UNIR Revista
El término economía azul invita a replantearse cómo nos relacionamos con los océanos y qué lugar ocupan en nuestro modelo económico.

En los últimos años ha empezado a circular con más fuerza un término que, a priori, desconcierta un poco. Habla de sostenibilidad, sí, pero desde un ángulo distinto: la relación entre el crecimiento económico y el mar. A ese conjunto de ideas se le llama economía azul.
No es únicamente una lista de actividades vinculadas al océano, ya que va más allá: es una forma diferente de pensar cómo usamos y gestionamos sus recursos. De hecho, muchas comunidades costeras lo resumen sin grandes tecnicismos: si se cuida el mar hoy, habrá futuro mañana. Quizá por eso el interés por una economía azul sostenible ha ido creciendo, sobre todo entre quienes trabajan cerca del agua y conocen bien sus límites.
Este enfoque ha ido entrando también en el debate académico. Cada vez es más habitual verlo en estudios sobre desarrollo, sostenibilidad o cooperación internacional. En este contexto, el Máster en Cooperación Internacional online de UNIR profundiza en cómo las políticas públicas, la gestión comunitaria y las decisiones económicas pueden transformar la vida en territorios que dependen del agua mucho más de lo que parece a simple vista.
¿Qué es la economía azul?
El término suena cada vez más familiar, aunque sigue generando preguntas. No es raro porque bajo la etiqueta conviven realidades distintas. De forma muy resumida, la economía azul agrupa actividades que dependen del mar o de otros recursos hídricos, pero que deben manejarse con cierta prudencia si se quiere evitar que el ecosistema se resienta.
En ese conjunto entran oficios de toda la vida —la pesca, el transporte marítimo— junto a sectores que hace no tanto ni existían, como la biotecnología marina o algunas formas de energía renovable en el mar. Dicho de otra forma, se trata de aprovechar lo que ofrece el océano sin sobrepasar su capacidad de recuperación.
Cuando se habla de una economía azul sostenible, la idea va un poco más allá. No basta con usar bien el mar. Implica reconocer que el océano funciona como un sistema vivo, donde biodiversidad, actividad económica y bienestar humano se cruzan constantemente. Si una pieza falla, el resto lo nota. Y eso, en zonas costeras, se percibe muy rápido.
¿De dónde surge la idea de economía azul?
Aunque ahora se use con naturalidad el término economía azul, este no lleva tanto tiempo en circulación. Apareció hacia 2010, más o menos, cuando el emprendedor Gunter Pauli empezó a insistir en que los ecosistemas podían enseñarnos bastante más de lo que pensábamos.
Su propuesta no nació en un despacho lleno de informes, sino observando algo tan elemental como que la naturaleza rara vez desperdicia recursos. A partir de ahí, planteó: si el océano es eficiente por sí mismo, ¿por qué no intentar que nuestras actividades funcionen con la misma lógica? La idea no tuvo un estallido inicial; se fue moviendo de forma discreta, casi como una conversación paralela.
Con los años fue calando. A veces por interés político, otras simplemente porque la evidencia empujaba. Gobiernos, organizaciones y equipos técnicos comenzaron a ver que este enfoque les resolvía dudas que llevaban tiempo arrastrando. Eso sí: muchos expertos coinciden en que el gran reto no estaba en redactar nuevas normas, sino en aplicarlas de verdad, una tarea que en el ámbito marino nunca ha sido sencilla.
Otro motivo por el que la economía azul tomó fuerza fue su encaje con debates anteriores, en especial el de la economía verde. Esa mezcla —azul y verde— ayudó a entender que proteger el mar no es solo un gesto ambiental, sino una cuestión muy práctica: de ello dependen empleos, sectores enteros y la vida cotidiana de millones de personas. Y, como suelen recordar quienes trabajan cerca de la costa, ningún ecosistema soporta un ritmo infinito de extracción.
¿Qué actividades forman parte de la economía azul?
Hablar de economía azul es hablar de un abanico amplio de actividades, aunque nadie se ha puesto del todo de acuerdo en una lista cerrada. Y quizá eso sea lo más lógico: el mar no entiende de categorías rígidas. Aun así, hay sectores que suelen aparecer siempre que se analiza este modelo.
Entre ellos están la pesca y la acuicultura responsables, ya que dependen directamente de que el ecosistema funcione bien; también el transporte marítimo, que lleva años intentando reducir su impacto; o el turismo costero, que ha tenido que aprender a convivir con límites que antes ignoraba.
A todo esto se suman áreas más recientes, como la energía eólica marina o la biotecnología aplicada al desarrollo de nuevos materiales. Estos sectores crecen rápido porque combinan investigación, economía y conservación, una mezcla que hace una década sonaba casi futurista y hoy forma parte de muchas agendas públicas.
Si se observan en conjunto, hay un hilo que las une: la idea de aprovechar el mar sin ponerlo al límite, algo que durante mucho tiempo se pasó por alto.
Este enfoque encaja de forma natural con la Agenda 2030. Varios de los Objetivos de Desarrollo Sostenible están directamente ligados a la gestión del agua, la protección de los ecosistemas marinos o la reducción del impacto ambiental.
Retos y oportunidades de la economía azul
Cuando se habla de economía azul sostenible suele surgir la misma pregunta: ¿hasta qué punto es viable mantener un equilibrio entre desarrollo y conservación? Y, aunque no exista una respuesta sencilla, sí hay algunos retos que aparecen una y otra vez.
La sobreexplotación de recursos, por ejemplo, sigue siendo un problema en muchas zonas; también la contaminación que llega al mar desde tierra firme; o la degradación de hábitats costeros que antes parecían inagotables. Estas cuestiones requieren regulación, sí, pero también algo menos visible: voluntad de aplicarla y capacidad de supervisión constante. No siempre se consigue.
Aun así, no todo es freno o advertencia. El potencial de innovación asociado al océano es enorme, mucho mayor de lo que se intuía hace una década. Tecnologías que permiten monitorizar el estado del agua casi en tiempo real, proyectos de restauración ecológica que recuperan zonas degradadas o soluciones de economía circular que reducen residuos están transformando la forma en que se trabaja cerca del mar. Algunos sectores —la energía marina, por ejemplo— avanzan a un ritmo que hace unos años habría parecido imposible.
También surgen conexiones interesantes entre la economía azul y la economía verde. Ambos enfoques coinciden en algo básico: el clima y los ecosistemas no entienden de fronteras. Lo que ocurre en la costa afecta al interior, y viceversa. Por eso muchos expertos insisten en abordarlos juntos, desde una perspectiva más amplia y, a veces, incluso más práctica que teórica.
Al final, hay una idea que se repite tanto en estudios académicos como en conversaciones con quienes viven del mar: el desarrollo de los próximos años dependerá de la salud de los océanos. Y esa es, quizá, la razón por la que entender cómo funciona la economía azul se ha vuelto casi imprescindible para cualquier estrategia que aspire a durar.
Bibliografía
- Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico. (2021). Estrategia de Economía Azul Sostenible.
https://www.miteco.gob.es/content/dam/miteco/es/ministerio/servicios/red-de-autoridades-ambientales-raa/01-qu%C3%A9-es-la-red-de-autoridades-ambientales/funcionamiento/202406_RAA_Plan_Estrategic….pdf - Naciones Unidas. (2015). Transformar nuestro mundo: la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible.
https://sdgs.un.org/2030agenda - Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). (2020). El estado mundial de la pesca y la acuicultura.
https://www.fao.org/documents/card/es/c/ca9229es







