Martes, 28 abril 2020

El deber del abogado de darse a conocer en la sociedad: el magisterio social

Después de años de ejercicio profesional sigo sorprendiéndome por el desconocimiento que existe en nuestra sociedad sobre la abogacía en general, y más concretamente, sobre el papel que realiza el abogado. Al escuchar estas opiniones y comentarios, siento tristeza mezclada con cierta perplejidad, pues en ocasiones estas manifestaciones alcanzan unas cotas de animosidad y rechazo que no sólo afectan al propio profesional, sino que, desgraciadamente, se extienden al propio sistema judicial y a sus operadores jurídicos.

El desconocimiento de una profesión

Curiosamente, estos comentarios surgen cuando se produce un hecho criminal luctuoso y aparece la figura del abogado defensor en los medios de comunicación:

  • – ¿Pero cómo es posible que defienda a ese asesino…?
  • – Hay que tener poca moral para defender a un tipo así…
  • – El abogado sabe que miente y, ahí lo tienes, lo defiende…
  • – El abogado sabe que es culpable, y aun así, lo ampara.
  • – Pero si hay leyes, para qué queremos abogados si lo que hacen es retorcerlas…

Los abogados, cuando escuchamos y leemos estas manifestaciones, constatamos con una mueca de resignación el desconocimiento de parte de la sociedad respecto al rol que desarrollamos, pues si algo tenemos claro, es que nuestra función es la de garantizar que se respete el Estado de Derecho y los intereses de aquellos a los que defiende, constituyéndonos así en garantes de la libertad a través del ejercicio del derecho de defensa, lo que nos otorga una dimensión pública y social como partícipes y cooperadores con la administración de la justicia.

Sin embargo, a pesar de ello, todos presenciamos la persecución “moral” de aquellos abogados que defienden a acusados por acciones que han causado enorme alarma social (gravísimos crímenes mediáticos), y otras situaciones como el desconocimiento y falta de valoración de la labor que realizan los abogados de oficio que auxilian a los más desfavorecidos económicamente, en la generalización que se proyecta sobre el colectivo de la abogacía por la conducta irresponsable de unos pocos, y en la ignorancia del esfuerzo que desarrollamos día a día los abogados por servir a la sociedad.

La responsabilidad del abogado

Lo curioso de esta situación es que, como señalaba Jose María Martínez Val en su obra Abogacía y Abogados, somos los abogados quienes precisamente disponemos de la capacidad y responsabilidad de acometer la tarea de combatir este desconocimiento social y ayudar a mejorar la comprensión de la figura del abogado y la percepción que se tiene del mismo en el seno de la sociedad.

Somos los abogados quienes precisamente disponemos de la capacidad y responsabilidad de ayudar a mejorar la comprensión de la figura del abogado”.

Esta idea no es nada descabellada, pues los abogados, en nuestras interacciones diarias, especialmente con los clientes, familiares y amigos, disponemos de una gran oportunidad para mostrarles nuestra profesionalidad y vinculación inquebrantable con el mundo del derecho, y la necesidad de que una sociedad moderna disponga de una abogacía comprometida con la defensa de los derechos y libertades de sus ciudadanos, haciéndoles saber que conceptos como el derecho de defensa, la presunción de inocencia, la garantía de un juicio contradictorio, etc., constituyen instituciones claves para el desarrollo social, y que su ejercicio, lejos de constituir una “villanía” por razón de la persona a la que defendemos, representa uno de los grandes logros de nuestra sociedad democrática.

Por ello, los abogados, tanto individual como colectivamente, tenemos que salir a la calle y aprovechar la mínima interacción para divulgar y transmitir la relevancia e importancia de nuestro papel en la sociedad, bien a través de los medios de comunicación, bien dando conferencias a colectivos, asociaciones, colegios, e incluso aprovechar las charlas con amigos o familiares para apuntalar aquellas generalizaciones (hoy tan de moda en las redes sociales) que todos hemos de combatir.

De este modo tan reconfortante como vital, el abogado se convierte en parte activa de la formación de la sociedad y, a su vez, en defensores a ultranza de nuestra profesión y de la misma justicia.

“El abogado es – debe ser – un activo constructor de la sociedad”.

Me gustaría concluir con el ya citado Martínez del Val, quien en una bella prosa nos resume todo lo expuesto: “En definitiva, por sus estudios especializados y por su experiencia de la vida, el abogado es – debe ser – un activo constructor de la sociedad. Reducirse al bufete y al foro puede ser la posición profesional más cómoda. Pero no es la que más llena ese otro conjunto de deberes sociales que por ser abogado rebosan todas las posibles y múltiples facetas de la profesión. Si nobleza obliga, la nobleza de la toga se cifra en servir con la justicia a la sociedad. Y en este servicio no son perdonables las deserciones.”