Jueves, 06 febrero 2020

Kirk Douglas: activista contra el Macarthismo

El cine es un arte, una técnica, una vocación, una herramienta. El cine es circunspecto y es histriónico; es comedia y es tragedia. El cine está hecho por muchos y va dirigido a muchos. Porque hay algo que no es, ni nunca va a ser: Individual. Y no lo será ni como arte ni como experiencia. Porque el cine requiere de la colectividad tanto en su concepción como en su desarrollo y en su consumo. Es grupal hasta en el recuerdo, porque el cine también es una memoria sentimental colectiva.

No solo actor

A menudo se desatiende el carácter integral, global si se prefiere, de este arte. Resulta complejo explicar a un estudiante que el cine no es solo guion, o que este es solo un conjunto de palabras hueras si no se les insufla humanidad. Aunque esa humanidad acabe subsumiendo al guion en mera anécdota y lo único que se recuerde de él sea su cara más visible. Nada sería un “nadie es perfecto” sin el gracejo de Joe E. Brown ni la expresión atónita de Jack Lemmon.

Y es que el guion no sería nada sin los actores, a quienes, en última instancia, les debe la vida. Hoy se ha ido, precisamente, uno de los mejores actores clásicos, Kirk Douglas, a quien le debemos no solo interpretaciones memorables, sino su lucha encarnizada por sacar adelante algunos de los mejores guiones de la historia del cine.

 

Como homenaje, en UNIR Revista no queremos recordar únicamente su labor como actor, siempre sublime, sino sobre todo como defensor de los derechos de sus compañeros dentro de Hollywood, cuando la industria se mostraba profundamente discriminatoria con según qué miembros.

Ya en los años cincuenta, Kirk Douglas sabía que quería llevar a cabo la película Espartaco, dirigida finalmente en 1960 por Stanley Kubrick. Pero Douglas deseaba que el guion de la cinta fuese escrito por Dalton Trumbo (de nacimiento Sam Jackson), uno de los mayores genios de la escritura cinematográfica de la historia.

La lista negra

Desear contratar a un guionista no debería, en teoría, haber supuesto ningún tipo de dificultad para Douglas, salvo por el hecho de que, en plena guerra fría, la férrea mano del senador McCarthy imponía la delación entre compañeros de profesión y el ostracismo de aquellos que figuraban en su temible lista negra.

Pero esta segregación era incompatible con la funcionalidad, el talento y, sobre todo, la creatividad del cine. Los grandes guionistas eran una apuesta segura durante el macarthismo y, por ello, se estableció el régimen bajo cuerda de seguir contando con aquellos que estaban siendo represaliados, con la imposición de que su identidad fuera ocultada bajo un seudónimo.

Durante más de una década Dalton Trumbo hubo de llevar a cabo su labor de escritura cinematográfica fuera de los cauces legales de Hollywood, pero, paradójicamente, más dentro que nunca. Trumbo ya había rubricado los oscarizados guiones de Vacaciones en Roma (1953) y de El Bravo (1956), y así más de una docena de películas firmadas por nombres tan peregrinos como Ian McLellan Hunter, Felix Lutzkendorf, Ben L. Perry, Robert Rich, Sally Stubblefield, James Leicester o Edmund H. North.

Pero hele aquí que Kirk Douglas, profundo admirador de la novela de Howard Fast, quería para su película Espartaco a Dalton Trumbo. A él de verdad. Y lo quería de forma honesta, con el reconocimiento de sus derechos legítimos e irrenunciables como autor. Fue Kirk Douglas quien, insistente y vigorosamente, consiguió que Trumbo fuese contratado y figurase con su nombre en la los títulos de crédito. Fue Douglas el que consiguió que se rompiese la censura y se hiciera justicia con los represaliados de la lista negra (la célebre lista de “Los diez de Hollywood”).

El mejor papel

De hecho, tal como relataba en su biografía I am Spartacus! Making a Film, breaking the blacklist, Douglas presionó a Universal para hacer la película, y así, a medio camino, forzar al estudio a incluir su nombre real. Incluso convenció al presidente Kennedy de que apoyase su causa para que su nombre figurase en los títulos de crédito.

Porque sí, efectivamente, Douglas fue quien contrató a Trumbo para la película, siendo no solo un intérprete soberbio, sino un compañero consecuente y solidario. El cine, de nuevo, se muestra como lo que es: Un arte colaborativo.

Decía Douglas que no podía soportar formar parte de un sistema en el que se castigase el talento, se hicieran listas negras y se permitiera perpetuar un status quo “injusto e hipócrita”. Gracias a él, la siguiente película escrita por Trumbo, Éxodo (1960, Otto Preminger), también pudo figurar como autor del libreto.

No está de más recordar esta faceta de Kirk Douglas hoy que ha desaparecido, quizá porque no hay mejor momento para recordar a quien hizo el mejor papel de su vida a la sombra. Y créanme que este fue más reconfortante que cualquier Oscar.