Jueves, 27 febrero 2020

La Historia en el cine es otra historia

El próximo marzo se cumplirán veintidós años del estreno de Titanic (1998, James Cameron). Veintitrés años si atendemos a la fecha en que se rodó. Aquella película todo menos menuda, que consiguió eclipsar a medio mundo mientras la otra mitad sollozaba por el romance imposible de Rose DeWitt Bukater (Kate Winslet) y Jack Dawson (Leonardo DiCaprio) ha alcanzado la mayoría de edad sin que, sin embargo, parezca caduca o pasada. De alguna manera su novedad sigue vigente, aunque la historia se sitúe en 1912 y desde su rodaje ya casi haya pasado un cuarto de siglo.

Preguntas sin resolver

Los actores de aquel reparto, entre los que también destacaban Gloria Stuart, Kathy Bates, Billy Zane y Bill Paxton, nos parecen actuales, y sin ninguna duda espectadores de varias generaciones se han preguntado por qué Winslet y DiCaprio no fueron premiados por sus interpretaciones o, lo que es peor, por qué sus personajes no pudieron compartir tabla y salvación en aquel gélido Atlántico. Preguntas que quedarán sin resolver.

Con todo, hay cuestiones que los espectadores no se plantean con igual ahínco. Entre ellas, por qué el cine se muestra obstinado en su afán por no mostrar fidelidad a la Historia. Siguiendo con el caso de Titanic, James Cameron, cuyo trabajo ímprobo de investigación abarcó varias décadas, y cuyo interés por ser fiel a la realidad le empujó a destinar un porcentaje abrumador de su presupuesto a documentarse, no dudó en situar en el interior del barco ‘Las señoritas de Avignon’ de Pablo Picasso, e incluso algunos cuadros de Monet que jamás estuvieron a bordo.

Sin embargo, sí que hubo arte en el interior del Titanic, de hecho, algunos cuadros no han vuelto a ver la luz tras el naufragio, como fue el caso de ‘La Circassienne au Bain’ (1814) también conocido como ‘La Bañista’, obra de Merry-Joseph Blondel. Esta obra jamás fue mostrada en la pantalla, aunque sin duda hubiera sido mucho más realista. No preocupó la verosimilitud en ese sentido y, lamentablemente, esto también supuso graves perjuicios económicos, críticas y denuncias por derechos de autor para el propio Cameron.

El cine no es Historia

Todo esto puede hacer pensar en por qué importa poco la verdad en el cine. La respuesta es sencilla, ya que se trata de una cuestión ontológica del propio medio. El cine requiere de verosimilitud, no de verdad. La verosimilitud es la capacidad de simular la realidad, de parecer plausible; por el contrario, la realidad, la de los historiadores, se basa en hechos y en evidencias. El cine bebe de las apariencias, la Historia de la realidad. Esto no significa que todo sea válido en el cine.

La audiencia se ha acostumbrado, a lo largo de las décadas, a entender la lógica interna que propone cada película. Todo lo que sea plausible en ella, será verosímil; lo que no encaje dentro del universo propuesto por la cinta, no resultará creíble.

Por otro lado, en el cine, los creadores deben realizar una historia universal, para el mayor público posible, basándose en la fuerza emocional. Por lo tanto, la realidad siempre debe amoldarse a la necesidad de la evolución dramática de la historia. El cine requiere de tensión y de puntos de giro; la distribución de los acontecimientos responde siempre a una estructura, nunca azarosa ni tampoco casual.

La guerra civil americana fue trágica, como cualquier guerra, pero no por ello tiene el crescendo emocional del devenir vital de Scartett O’Hara, ni la expresividad de la actuación de Vivien Leigh ni la intensidad de la banda sonora de Max Steiner. Todos estos recursos artísticos son herramientas de las que se vale el cine para transformar un hecho que fue real, la guerra civil en este caso, en una historia que no forma parte de la Historia. Ese es el procedimiento del que se vale el arte emocionar.

 

Ruptura del cine

Es especialmente importante saber cómo encajar la Historia dentro del cine, y las historias del cine dentro de la Historia. Ni una ni otras son excluyentes, pero su interrelación excede la lógica clásica de causa-efecto. La ruptura del cine implica un replanteamiento de los hechos al servicio de una historia, sin que esto obste para que se respete la verosimilitud.

Por ese motivo, el público se conmueve al ver a Rose DeWitt Bukater luchar por su vida saltando del tablero en el que se encuentra y avisando a los supervivientes con un silbato, porque dentro del universo planteado por la película (el devenir de secuencias) y de la misma escena (las temperaturas glaciales, la soledad de la protagonista), es un punto emocional culminante. Y por esa razón, igualmente, resulta inverosímil que Las señoritas de Avignon’ se hunda de forma irremisible en el océano, porque como espectadores sabemos que aquel cuadro ni estuvo ni jamás ha estado en el Titanic.

Pequeñas licencias, en definitiva, de un arte cuyas historias jamás intentan encajar en la Historia y cuya naturaleza es mucho más dramática que real.