Patricia Solís García
Detectar a tiempo los primeros indicios de dificultades de aprendizaje permite prevenir el fracaso escolar y reducir el impacto emocional, pero muchas señales iniciales son sutiles y tienden a confundirse con falta de esfuerzo o inmadurez.

Las dificultades de aprendizaje no siempre se manifiestan de forma clara ni inmediata. En numerosos casos, los primeros indicios aparecen de manera sutil, se confunden con problemas de motivación, inmadurez o escaso esfuerzo, y pasan inadvertidos durante etapas clave del desarrollo educativo.
Esta detección tardía tiene consecuencias directas sobre el rendimiento académico, el bienestar emocional del alumnado y la eficacia de la respuesta educativa. Reconocer estas señales tempranas no es solo una cuestión técnica, sino una competencia profesional esencial en contextos de atención a la diversidad.
La evidencia científica es contundente: cuanto antes se identifican las dificultades, mayor es la eficacia de la intervención educativa. Una detección precoz permite ajustar metodologías, introducir apoyos específicos y prevenir situaciones de fracaso escolar sostenido.
Sin embargo, muchas dificultades no se presentan de forma disruptiva ni llamativa. Al contrario, suelen manifestarse mediante indicadores leves, inconsistentes o normalizados dentro del aula, lo que explica por qué pueden permanecer invisibles durante meses o incluso años.
Qué entendemos por dificultades de aprendizaje
Antes de analizar las señales, conviene aclarar un punto fundamental: no todas las dificultades son trastornos del aprendizaje, ni todas implican una necesidad educativa permanente.
Las dificultades de aprendizaje pueden definirse como obstáculos persistentes en la adquisición y uso de habilidades académicas básicas —lectura, escritura o matemáticas— que no se explican exclusivamente por falta de instrucción, discapacidad intelectual o factores socioculturales.
Diferenciar entre dificultades transitorias, retrasos madurativos y trastornos específicos exige criterio profesional y formación especializada. La frontera no siempre es evidente, y una interpretación inadecuada puede retrasar decisiones clave.
Señales en la Educación Infantil
En las primeras etapas educativas, algunas señales tempranas suelen aparecer en el ámbito del lenguaje oral. Entre ellas destacan el vocabulario limitado para la edad, dificultades para construir frases complejas, problemas para relatar experiencias de forma ordenada o escasa comprensión de consignas verbales.
Estas manifestaciones pueden pasar desapercibidas cuando el niño muestra buena adaptación social o conducta adecuada. Sin embargo, el lenguaje constituye la base sobre la que se asientan muchos aprendizajes posteriores.
También pueden observarse dificultades en habilidades preacadémicas, como la conciencia fonológica, la identificación de rimas o sílabas, la discriminación visual y auditiva, o la capacidad de seriación y clasificación. Estos indicadores son especialmente relevantes porque anticipan posibles dificultades en lectura y escritura.
Señales que se normalizan en la Educación Primaria
Con la entrada en Primaria, algunas dificultades se hacen más visibles, aunque no siempre se interpretan correctamente.
En el ámbito de la lectura y escritura, señales frecuentes incluyen una lectura excesivamente lenta o silabeada, dificultades persistentes en la correspondencia grafema–fonema, errores ortográficos muy superiores a lo esperable o evitación sistemática de tareas escritas.
Con frecuencia, estas situaciones se atribuyen a falta de hábito lector o escaso apoyo familiar, retrasando una evaluación más específica.
Más allá del cálculo: dificultades matemáticas
Las dificultades en matemáticas no siempre se reducen a errores de cálculo. Algunas señales menos evidentes incluyen problemas para comprender el sentido numérico, dificultad para seguir secuencias o procedimientos, escasa comprensión de problemas verbales o confusión constante entre operaciones.
Estas manifestaciones suelen interpretarse como despistes o falta de atención, cuando pueden reflejar una dificultad específica del aprendizaje matemático que requiere intervención ajustada.
Impacto emocional y conductual
Las dificultades de aprendizaje no afectan únicamente al rendimiento académico. Con frecuencia se acompañan de manifestaciones emocionales que terminan siendo más visibles que la propia dificultad inicial.
Entre ellas destacan la baja autoestima académica, la frustración intensa ante tareas escolares, la evitación de actividades evaluables, la ansiedad ante exámenes o la lectura en voz alta, así como conductas de oposición o aparente desmotivación.
Es importante comprender que estas respuestas no suelen ser la causa del problema, sino la consecuencia de una dificultad no identificada a tiempo.
En muchos casos, las dificultades de aprendizaje están relacionadas con procesos cognitivos generales como la atención o las funciones ejecutivas.
Señales como la dificultad para planificar tareas, problemas para organizar el material, olvidos frecuentes o lentitud en la ejecución suelen atribuirse a falta de esfuerzo o inmadurez. Sin embargo, pueden estar vinculadas a déficits en funciones ejecutivas que interfieren directamente en el aprendizaje académico.
Errores habituales en la interpretación
Entre los errores más frecuentes destacan esperar a que el problema “se resuelva solo”, comparar exclusivamente al alumno con el grupo-clase, atribuir la dificultad a factores externos sin análisis sistemático o aplicar adaptaciones sin evaluación previa.
También es habitual retrasar la derivación a orientación educativa, lo que puede cronificar las dificultades y aumentar su impacto negativo.
Detectar señales tempranas no significa etiquetar de forma precipitada. Implica observar de manera sistemática, registrar patrones persistentes, analizar la respuesta del alumno ante diferentes metodologías y coordinarse con orientación educativa.
Este proceso exige criterio profesional y formación específica. La intuición o la experiencia acumulada no son suficientes para garantizar decisiones ajustadas y basadas en evidencia.
Formación especializada para una intervención eficaz
La atención a la diversidad en contextos educativos complejos requiere profesionales capaces de identificar señales tempranas, diferenciar entre dificultades y trastornos, diseñar intervenciones ajustadas y trabajar de forma coordinada con otros especialistas.
Estas competencias no se adquieren de manera espontánea. Requieren una formación avanzada y actualizada que permita intervenir con seguridad y fundamento técnico.
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(*) Patricia Solís García. Dra y Lda. en Psicología. Especializada en Psicología educativa y discapacidad, especialmente atención a la diversidad, con la realización de varios másteres y postgrados. Nominada a mejor docente, Premios Educa Abanca 2022.
- Facultad de Ciencias de la Educación y Humanidades






