Violencia de menores hacia sus progenitores: qué sabemos sobre la violencia filio-parental

Este tipo de violencia intrafamiliar constituye un fenómeno complejo en el que pueden confluir factores familiares, sociales e individuales. Comprenderlos resulta fundamental para analizar estas conductas sin reducirlas a una única causa.

La adolescencia constituye además una etapa especialmente relevante para comprender estas conductas.Descubre nuestros estudios de Ciencias de la Seguridad

Durante décadas, la investigación científica sobre violencia intrafamiliar se centró principalmente en las agresiones ejercidas desde las figuras de autoridad hacia los miembros más vulnerables, especialmente el maltrato infantil y la violencia en la pareja.

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Sin embargo, en las últimas décadas ha adquirido mayor visibilidad otra manifestación: la violencia ejercida por hijos menores de edad contra sus padres, madres o quienes desempeñan esas funciones. Este comportamiento ha dejado de contemplarse como un fenómeno aislado y ha generado un creciente interés científico, criminológico y social.

Qué entendemos por violencia filio-parental

La violencia filio-parental puede definirse como el ejercicio reiterado de agresiones físicas, psicológicas o económicas por parte de hijos menores de edad hacia sus progenitores o tutores. La continuidad de estas conductas en el tiempo constituye un elemento fundamental para diferenciarlas de un conflicto familiar puntual.

Las manifestaciones físicas incluyen acciones dirigidas a provocar daño corporal, como golpes, patadas, empujones o puñetazos. La violencia psicológica, por su parte, comprende insultos, amenazas, humillaciones y otros comportamientos verbales o no verbales capaces de generar daño emocional.

La violencia económica puede manifestarse mediante la sustracción de dinero a los progenitores, la venta de objetos pertenecientes al hogar o la destrucción deliberada de posesiones con valor material o emocional.

Aunque esta clasificación permite distinguir diferentes formas de maltrato, en la práctica suelen estar estrechamente relacionadas. Una agresión física o económica también puede producir consecuencias psicológicas, mientras que una exposición continuada a amenazas, humillaciones o intimidaciones puede afectar al bienestar emocional y físico de la víctima.

La pregunta que surge entonces es especialmente compleja: ¿qué puede llevar a un menor a ejercer este tipo de violencia?

Un fenómeno que no responde a una única causa

La explicación de la violencia filio-parental en menores no puede reducirse a un único factor. Su estudio apunta a la posible interacción de variables individuales, familiares, sociales y contextuales.

Desde la criminología y la psicología se han desarrollado diferentes aproximaciones para intentar comprender cómo determinadas conductas violentas pueden aparecer, mantenerse y consolidarse dentro de las relaciones familiares.

Una de las perspectivas que ha recibido mayor atención es la relacionada con los procesos de aprendizaje de la conducta.

Cuando la violencia puede convertirse en un comportamiento aprendido

La Teoría del Aprendizaje Social, formulada inicialmente por Bandura y Walters y desarrollada posteriormente en el ámbito criminológico, permite analizar cómo las personas pueden aprender determinadas conductas mediante la observación y la interacción con su entorno.

Desde esta perspectiva, la exposición a modelos violentos dentro del hogar puede contribuir a que el menor incorpore determinadas formas de agresión como estrategias posibles para gestionar los conflictos. Esta interpretación conecta también con las investigaciones sobre la transmisión intergeneracional de la violencia.

El proceso puede explicarse a partir de varios mecanismos:

  • En primer lugar, mediante la imitación y el aprendizaje vicario. El menor puede observar comportamientos violentos en su entorno inmediato, presenciar agresiones entre adultos o experimentar estilos educativos excesivamente violentos o coercitivos. Estas experiencias pueden influir en la forma en que aprende a relacionarse y resolver conflictos.
  • En segundo lugar, pueden desarrollarse determinadas creencias o definiciones favorables a la violencia. Una persona puede rechazar la violencia de manera general y, sin embargo, llegar a justificarla en circunstancias concretas como una forma legítima de obtener un resultado o imponerse en un conflicto familiar.
  • Finalmente, interviene el refuerzo diferencial. Si una conducta agresiva permite al menor conseguir aquello que reclama o consigue que los progenitores cedan ante sus exigencias, el resultado obtenido puede favorecer la repetición de esa estrategia.

De este modo, determinadas dinámicas familiares pueden entrar progresivamente en un ciclo de coerción en el que las respuestas de unos y otros terminan reforzando comportamientos problemáticos.

El peso de las variables individuales

El aprendizaje social no explica por sí solo todos los casos. La investigación también ha estudiado la posible relación entre determinadas características individuales y una mayor vulnerabilidad hacia comportamientos antisociales o violentos.

Entre los factores analizados se encuentran la impulsividad, la baja tolerancia a la frustración, las dificultades para regular las emociones, determinados niveles de empatía o la forma en que el individuo responde ante situaciones de estrés.

Algunas teorías clásicas de la personalidad, como el modelo desarrollado por Hans Eysenck, trataron de relacionar dimensiones como el neuroticismo o el psicoticismo con una mayor predisposición hacia determinados comportamientos antisociales.

Estas aproximaciones deben interpretarse con cautela. La presencia de un determinado rasgo de personalidad no determina que un menor vaya a desarrollar conductas violentas. Su relevancia depende de su interacción con numerosos factores personales, familiares y sociales.

Factores de riesgo: de lo individual al entorno social

El análisis de la violencia filio-parental suele distinguir entre diferentes factores de riesgo que pueden contribuir a explicar el fenómeno, sin que ninguno de ellos resulte suficiente por sí mismo.

En el ámbito individual se han estudiado características como la impulsividad, la baja tolerancia a la frustración, las dificultades de regulación emocional, la baja autoestima o determinados problemas de comportamiento.

También se han investigado posibles asociaciones con diagnósticos como el TDAH, el trastorno negativista desafiante o el trastorno de conducta. Sin embargo, la presencia de estos diagnósticos no implica necesariamente comportamientos violentos y no debe utilizarse para establecer relaciones causales automáticas.

En el plano microsocial adquieren especial importancia las dinámicas familiares. La existencia de otras formas de violencia intrafamiliar, determinados estilos educativos o unas relaciones familiares altamente conflictivas pueden incrementar la vulnerabilidad.

Fuera del hogar también pueden intervenir otros elementos, como la pertenencia a grupos de iguales antisociales, las dificultades de integración escolar o la exposición continuada a determinados contextos de elevada conflictividad.

Por último, los factores macrosociales permiten incorporar al análisis el contexto cultural e histórico, así como los modelos de comportamiento y representaciones de la violencia presentes en determinados entornos sociales y mediáticos.

La importancia de estos factores reside precisamente en su interacción. No existe una combinación universal que permita anticipar qué menor ejercerá violencia contra sus progenitores.

La adolescencia y la necesidad de evitar interpretaciones precipitadas

La adolescencia constituye además una etapa especialmente relevante para comprender estas conductas. Se trata de un periodo caracterizado por importantes cambios físicos, emocionales, cognitivos y sociales.

Durante estos años pueden aumentar la impulsividad, los conflictos relacionados con los límites o las dificultades para gestionar determinadas emociones. Sin embargo, estas características forman parte también de procesos evolutivos que no tienen por qué derivar en comportamientos violentos.

Por esta razón, determinados rasgos o conductas deben analizarse dentro del contexto global del menor y de su familia. Una adolescencia conflictiva no equivale a violencia filio-parental, del mismo modo que la presencia de un factor de riesgo no permite predecir automáticamente una trayectoria delictiva.

Esta distinción resulta fundamental para evitar la estigmatización y favorecer evaluaciones profesionales ajustadas a cada situación.

Comprender cada caso de forma individualizada

El estudio de los menores que ejercen violencia dentro del ámbito familiar demuestra que nos encontramos ante una problemática multidimensional que desafía las explicaciones simples sobre la delincuencia juvenil.

No resulta adecuado reducir estas conductas a una supuesta patología individual del menor. Tampoco pueden explicarse únicamente como consecuencia de unas determinadas pautas educativas de los progenitores.

En cada caso pueden interactuar de manera diferente los procesos de aprendizaje, las dinámicas de refuerzo, las relaciones familiares, las características individuales y las circunstancias sociales que rodean al menor.

Precisamente por ello, comprender la violencia filio-parental exige una evaluación individualizada. Los factores presentes, su intensidad y la forma en que interactúan pueden variar considerablemente de una familia a otra.

Más que buscar una causa única, el reto consiste en comprender esa combinación de variables. Solo desde una perspectiva integral es posible aproximarse a uno de los fenómenos más complejos de la violencia familiar y juvenil y establecer estrategias adecuadas de prevención e intervención.

(*) Ana Luz Cuervo García. Docente UNIR. Doctora en Criminología y Delincuencia Juvenil, Psicóloga, Terapeuta de Conducta y Experta en Perfilación Criminal. Actualmente es profesora del grado en Criminología en UNIR y profesora colaboradora en CRIMINA.

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