Lucía Berrospe Olvera/ Marta Prieto Cazorla
Dos egresadas de Máster en Criminología y Victimología Aplicada de UNIR analizan la expansión del K-pop, un fenómeno cultural surgido en Corea del Sur que intensifica la exposición y vulnerabilidad en un ecosistema digital extremo.

La expansión global del K-pop no solo ha amplificado un fenómeno cultural: también ha intensificado la exposición, accesibilidad y vulnerabilidad de los y las Idols. En este ecosistema, la normalización del acoso y la violencia digital se sostiene por dinámicas de poder, consumo y control social.
Este artículo aborda el fenómeno del fanatismo extremo desde la instrumentalización de figuras sociales en conflicto, la deshumanización en las relaciones de poder y admiración y el acceso permanente a personalidades públicas, creador de un marco de oportunidad relacional único en la historia de las interacciones entre las celebridades y su público.
De la cultura coreana a la expansión global: un escenario de alta demanda y control
El K-pop emerge en un marco sociocultural caracterizado por altas exigencias de rendimiento, disciplina y competitividad, y se consolida como industria global con una producción constante de contenidos y una relación intensiva con audiencias transnacionales (Acosta Muñoz, 2021; Kim, 2015).
Esta expansión se apoya en un modelo donde la figura del Idol opera como “marca personal”, incrementando la instrumentalización comercial de la imagen y reduciendo los márgenes de privacidad y autonomía (Khamis et al., 2017).
En paralelo, la obligación de producción continua (redes sociales, transmisiones en directo, fan-service) intensifica la interacción y consolida una percepción de acceso permanente a la vida del artista, generando un entorno donde el vínculo con el público deja de ser meramente artístico para convertirse en disponibilidad relacional sostenida (Horton & Wohl, 1956; Madrid-Morales & Lovric, 2015; Castillo, 2021).
¿Qué es un “sasaeng” y por qué es central en el análisis victimológico?
En el marco del K-pop, se denomina sasaeng (o sasaengpaen) a seguidores que traspasan límites mediante conductas persistentes e invasivas —presenciales y digitales— orientadas a controlar, vigilar o acceder a la intimidad del Idol, pudiendo derivar en acoso continuado, seguimiento y obtención o difusión de información personal (Iwicka, 2018; Williams & Ho, 2015; Rashid, 2022).
Este fenómeno no puede reducirse a “fanatismo”: su relevancia criminológica y victimológica radica en la convergencia entre motivación, acceso y oportunidad, y en cómo determinadas comunidades normalizan y legitiman la invasión de la esfera privada como forma de “apoyo” o “derecho” de pertenencia simbólica (Horton & Wohl, 1956; Miró-Llinares, 2011).
Hiperexposición mediática y accesibilidad: cuando la oportunidad se vuelve estructural
La convergencia del avance y omnipresencia de las TRIC, junto con la masificación del uso de dispositivos móviles, ha configurado un escenario que amplía de forma exponencial la oportunidad de acoso más allá del espacio físico (Sánchez Herrero, 2020).
Desde la Teoría de las Actividades Rutinarias, el riesgo aumenta cuando convergen agresor motivado, objetivo accesible y ausencia de guardianes eficaces (Cohen & Felson, 1979).
Esta lógica se intensifica en el ciberespacio, donde la oportunidad criminal se reorganiza por la disponibilidad constante de la víctima y por la facilidad de interacción, vigilancia y difusión (Miró-Llinares, 2011; Morillo Puente & Ríos Hernández, 2022).
En el caso del K-pop, la hiperexposición mediática no es un efecto colateral: es parte del modelo de negocio y del sistema de “presencia continua”, que empuja a la interacción sostenida con fans y refuerza la idea de acceso sin mediación institucional (Khamis et al., 2017; Horton & Wohl, 1956).
En términos situacionales, esto reduce barreras, multiplica puntos de contacto y desplaza el control desde la seguridad formal hacia normas difusas de comunidad.
Relaciones parasociales y deshumanización: el vínculo simbólico que normaliza la invasión
Las relaciones parasociales describen vínculos unilaterales en los que el público percibe cercanía e intimidad con una figura mediática, pese a no existir reciprocidad real (Horton & Wohl, 1956).
En el K-pop, la “reciprocidad simbólica” se potencia mediante fan-service y narrativas de proximidad, reforzando expectativas de disponibilidad y control relacional sobre el Idol (Madrid-Morales & Lovric, 2015; Castillo, 2021).
Cuando la figura del Idol se transforma en objeto de consumo y supervisión colectiva, se produce un proceso de cosificación y reducción de la persona a función: imagen, rendimiento y satisfacción de necesidades del fandom e industria (Khamis et al., 2017).
Esta deshumanización opera como condición de posibilidad para que la violencia se perciba como “parte del juego”: si el Idol es “marca”, “producto” o “pantalla”, el daño se minimiza y el límite ético se desplaza.
En este punto, la noción de violencia simbólica aporta una lectura crítica: la dominación se sostiene mediante significados, expectativas y normas interiorizadas que legitiman prácticas de control y sanción social sin necesidad de coerción física directa (Fernández, 2005).
Así, la crítica masiva, el castigo reputacional y la vigilancia del comportamiento se convierten en dispositivos cotidianos de disciplinamiento.
Teoría del Conflicto: poder industrial, asimetrías y reproducción del daño
El análisis no puede aislarse del marco estructural. La Teoría del Conflicto permite comprender cómo los desequilibrios del poder —económico, mediático y organizacional— configuran relaciones donde ciertos actores (industria, plataformas, comunidades digitales) controlan recursos y definen normas de interacción, mientras otros (Idols) soportan costes y exposición (Lorenzo Cadarso, 2001).

En este encuadre, la violencia no aparece como anomalía, sino como derivación de un sistema de beneficios donde la atención y la interacción constante se monetizan, y donde la gestión del riesgo se desplaza hacia la víctima: “estar disponible”, “no fallar”, “tolerar” y “mantener la imagen”.
Esta tensión se agrava en contextos de hiperconectividad, donde el daño reputacional se produce y reproduce con gran velocidad y volumen.
La normalización de la violencia en entornos digitales: de los “K-netizens” al doxing
El ciberacoso se integra en la cibercriminalidad en tanto requiere medios informáticos para planificación, desarrollo y ejecución, y se apoya en la difusión para vulnerar bienes personales y no patrimoniales (Departamento de Seguridad Nacional, 2019).
Además, su impacto se amplifica por el anonimato, la multiplicidad de agresores y espectadores, y la capacidad de difusión de conductas de hostigamiento (Buelga Vázquez et al., 2010). La evidencia empírica también vincula el cyberbullying con consecuencias relevantes en salud mental (Bansal et al., 2024).
En Corea del Sur se identifica el fenómeno de comentaristas violentos recurrentes, los “K-netizens”, asociados a dinámicas de impunidad y circularidad del daño, donde víctimas pueden convertirse en ofensores bajo lógicas de venganza y refuerzo social (Slotta, 2025).
En términos de prevalencia, un comunicado institucional informó que cuatro de cada diez adolescentes habían experimentado ciberacoso, subrayando la dimensión estructural del problema en población juvenil (Korea Media and Communications Commission, 2023).
Una modalidad especialmente lesiva es el doxing: divulgación intencionada y maliciosa de datos personales en espacios públicos de internet con objetivos de intimidación, amenaza o daño psicológico (Foster & Cross, 2024).
La identidad digital, como conjunto de actividades e información que conforman reputación en redes, incrementa la vulnerabilidad cuando es sometida al escrutinio de observadores malintencionados (Banco Santander, 2023; Morillo Puente & Ríos Hernández, 2022).
En el caso del ‘K-pop’, se documenta la traslación del acoso presencial al digital, con convergencia reforzada entre agresores motivados, objetivos accesibles y ausencia de guardianes (Miró-Llinares, 2011; Rashid, 2022).
La actualidad del fenómeno se refleja también en el plano institucional y mediático: la entrada en vigor de legislación anti-stalking en Corea (The Korea Times, 2021) y la persistencia de casos asociados a ciberacoso y salud mental en la industria (Reuters, 2019; BBC News Mundo, 2017; BBC News Mundo, 2023).
Implicaciones: guardianes, límites y prevención frente a un daño normalizado
Cuando la oportunidad se hace estructural, la respuesta no puede ser únicamente reactiva. En clave victimológica, resulta central reconstruir “guardianes” en el ecosistema digital: desde guardianes informales comunitarios capaces de intervenir en procesos de normalización del acoso, hasta guardianes formales mediante canales accesibles de denuncia, cooperación entre plataformas y sistemas legales, y medidas de protección de datos y privacidad (Miró-Llinares, 2011).
En suma, el fenómeno exige comprender la victimización en el ‘K-pop’ como estructural, relacional y situacional: dinámicas de poder industrial, socialización digital y configuraciones de oportunidad que producen y reproducen el daño.
(*) Lucía Berrospe Olvera. Psicóloga general con énfasis en el área Social, Máster en Victimología y Criminología Aplicada por la Universidad Internacional de La Rioja.
(*) Marta Prieto Cazorla. Trabajadora Social y Educadora, Máster en Criminología y Victimología Aplicada. Especialista en Violencia de Género y Violencia Sexual. Divulgadora y colaboradora en medios de comunicación.
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