Miércoles, 22 julio 2020

¿Dónde puede trabajar un educador social?

Resulta curioso observar cómo más de 2000 años después, muchos educadores tratan de buscar en la educación de la Grecia clásica algunas respuestas a los interrogantes que se plantean en la actualidad. Una explicación preliminar podría encontrarse en el hecho de que precisamente lo clásico es aquello que, por su gran valor nunca pasa de moda, y como ocurre con El Quijote, por mucho que lo leamos, continúa proporcionándonos claves de interpretación en nuestra realidad actual.

Esto ocurre también en otros ámbitos como el derecho, donde no es posible comprender los principios legislativos actuales sin estudiar la antigua Roma. Una segunda explicación cabría buscarla en el hecho de que, a pesar de los cambios sociales, la educación tiene su esencia en una relación entre educador y educando, y no tiene sentido si alguno de los dos protagonistas falta.

Ahora bien, podrían presentarse argumentos que señalarían un panorama distinto del de nuestros antepasados. Entre los más evidentes se encuentra la disponibilidad de la tecnología, que permite una acción educativa en la que las barreras espacio-temporales son superadas, así como una visión más extensa de lo que significa educar o, dicho de otra manera, la aparición de diversos ámbitos en los que puede encontrarse una acción educativa sistematizada, organizada e, incluso, adecuadamente evaluada.

Educación social

Es precisamente la realidad planteada por este último argumento donde es posible la educación social, de la que se ha comenzado a hablar como tal durante siglo XX y que ha abierto un abanico muy importante de posibilidades de desarrollo. El hecho de que la persona sea capaz de aprender durante toda su vida y de que necesite a los demás no solo para sobrevivir, sino para vivir plenamente, son las bases sobre las que se asienta esta profesión. Además, el reconocimiento universal de los derechos humanos acordes con la dignidad de la persona implica que los gobiernos deben facilitar a los ciudadanos los medios necesarios o el contexto adecuado para su ejercicio.

El derecho a una familia, a una vida saludable con los cuidados pertinentes, a una educación intelectual, moral y cultural que le permita ejercer sus libertades, a no sufrir discriminación, a participar en los asuntos públicos, a un trabajo digno, a descansar y disfrutar del tiempo libre, a ser atendido en caso de enfermedad, etc. son algunos de los derechos que apuntan a la necesidad de la educación social en la actualidad.

Por razones de espacio, no es posible aquí recoger todos los ámbitos en los que puede trabajar el educador social, pues, además, a medida que surgen nuevas necesidades, dada la versatilidad de estos profesionales, son demandados en nuevos contextos. Sin embargo, vamos a citar algunos de los más comunes y emergentes, atendiendo a 3 criterios distintos como son la prevención, el tratamiento y la investigación que, aunque no constituyen departamentos estancos, pueden ayudarnos a agrupar a estos profesionales.

Prevención

La actuación del educador social en el ámbito de la prevención es muy extensa y se dirige principalmente a fomentar comportamientos y relaciones sociales encaminados al adecuado desarrollo de las personas, entendido en términos generales, así como evitar la aparición de hábitos perniciosos para su bienestar.

De esta forma, pueden identificarse como espacios para el educador social los centros educativos en todas las etapas, con acciones variadas como la mediación en conflictos, la prevención del acoso escolar -tanto físico como virtual-, la reducción del absentismo y del fracaso escolar, el contacto con familias en situación de vulnerabilidad o la promoción del contacto del centro con la comunidad de referencia, por ejemplo, mediante el desarrollo de proyectos de aprendizaje-servicio.

En estos últimos meses, en los que niños y adolescentes no han podido asistir a clase, el trabajo dirigido al apoyo de familias en dificultad social ha sido especialmente intenso, con el objetivo de evitar que la brecha digital agrande aún más la brecha social.

Fuera del entorno escolar encontramos números espacios en el ámbito de la prevención con un grupo también muy diverso de colectivos, desde la infancia y la adolescencia, hasta las personas mayores. Actividades de ocio y tiempo libre en centros abiertos, proyectos de animación sociocultural y desarrollo comunitario e intercultural, aulas de educación ambiental, programas de envejecimiento activo, emprendimiento social, entre muchos otros, son buenos ejemplos.

Tratamiento 

A diferencia de las acciones de prevención, el tratamiento tiene lugar cuando puede identificarse con claridad un problema o conjunto de problemas en el colectivo con el que se trabaja, que reclama un apoyo externo para su recuperación.

Son ejemplos de ello los centros de servicios sociales y los diferentes programas que desarrollan, encaminados a atender una necesidad que requiere un alto nivel de especialización. En este sentido, cabe destacar las iniciativas de orientación sociolaboral – centrados en población especialmente vulnerable como jóvenes, desempleados de larga duración, inmigrantes, etc.-, los centros de acogida de menores -con medidas de protección o penales-, programas de orientación y asesoramiento familiar, atención a personas sin hogar, a mujeres que ejercen la prostitución, a personas mayores, a personas con discapacidad, a reclusos y exreclusos, programas de alfabetización y educación de adultos, etc.

Mención especial merece la atención a personas con trastornos mentales, donde están surgiendo propuestas muy innovadoras desde la educación social en la intervención con adolescentes con anorexia y bulimia, o en situaciones de dependencia de internet y teléfonos móviles.

Investigación en intervención socioeducativa

Finalmente, cabe destacar un ámbito de trabajo para el educador social que habitualmente se olvida, pero que resulta indispensable para la continuidad y mejora de esta profesión. Me refiero a la investigación socioeducativa, que tiene lugar fundamentalmente en dos espacios.

Por un lado, en las propias entidades sociales, en las que se analizan las necesidades de las personas con las que trabajan, de tal manera que puedan orientar adecuadamente las políticas estratégicas de la entidad y las decisiones sobre los programas que desarrollan, así como facilitar la innovación y la puesta en práctica de nuevas estrategias de intervención.

En cuanto a la educación superior universitaria, la educación social requiere profesores preparados para formar a los futuros educadores sociales y, para ello, es necesario, tras finalizar el Grado, iniciarse en la investigación académica mediante un Máster, primero, y mediante un Doctorado, después.

Si bien la presencia de educadores sociales entre el claustro universitario no es aún muy habitual, se encuentra en progresivo crecimiento, lo que debe continuar potenciándose para que la formación impartida sea de la más alta calidad y posibilite a los estudiantes tener figuras de referencia cercanas a su desempeño profesional.