno siglo XXI.
(*) Alfredo A. Rodríguez Gómez es profesor en UNIR del doble Grado en Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas y del Máster Universitario en Estudios de Seguridad Internacional.
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