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“Somos lo que somos por todo lo que ha sucedido en la Historia”

Con motivo del centenario del descubrimiento de la tumba de Tutankamón, la arqueóloga y docente de UNIR, Inmaculada Delage, destaca la importancia de los pequeños hallazgos y de redescubrir lo ya encontrado.

Howard Carter accedió un domingo 4 de noviembre de 1922 a una tumba en el Valle de los Reyes (Luxor, Egipto). Luego entró a una cámara funeraria y a cuatro capillas superpuestas, y después encontró un sarcófago de piedra y tres ataúdes antropomorfos. Contempló al final la cabeza y los hombros de una momia cubiertos por una máscara de oro con incrustaciones de pasta de vidrio y turquesas.

Estaba ante Tutankamón, faraón adolescente que gobernó el Antiguo Egipto entre 1334 y 1325 antes de Cristo. Carter revolucionó ese día la historia, el arte y el mundo entero con un descubrimiento que este año cumple su centenario. Y renovó, por supuesto, a la arqueología.

La arqueóloga y docente en los grados de Historia e Historia del Arte de UNIR, Inmaculada Delage, asegura que con el hallazgo de Carter renació un interés por la egiptología que había iniciado Napoleón al invadir Egipto a comienzos del siglo XIX. El arqueólogo británico estableció así una metodología clara y sistemática para las excavaciones de tumbas, y modernizó toda una serie de procedimientos que ya iban floreciendo.

Las singularidades de la tumba KV62

El país llevaba siendo excavado casi dos siglos hasta aquel 1922. La arqueología era una disciplina científica relativamente joven. De hecho, no se entendió del todo entre la comunidad científica que, una vez abierta, se invirtieran ocho años en concluir su investigación.

Pero la tumba KV62 (nombre oficial) fue una revelación especial. Delage recuerda que se encontraron 5.389 objetos. ¿Se podrían haber encontrado más? “No muchos más”, responde la científica. Parece que la tumba de Tutankamón sufrió dos intentos de robo durante los reinados posteriores de Ay y Horemheb. Saqueos que ya entonces eran habituales porque los egipcios sabían que estaban atestadas de riquezas.

Tutankamon

Todavía se especula, según la arqueóloga, si aquellos primeros ladrones fueron pillados o castigados, si se llevaron más o menos objetos, o si devolvieron algo. Lo cierto es que se dio una suerte de movimiento masivo de ladrones de tumbas a lo largo de los siglos. También su contrario: defensores fúnebres organizados en lo que hoy se entenderían como cuerpos de funcionarios y policías.

Tras aquel último intento de pillaje en la dinastía Horemheb, la tumba se reordenó “de aquella manera”, matiza Delage, y se selló para siempre hasta que así la encontraron Carter y su equipo miles de años después. La tumba había sobrevivido intacta.

Detalles que construyen la historia

De aquellos casi 6.000 objetos encontrados, a la investigadora le atraen especialmente esos pequeños detalles tan similares a pertenencias actuales, como las sandalias. Aunque reconoce que popularmente se recuerda la imagen de las dos grandes estatuas de los guardianes, justo a la entrada tapiada de la cámara funeraria, labradas en madera y pintadas de negro y dorado.

Son representaciones que atestiguan el esplendor político y económico de una civilización a lo largo de tres milenios, y que derivó en una cultura increíble, expresada en una enorme monumentalidad, entre otros aspectos. Un legado tan rico y grande que aún resulta un misterio por abordar.

Todavía se nos escapan muchas partes de esta civilización. Su cosmogonía era tan compleja y difícil de comprender que ahora, en nuestra época, nos sigue fascinando algo tan profundo”, dice la arqueóloga.

La sociedad ha cambiado, pero Delage aprecia similitudes entre entonces y ahora porque las civilizaciones históricas son permeables entre sí. Se heredan no solo objetos y monumentos, sino también avances científicos, lenguas, literatura, políticas o rituales, formas distintas de comprender la vida que influyen necesariamente en el futuro.

Grecia se empapó de esta cultura egipcia, y Roma a su vez de los griegos, y el mundo contemporáneo bebe de esos legados conjuntos, explica Delage con pasión.

Somos lo que somos por todo lo que ha sucedido. No podemos desligarnos de eso: queda más de Egipto en nosotros de lo que pueda parecer. Y falta mucho por descubrir y por redescubrir”, añade.

Un entorno privilegiado y una tecnología clave

“Egipto es un sueño para cualquier arqueólogo”, reconoce la docente. Sus condiciones climáticas permiten que los restos lleguen en buen estado de conservación tras 4.000 años. Pero las técnicas arqueológicas han avanzado tanto que incluso se puede volver a trabajar en viejos hallazgos y reinterpretarlos para aportar nueva información hasta entonces inaccesible.

La arqueóloga especifica: ya se sabe que en el segundo patio del templo Millones de Años de Tutmosis III había perseas porque se han encontrado restos de ese árbol sagrado para los antiguos egipcios en los alcorques. La arqueología ha afinado así sus métodos porque, entre otras cosas, ya es una labor de muchas disciplinas que colaboran entre ellas.

El equipo de esta misión en Luxor, que dirige Myriam Seco, compete a muchos tipos de profesionales, como historiadores, arqueólogos, biólogos o antropólogos, entre otros. Científicos que trabajan en equipo y que resultan por ello imprescindibles para el desarrollo de la propia arqueología.

Tumba

La tecnología es fundamental en este ámbito. La fotogrametría, por ejemplo, permite evaluar la planta de un edificio en 3D o realizar reconstrucciones, lo que ahorra tiempo y mejora la exactitud, porque antes cada investigador debía dibujar sus resultados.

El pasado es para todos

Delage defiende, además, que la arqueología en España tiene su tradición histórica y está consolidada. Solo en Egipto operan actualmente 11 misiones españolas, entre ellas la de Tutmosis III, en la que participa la investigadora andaluza.

Ha colaborado allí en descubrimientos “impresionantes”, como un cartonaje de entre los siglos I – IX a.C. o las “joyas de la Dama”, y recuerda también la importancia de los jardines que halló José Manuel Galán y su equipo en el proyecto Djehuty.

Resultados que, ante todo, aportan un mayor conocimiento de la antigüedad en Egipto. Más detalles, informaciones y conocimientos que redundan en una mejor comprensión del pasado y del presente.

“En arqueología debemos ser pacientes. El hallazgo más importante puede parecer al principio insignificante”, subraya. De hecho, las excavaciones significan la parte más pequeña del trabajo ordinario de un arqueólogo.

Investigan mucho, tanto antes como después de los proyectos a pie de campo. Una labor que, recuerda Delage, se realiza en la biblioteca. Porque no se trata de “descubrir por descubrir”, sino de demostrar hipótesis sobre el pasado, de enseñar al mundo lo que ha sido de él mismo. Y, por lo tanto, la conservación es igual de fundamental.

El hallazgo más importante puede parecer al principio insignificante

 

Debe preservarse este nuevo patrimonio para que los ciudadanos puedan acceder a él y disfrutarlo. Estamos empezando a entender que, además de enseñar estas riquezas a historiadores, arqueólogos y otros científicos, también es necesario mostrarlo a la sociedad mediante documentales, revistas de divulgación o entrevistas y conferencias”, relata.

Porque lo hallado no es para quienes intervienen en ese trabajo, ni para una élite científica o arqueológica: es para para todos, insiste la investigadora.

Es más: distintas líneas de investigación en arqueología ya se abren también a los antiguos quehaceres cotidianos o a la gente común de por aquel entonces. O, por supuesto, a los colectivos olvidados, como mujeres, niños o ancianos, siempre desapercibidos porque nunca participaron en los grandes acontecimientos políticos de la antigüedad.

Cuanto más investigamos, más nos damos cuenta de que nos ha faltado situar de alguna manera a estos colectivos en la historia”, reconoce. También interesan especialmente los momentos de crisis o de tránsito. “Nos parecemos más de lo que creemos a una persona de hace 3.000 años”, sentencia la docente de UNIR.

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