Santiago Prado Conde
¿Cómo se entrecruzan las distintas formas de desigualdad para ofrecer respuestas realmente transformadoras? El enfoque interseccional permite analizar esa complejidad y diseñar intervenciones más justas, inclusivas y adaptadas a cada realidad.

La Educación Social trabaja con personas y comunidades cuyas experiencias no pueden explicarse desde una única categoría. Las situaciones de desigualdad suelen estar atravesadas por varios factores que se combinan, como el género, la clase social, el origen cultural, la edad, la discapacidad, el territorio, la situación administrativa o el nivel educativo, entre otras. Por eso, el enfoque interseccional resulta especialmente útil, puesto que permite comprender cómo distintas formas de discriminación actúan simultáneamente y producen experiencias específicas de desigualdad.
Aplicar esta mirada supone evitar diagnósticos simplificadores. No es lo mismo intervenir con jóvenes migrantes como si fueran un grupo homogéneo que analizar cómo se cruzan en cada caso el idioma, la situación familiar, el género, la precariedad económica o la relación con el sistema educativo. Esta lógica conecta con la defensa de una educación social capaz de generar acciones transformadoras frente a dinámicas estigmatizantes, racistas y xenófobas, tal y como plantean Martín-Solbes y Ruiz-Galacho (2018).
Acerquémonos a algunos ejemplos prácticos:
- Diseño de un programa socioeducativo con adolescentes en un barrio vulnerable. Desde una mirada no interseccional, el programa podría centrarse únicamente en prevenir el abandono escolar. En cambio, una intervención interseccional analizaría por qué ese abandono afecta de forma diferente a una chica gitana, a un joven migrante recién llegado, a un adolescente con discapacidad o a un chico que debe trabajar para apoyar la economía familiar. Así, las respuestas no serían uniformes, sino adaptadas, como la mediación con familias, el apoyo lingüístico, los referentes positivos, el acompañamiento emocional, la coordinación con centros educativos y la participación juvenil.
- Un segundo ejemplo puede situarse en la educación intercultural. Ormaetxea Salaberria (2018) propone criterios para desarrollar programas socioeducativos desde el enfoque intercultural, subrayando la necesidad de comprender la diversidad como relación, comunicación y construcción social. Desde una perspectiva interseccional, un taller intercultural no se limitaría a celebrar culturas diferentes, sino que trabajaría también cómo operan el racismo, la desigualdad económica, los estereotipos de género o la exclusión institucional. Por ejemplo, en un centro comunitario, las personas participantes podrían analizar situaciones cotidianas de discriminación y proponer acciones para mejorar la convivencia desde sus propias experiencias.
- Un tercer ejemplo aparece en el trabajo con jóvenes y construcción identitaria. Premat (2021) analiza cómo los espacios educativos influyen en la identidad, la ciudadanía, los estigmas y los mecanismos de inclusión y exclusión de adolescentes y jóvenes. En Educación Social, esto puede traducirse en crear espacios de participación donde el alumnado o los jóvenes no sean vistos solo como “menores en riesgo”, sino como sujetos con voz, historia y capacidad de agencia. Una educadora social podría utilizar relatos de vida, mapas de identidad o grupos de diálogo para explorar cómo cada joven vive la pertenencia, el reconocimiento y la discriminación.
- Un cuarto ejemplo se vincula con el abandono escolar. Vázquez (2020) defiende la interseccionalidad como herramienta de análisis crítico para comprender el fracaso y el abandono educativo, mostrando que estos procesos no son neutrales ni individuales, sino relacionados con desigualdades estructurales. Por ello, la intervención socioeducativa debería preguntarse no solo por qué este estudiante no continúa, sino qué barreras económicas, familiares, culturales, escolares o institucionales están limitando su trayectoria.
En definitiva, el enfoque interseccional permite a la Educación Social mirar mejor, intervenir mejor y acompañar mejor. No añade complejidad de forma artificial, sino que reconoce que ésta ya existe en la vida de las personas. Su valor está en transformar la práctica profesional para hacerla más justa, situada y participativa.
(*) Santiago Prado Conde es coordinador del Grado en Trabajo Social de UNIR e investigador principal del Grupo de Investigación Bienestar e Intervención Social (BIS).
Referencias bibliográficas:
- Martín-Solbes, V. M., y Ruiz-Galacho, S. (2018). La educación intercultural para una sociedad diversa. Miradas desde la Educación Social y la reflexión ética. RES. Revista de Educación Social, 27, 36-47.
- Ormaetxea Salaberria, I. (2018). Educación intercultural: diez criterios útiles para el desarrollo de programas socioeducativos. RES. Revista de Educación Social, 27, 9-35.
- Premat, C. (2021). El espacio educativo: entre las expectativas, las tensiones y las diversidades en la construcción identitaria y de ciudadanía de los adolescentes jóvenes. RES. Revista de Educación Social, 33, 86-99.
- Vázquez, R. (2020). La interseccionalidad como herramienta de análisis del fracaso escolar y del abandono educativo. Revista Internacional de Educación para la Justicia Social, 9(2), 267-283.
- Facultad de Artes y Ciencias Sociales






