Martes, 20 junio 2017

El comienzo de la reforma luterana: aniquilar las indulgencias e implantar su teología

Hace 500 años, el 31 de octubre de 1517, Lutero publicó 95 tesis en la ciudad de Wittenberg, que hoy también se llama ciudad de Lutero (Lutherstadt). De este modo el joven profesor universitario invitaba a una discusión científica sobre las indulgencias. Este modo de proceder académico, es decir mediante una discusión científica, era usual en su tiempo.

Antes de emitir algún juicio hemos de tratar de situarnos en los tiempos en los que vivió Lutero. Nos hallamos al final de la Edad Media y la idea de Dios que hasta ese momento se veía como un fuerte punto de apoyo, poco a poco comienza a desmoronarse y con tal motivo surge con más frecuencia la desesperación, el mal de la época en latitudes germánicas que consistía en la duda y en la melancolía depresiva. Según el gran conocedor Joseph Lortz, Alemania estaba en ese tiempo psíquicamente estremecida y verdaderamente enferma de terror a las brujas, de terror a la vida y de todo tipo de supersticiones; sin olvidar el miedo atroz a la sífilis y el peligro de su contagio que desde 1495 venía padeciendo Europa. De este modo se iba produciendo un difuso y general estado de angustia, el así llamado “terror germánico”.

Así se entiende más fácilmente cómo Lutero se hace fraile después de haber visto un rayo en una amenazadora tempestad. Sus palabras fueron: “Auxíliame Santa Ana, y seré fraile!” El 17 de julio del año 1505, poco antes de cumplir 22 años, Martín Lutero entró efectivamente en el convento de los monjes agustinos en Erfurt y en abril del año 1507 es ordenado sacerdote.

Desde niño tiembla al pensar en el infierno o al pensar en Dios. El miedo a condenarse le lleva al claustro pero aquí es guiado por su pensamiento fatal de poder elevarse por sus propias fuerzas. Así escribiría años más tarde en sus conocidos discursos de sobremesa: Pasaba 4, 5 noches enteras sin cerrar los ojos. Caía como muerto, sin sentido, temblaba ante el pensamiento de una negligencia en cualquier detalle del ceremonial prescrito.

El 4 de octubre de 1512 Lutero es nombrado profesor de la recién erigida Universidad de Wittenberg, esto quiere decir que en nombre de la Santa Sede se le otorgaba la licencia magistrandi de exégesis bíblica, que quiere decir la potestad de leer y enseñar en todo el mundo. Lutero no solo era profesor en Wittenberg sino también predicador y confesor de esa ciudad.

En el año 1513, poco después de suceder a su director espiritual Juan Staupitz como profesor de Teología en la Universidad de Wittenberg, Lutero afirma que su doctrina, es decir sus nuevos planteamientos teológicos, habían comenzado bajo el influjo de su director espiritual Staupitz (“die doctrina habe mit Staupitz angefangen”) (1). Así va desarrollando Lutero su teología, la teología luterana, comprendiendo para ello la justificación del pecador desde los famosos sola/us: Solus Christus, Sola gratia, Sola fide, Sola Scriptura. Esta afirmación radical del “solamente” implica que el hombre no podría contribuir con nada propio a su salvación. Incluso una conducta intachable, una vida ejemplar, ni tampoco una vida de oración ni una búsqueda de Dios podrían hacer cambiar la voluntad divina. Por lo tanto, así concluye Lutero, “en caso de no pertenecer al grupo de los elegidos, nos deslizaríamos irremisiblemente por el camino de la condenación eterna”.

En una de sus “conversaciones de sobremesa”, Martín Lutero reflexiona en voz alta sobre aquello que fue el detonante para fijar las 95 tesis en la puerta de la Iglesia del Palacio de Wittenberg, que al mismo tiempo era la Iglesia Universitaria, el 31 de octubre de 1517. El dominico Juan Tetzel había recibido el encargo del obispo Albrecht, arzobispo de Maguncia, de predicar sobre la importancia de las indulgencias para salvarse. Según Lutero, “Tetzel no decía más que auténticas barbaridades: las indulgencias nos reconciliarían con Dios y esto ocurriría también en el caso de carecer de contrición e incluso sin haber hecho penitencia….Estas fantasías me obligaron a intervenir”.

Pero ¿qué estaba ocurriendo? Después de la muerte del Papa Julio II, conocido también como el Papa Guerrero por haber intervenido directamente en varias guerras, le sucede el 11 de marzo de 1513 el cardenal Giovanni di Medici a la edad de 37 años con el nombre de León X. Dos años más tarde, el 31 de marzo de 1515 León X publica la bula Sacrosanctis haciendo referencia a las indulgencias como posibilidad de mitigar las penas por los pecados cometidos. De este modo se podría recaudar dinero sobre todo para la obra basilical en Roma.

Lutero afirmaba que los predicadores de indulgencias lo hacían sin tener en cuenta la diferencia entre la remisión de la culpa por los pecados y la remisión de las penas por los pecados. Tanto es así que con frecuencia se atribuye a Tetzel la frase irónica: “Al sonar la moneda en la cajuela, el alma del fuego al paraíso vuela” (“Sobald das Geld im Kasten klingt, die Seele vom Fegefeuer in den Himmel springt”). Para la gente sencilla la confusión estaba programada ya que, así se sugería: “Yo pago, y se me perdonan mis pecados, pero además se perdonan las penas que esos pecados conllevan”.

Estas confusiones llevaron al teólogo Lutero a ponerse en escena. Reacciona ahora ardorosamente ante la confusión en el tema de las indulgencias. Una persona como él, atormentada por los escrúpulos se irritaba con el tema de las indulgencias que le parecían una estafa. Estas fueron sus palabras: “Aquellos que predican a la gente sencilla la entrada en el cielo a través de las indulgencias, en realidad las están conduciendo al infierno. También habría que proteger al mismo Papa por contribuir a estas herejías”. El daño que se siguió a la concesión de indulgencias consistió en que el pueblo ignorante y rudo atendía algunas veces no tanto al arrepentimiento y a la contrición interna sino más bien a la obra externa requerida para la indulgencia, manifestando incluso más temor por la pena que por la culpa. Era uno de tantos peligros de falsa religiosidad contra la que protestó acertadamente Lutero, tal y como lo habían hecho ya otros predicadores católicos anteriores a él. Lutero no fue el primero en criticar el tráfico o venta de indulgencias.

Para contrarrestar esta situación Lutero escribe y publica 95 tesis que según él servirían como manuscrito básico para una discusión académica. Lutero publicó al mismo tiempo una carta al arzobispo Albrecht de Maguncia, a quien considera el causante de todo el problema por haber encargado a Juan Tetzel que predicase en su territorio sobre la eficacia de las indulgencias. Lutero le acusa de incompetencia por contribuir a la confusión sobre todo entre la gente más sencilla.

Efectivamente: una consecuencia peligrosa fue la mezcla de lo espiritual con lo económico. Esto sucedió desde el momento en que las autoridades eclesiásticas se percataron de que la concesión de indulgencias podía convertirse en una fuente copiosa para construir catedrales, hospitales o puentes. El aspecto espiritual de la concesión de indulgencias se oscureció más todavía cuando grandes banqueros como los Fugger de Augsburgo intervinieron en el negocio, adelantando unos créditos a la Santa Sede a cambio de percibir ellos un tanto por ciento importante en la recaudación de indulgencias.

Si dirigimos nuestra atención al contenido de las 95 tesis podemos leer ya en la primera y en la segunda tesis: 1ª “Jesucristo ha dicho: haced penitencia porque el Reino de los Cielos está cerca”. 2ª “Estas palabras no deben ser interpretadas como referidas al sacramento de la penitencia, es decir, a aquella penitencia con confesión oral y satisfacción que se realiza gracias al ministerio sacerdotal”. Por lo tanto, ya en las dos primeras tesis Lutero elimina de un plumazo toda mediación sacerdotal entre Dios y los hombres. La consecuencia práctica después de haber leído la segunda tesis es según Lutero clara: “Si se entiende la penitencia en sentido bíblico, lo importante es tan solo el arrepentimiento y no la confesión con la boca  o la satisfacción con obras”. De esto se deduciría que la mediación del sacerdote entre Dios y el pecador, de acuerdo a la doctrina luterana, no sería necesaria.

Martín Lutero rechazaba enérgicamente los abusos y errores de la predicación de Tetzel y protestaba con absoluta sinceridad. Pero aunque la doctrina teológica de las indulgencias -que en teología se considera como un complemento del sacramento de la penitencia- se hubiese predicado con la mayor claridad teológica posible, no obstante no podían encajar en la cabeza de Lutero, ya que desde 1514 a 1517 se habían forjado en su mente las bases de su teología luterana. Lutero no admitía el mérito de las buenas obras de los santos ni el valor de la satisfacción, sosteniendo, en cambio, que solamente por la penitencia interior y por la confianza en Cristo se obtiene la remisión plenaria de la culpa y de la pena. Lutero abominaba una santidad con obras. Con las 95 tesis, Lutero quería mover a los altos dignatarios de la Iglesia a la penitencia sincera pero buscando para ello la discusión polémica. El objetivo que las tesis perseguían era aniquilar las indulgencias e implantar su teología luterana.

Antes de comenzar con la exposición de las 95 tesis, Lutero escribe que las ha redactado por amor a la verdad y por el deseo de aclararla, y, no obstante, ya en la tesis 5ª comienza con su polémica contra el Papa. “El Papa no quiere ni puede remitir otras penas que las que él impuso a su arbitrio o según los cánones”. En la 20ª tesis especifica: “Lo que el Papa entiende por indulgencia plenaria no es la remisión de todas las penas en absoluto, sino tan solo de las impuestas por él”. Tampoco falta la ironía en la redacción de algunas de sus tesis, tal es el caso de la tesis 82: “¿Por qué el Papa no vacía el purgatorio, dada su santísima caridad y la suma necesidad de las almas?”

Para finalizar recordemos las afirmaciones de Joseph Lortz, gran experto de renombre mundial en la vida y en los escritos de Lutero. Lortz afirma que si bien Lutero tenía conocimientos profundos de la Biblia no obstante se convirtió en víctima de su propio subjetivismo. En sus esfuerzos por entender lo que significa la salvación, interpretó la Sagrada Escritura a su manera y según sus necesidades. Hizo uso de los textos bíblicos de modo selectivo y con frecuencia redujo el mensaje bíblico a fórmulas sencillas. Según Lortz, Lutero se vio a sí mismo como un “profeta en el aislamiento”, por eso se aventuró al igual que los profetas, a interpretar las revelaciones bíblicas de acuerdo a sus necesidades y esto condujo a que no siempre consiguiese captar la plenitud de los mensajes bíblicos.

 

 

(1) Volker Leppin, Die fremde Reformation. Luthers mystische Wurzeln, Múnich, 2016, p. 46