Miércoles, 13 noviembre 2019

Cuando la docencia y la psicoterapia se convierten en arte

A veces se es tocado por la varita mágica y de repente se está en el momento y lugar oportunos. Eso es lo que yo sentí cuando conocí a mi maestro y mentor, el doctor José Antonio Ríos González, al que le gustaba que se le llamara mejor, profesor.

Catedrático de la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, me dio clase desde 4º de carrera y me fascinó. Yo venía de contar con excelentes profesores en la Universidad Autónoma de Madrid, docentes muy entregados y exigentes, humanos y algunos muy buenos transmisores. Pero, mi profesor José Antonio traspasaba los umbrales de la excelencia convirtiendo en arte sus enseñanzas.

Cómo era José Antonio Ríos González

No llevaba libros a la clase. Si acaso, algunas fotocopias que nos iba explicando. No le hacían falta porque se lo sabía todo de tal manera, que ligaba a modo de narrador de historias, lo que necesitábamos saber de sus asignaturas, especialmente de  la orientación familiar. Ahora entiendo que tenía muchas horas de estudio a sus espaldas, pero también muchas vivencias profesionales psicoterapéuticas y por supuesto, el don de transmitir con naturalidad y orden los conocimientos.

Era la primera vez en mi vida que tenía que hacer cola para entrar en una clase, que los alumnos nos disponíamos por el suelo incluso, que escuchábamos a un profesor que jamás levantó la voz para que nos calláramos porque tenía el empoderamiento suficiente y nos contaba aspectos prácticos, que ligaba con la teoría de forma tan gráfica que no podíamos ni pestañear.

Era la primera vez en mi vida que tenía que hacer cola para entrar en una clase, que los alumnos nos disponíamos por el suelo, que escuchábamos a un profesor que jamás levantó la voz.

He tenido la oportunidad de estar en un salón de actos de más de 300 personas y que al hablar él no hubiera jamás ningún murmullo. La última experiencia en este sentido fue cuando la Asociación Nacional I+D de Terapia Familiar, que fundó en 1998, le hizo un homenaje en 2015. Fue su última conferencia de clausura, a los 85 años de edad. Fue un espectáculo de claridad y sabiduría. Fue su despedida, como no podía ser de otra forma, por la “puerta grande”.

Sí, hacía arte con su docencia y yo conecté rápidamente con lo que quería hacer en la vida: trabajar con familias como él, de forma preventiva y terapéuticamente. El conectó conmigo y todo se siguió poniendo a mi favor, conseguía las prácticas por sorteo (nunca he tenido suerte) y pude colaborar en su departamento.

Tres décadas han pasado desde entonces, en las que la conexión ha sido constante, he aprendido como si de un padre se tratara. Me enseñó todo lo que sabía de la terapia familiar, de la manera de investigar, de sus intereses preventivos (recuerdo con orgullo cuando no desperdiciaba ninguna ocasión para decir que yo había cogido su testigo en este sentido). Fue mi codirector de tesis doctoral. Dirigió la primera y única revista de terapia familiar con tirada nacional, que él editaba y en la que no solo se escribían artículos científicos, desde un punto de vista práctico, sino que siempre dejaba su sello creativo.

Un ejemplo a seguir

Pero yo he visto a muchos terapeutas familiares trabajar y José Antonio hacía arte igualmente. Provocaba generar un contexto facilitador del cambio. Era él, su actitud, su sentido del humor, su inteligencia y su alta humanidad. Recuerdo que cuando iba a formarme y a reciclarme  a lo largo de estas tres décadas, que siempre entraba con un tono y salía con otro. Esa sensación de que te has nutrido. No era el conocimiento lo que solo tenía, sino cómo lo transmitía.

Una experiencia única, irrepetible y que me consta ha influido a muchos colegas porque todos los que ahora ya tenemos un buen bagaje, hemos bebido de su fuente.

El profesor Ríos González nos enseñó sin tapujos, sin ambición de poder, con el corazón abierto, todo lo que sabía y yo me llevo de él no solo sus enseñanzas, sino su relación personal, su cariño sincero y el traspaso de amistad a su querida mujer la Dra. Pilar Lago.

El profesor Ríos González nos enseñó sin tapujos, sin ambición de poder, con el corazón abierto, todo lo que sabía y yo me llevo su cariño sincero.

Todo el mundo puede aprender a tocar el piano, pero no todos saben transmitir las emociones con este instrumento. Todo el mundo puede aprender a hacer psicoterapia, pero no todos saben tocar las fibras del cambio con la sutileza suficiente como para movilizar acciones, pensamientos y consciencia emocional. Todo el mundo puede ser docente, pero no todos llegar a estimular para aprender en la materia correspondiente. A esto lo llamo Arte. Haber sido discípula de mi Mentor es una gran responsabilidad, que vivo día a día con entusiasmo y acordándome de que su mejor estrategia fue la humildad en un contexto de estudio y reciclaje constante.

El profesor José Antonio Ríos González falleció el 31 de octubre del 2019, acompañado de sus íntimos, cercano a los 90 años. Es el padre de la terapia familiar en nuestro país (segunda mitad del siglo XX). Ha hecho historia en esta rama psicoterapéutica. Sirvan estas palabras para que su ejemplo nos ilustre el camino de una vida entregada a la docencia y a la profesión psicoterapéutica, en un contexto tan relevante y básico como la Familia.

Descanse en paz.