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Conductas disruptivas: claves para comprender y manejar un fenómeno creciente

Una regulación emocional deficiente y un apagón cognitivo son las dos características principales de este fenómeno, cada vez más común, que puede tratarse con varias técnicas.

Las conductas disruptivas son expresiones sensoriales o motoras que no se adecúan al contexto donde se producen y generan un impacto negativo en el entorno y en el individuo. Ante el incremento del número de consultas a nivel ambulatorio y de urgencias es fundamental conocer, comprender y manejar este fenómeno.

Las conductas disruptivas son más comunes durante la infancia y la adolescencia, dos etapas en las que la personalidad y las habilidades psíquicas se están desarrollando. No obstante, también pueden aparecer en edades más avanzadas, sobre todo en individuos disfuncionales o inmaduros.

Para hablar de conductas disruptivas es fundamental que su intensidad, frecuencia y manifestaciones vayan más allá de una simple rabieta o llamada de atención. Es una tormenta de máxima intensidad donde la persona pierde el control, sufre desregulación emocional, tiene un apagón cognitivo y expresa malestar o trastorno interno.

¿Cuál es el origen de las conductas disruptivas?

El origen más común de las conductas disruptivas es psicológico. Sin embargo, también existen trastornos médicos de tipo infeccioso, neurológico o autoinmune que pueden provocar repercusiones conductuales.

Para identificar las conductas disruptivas podemos seguir varias claves. Así, si es la primera vez que observamos este fenómeno, no hay un desencadenante previo y se aleja de la conducta habitual de la persona, debemos buscar una valoración médica.

¿Cómo y cuándo debemos intervenir?

Es muy importante distinguir entre la intervención durante la propia crisis o estallido y la que se produce a posteriori. La primera intervención tiene como objetivo apaciguar o frenar las conductas disruptivas y minimizar su posible impacto. La segunda intervención se dirige al análisis de lo ocurrido.

Una vez desatada la crisis, es vital esperar a que se libere la tensión interna y poner el foco de atención en la seguridad del sujeto. Mientras la persona sufre una conducta disruptiva está en un apagón cognitivo por lo que no será posible mantener con ella un diálogo coherente. La comunicación debe limitarse a palabras muy claras, en tono bajo y tranquilizador.

Superada la crisis, es el momento de reflexionar sobre lo ocurrido. Puede ser muy útil buscar información sobre dónde estaba el individuo y qué ocurría antes de la crisis. Si, por ejemplo, la persona realizó una conducta poco habitual debemos desglosarla, analizar la coherencia con su carácter y saber cuál fue la reacción del resto de personas.

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Factores de vulnerabilidad y afrontamiento

Las reflexiones sobre la conducta disruptiva que se realizan en el segundo tipo de intervención constituyen la base del análisis funcional. A sus respuestas debemos añadir la valoración de los posibles factores de vulnerabilidad: diagnósticos previos, antecedentes médicos, dificultades sociales o familiares, bajo nivel intelectual y consumo de sustancias.

Para afrontar los factores de vulnerabilidad el trabajo con el entorno es fundamental. En esa línea, los entornos que más influyen en la vida de una persona son el colegio, los padres, los familiares y la pareja.

Una vez comprendamos mejor las conductas disruptivas y contemos con el máximo de información posible, estaremos capacitados para poder afrontarlas. La psicoeducación es una buena opción y permite a la persona conocer más sobre las conductas disruptivas que sufre. También ayuda el fomento de ambientes positivos con normas claras y el respeto a las particularidades cognitivas, atencionales y emocionales del individuo.

Otras opciones apuestan por proporcionar nuevos recursos y alternativas de afrontamiento. Las técnicas de resolución de problemas y autoconocimiento, y las de relajación o control de la activación son dos opciones cuya práctica es posible en cualquier contexto.

El manejo de las conductas disruptivas

Las conductas disruptivas se relacionan con una regulación emocional deficiente, pérdida del control y desconexión cognitiva. Aunque cada caso es distinto y tendrá su propia evolución, es fundamental que los profesionales se formen en primer lugar a través del Grado en Psicología y acumulen el máximo de información sobre la conducta disruptiva, estudien el contexto en el que se produce y los posibles detonantes.

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En el tratamiento de las conductas disruptivas, la comunicación, el uso de la psicoeducación o las técnicas de resolución de problemas y “autorregulación” son algunas de las mejores opciones. Cabe remarcar que en algunos casos será necesario el tratamiento farmacológico.

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