Lunes, 08 julio 2019

Campamentos de verano: inclusión y diversión a partes iguales

Miles de pequeños y jóvenes van a campamentos todos los años a disfrutar y pasarlo muy bien, sin ningún problema. Sin embargo, últimamente nos están llegando algunas noticias inquietantes sobre expulsiones de niños con diversidad funcional. Queremos creer que son casos puntuales.

Cuando algo se hace mal, rápidamente se viraliza y se hace portada, como debe ser, por supuesto, pero no solemos hacer lo mismo para destacar el trabajo bien hecho. Quizás porque entendemos que eso debería ser lo normal o que para eso recibimos un sueldo. Aunque, en realidad, es un placer cuando en una tienda alguien nos atiende con una sonrisa y muchísimo más cuando tenemos la seguridad de dejar a nuestros hijos en buenas manos.

Colectivos especialmente vulnerables

Todo ello se ve acentuado cuando hablamos de personas mayores o de pequeños que, bien sea por su corta edad o por contar con algún tipo de diversidad funcional, no saben o no pueden exteriorizar sus sentimientos o comunicar ciertos sucesos que están teniendo lugar en sus vidas. En esos casos, interpretamos los gestos, las miradas o los estados de ánimos de nuestros seres queridos, muchos de ellos, también, en silencio por miedo a represalias.

Hace ya unos años, en una gran superficie, comprando comida, hubo una cajera que nos atendió muy bien. Fuimos a Caja Central para dejar constancia de que el servicio había sido excelente. No tenían nada preparado para ello, pero me dieron una hoja de reclamaciones donde pude escribirlo. Construyamos también en positivo.

Hay grandes profesionales en todos los campos. Dediquémosles una palabra amable en nuestro día a día y démosles las gracias. Hablemos de ese buen servicio en redes sociales. No solo cuando va mal. Hay mucha gente honrada y trabajadora que se esfuerza, a pesar de poder estar viviendo situaciones personales complicadas. Pongamos nuestro granito de arena para hacer mejor su día a día.

Después de este alegato sobre el buenismo y el flower power, retomo el tema de los campamentos. Como extensión de la sociedad y del propio sistema educativo, podremos encontrar bullying, acoso, cyberacoso, malos compañeros, malos monitores o malos padres. Al igual que en todas las facetas de la vida, tendremos que intentar reconducir la situación. Además, siempre será fundamental encontrar el campamento que más se adecue a nuestros hijos.

El caso de Inés

Llevamos varias semanas escuchando este caso: Una niña de once años expulsada de un campamento el primer día. Inés presenta retraso madurativo, con ciertas dificultades motoras y del lenguaje. La madre informa de ello al hacer la inscripción, lo pone en la propia ficha y se lo recuerda a la monitora al subir al autobús. La pequeña cursa sexto de primaria, como corresponde a su edad. Ya ha participado en más campamentos sin problema.

La monitora pregunta a la madre si quiere que se lo diga al resto de niños para que lo sepan. La madre le dice tajantemente que no, para que no la traten de un modo diferente. Sin poder imaginar las consecuencias, y probablemente con muy buenas intenciones, la monitora ignora la petición de la progenitora y decide contárselo a las dos compañeras de habitación de la pequeña, les dice que es especial y que a lo mejor necesita que le ayuden un poco.

Las niñas se quejan a sus padres esa misma noche. Los padres protestan, en estos términos: “nuestras hijas ya están aguantando niñas con discapacidad todo el año y durante el verano queremos que disfruten sin ese tipo de niños”. Como única alternativa proponen que Inés duerma en la habitación de una monitora, pero la madre no quiere que su hija tenga un trato distinto al resto de compañeros. La niña se sintió muy triste y frustrada. Pensaba que era por su culpa, por no ser como los demás.

¿Está la diferencia en los ojos del que mira? ¿Eres diferente o el resto te hace así? ¿Hacen distinciones los adultos que los niños no contemplan? ¿Creamos problemas antes de que existan? ¿Se deberían haber barajado más opciones? ¿Qué falló en este caso? ¿Debieron saber manejar mejor la situación los responsables del campamento? ¿Es culpa de una sociedad que sigue sin estar preparada para una inclusión real?

Expulsado de un campamento municipal

En la misma línea, y bajando la franja de edad, los padres de un niño de seis años con TEA lo inscribieron en un campamento municipal de nueve de la mañana a dos del mediodía, avisando de su diversidad. Respuesta: “sin problema, tenemos monitores suficientes”. Sin duda, escuchando esa frase, ya podemos decir aquello de: no se trata de cantidad, sino de calidad.

El campamento empezaba el miércoles y el viernes les llamaron para decir que no volviese el lunes, que no podían atender sus necesidades. El niño no entendía qué pasaba y por qué no podía volver. Los padres no querían decirle que le habían echado.

¿Dónde está el límite entre el comercio y la educación? ¿Son los campamentos de verano únicamente un negocio? ¿Qué tipo de preparación tienen los monitores? ¿Qué ratio se exige entre monitores y niños? ¿Qué podemos exigir o reclamar cuando algo no funciona?

Parece faltar mucha formación, pero, sobre todo, encuentro una importante carencia de Educación, con mayúscula. Es una lástima que se sigan ninguneando los derechos de los más vulnerables. Es vergonzoso que tengamos que poner normas para algo que debería ser una cuestión de pura humanidad.

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Los campamentos de verano no son más que una prolongación y un espejo de la sociedad. La educación, sea donde sea, es una oportunidad única para inculcar valores como la tolerancia, el respeto, la empatía, el civismo, la generosidad o la solidaridad, entre muchos otros.

Beneficios de los campamentos

En todo caso, es fundamental considerar los numerosos beneficios de llevar a los niños a un campamento. Entre ellos:

-Socializar. Conocer a nuevos compañeros y hacer amigos.

-Aprender nuevos idiomas. En muchos casos con la posibilidad de una inmersión lingüística.

-Desarrollar nuevas habilidades.

-Reforzar aprendizajes previos. Siempre mediante juegos y de forma lúdica.

-Disfrutar de la diversidad social, económica o cultural, además de la funcional. Crecer como persona con valores sólidos y con una mentalidad abierta.

-Practicar deporte y actividad física.

-Contactar con la naturaleza. Fomentar el respeto por los animales y el medio ambiente, creando una conciencia ecológica.

-Ganar autoestima, confianza e independencia.

Por no hablar de lo necesario que resulta para muchas familias, por temas de conciliación laboral. Recordemos que las vacaciones de los más pequeños pocas veces coinciden con las de los adultos.

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Aunque aquí surge una pregunta que no tiene una fácil respuesta: ¿hay que obligar a los niños que no quieren ir? Puedes leer algunas opiniones al respecto en este enlace, y también dejar la tuya. En ese sentido, creo que es importante tomar en consideración las preferencias de los propios niños, dentro de nuestras posibilidades económicas o logísticas. Se puede encontrar una oferta muy variada: campamentos de día o de estancias largas, de idiomas, de deportes, en la ciudad, en la playa, en la montaña, de aventuras, fuera del país, de música, de arte o de ajedrez, entre muchas otras opciones.

Como siempre, creo que debemos optar por hacer una integración gradual. No mandaría a un pequeño dos meses fuera si nunca ha estado. También dependerá de la personalidad de los niños, de su predisposición o de otras circunstancias, como por ejemplo, si van al campamento sin conocer a nadie o ya van con algún amiguito.

Campamentos en positivo

Pero, sin duda, queda esperanza. No todo es negativismo y rechazo, ni mucho menos. Podéis ver un ejemplo en este hilo de Twitter. A veces no es necesario saber, solamente hace falta ser persona.

Por lo tanto, acabemos de manera positiva, ¿Cuáles son tus buenas experiencias o las de tus hijos en los campamentos de verano? ¿Alguna anécdota graciosa o inolvidable? Te invitamos a compartirlas en Twitter con el hashtag #campamentodeverano.