Jueves, 11 julio 2019

Generación hemoglobina o la normalización del gore: De Dexter a Señoras del (h)AMPA

Hubo un tiempo en que lo sórdido y lo incómodo se fundía a negro. Todo aquello que no se debía mostrar se velaba, se oscurecía y, más importante, se sobreentendía. Una pareja se besaba, cerraba los ojos, se fundía a negro y asistíamos a un bautizo; el criminal se aproximaba a una víctima, la cámara se acercaba a su rostro, cerraba los ojos y se oían doblar las campanas. Todo se deducía.

Pero la vida cambia y, el audiovisual, todavía más. Llegaron los sesenta y, con ellos, un nuevo modus operandi en la generación de impacto. La década quedaría marcada por una sintonía de Bernard Herrmann que subrayaría las más célebres cuchilladas de Psicosis (1960, Alfred Hitchcock), un canto a la planificación visual en la perpetración de un crimen.


Por supuesto, la fotografía en blanco y negro de John L. Russell evitaba que la censura elevase su queja más allá del regodeo que suponía una escena de asesinato de tres minutos, que necesitó más de setenta angulaciones de cámara y que cuenta, finalmente, con cincuenta planos. Demasiado esfuerzo y energía para que un tono rojo indecoroso diera al traste con los planes de Hitchcock.

Poco espacio a la imaginación

Una vez abierta la espita sanguinolenta, solo era cuestión de tiempo que el festín sangriento se generalizara. Las publicaciones pulp pronto encontraron su continuación natural en la gran pantalla, el género giallo se impuso en Italia y en todo el mundo títulos como Blood Feast (1963, Herschell Gordon Lewis), Bahía de sangre (1971, Mario Bava) o La matanza de Texas (1974, Tobe Hooper) resultaban de por sí elocuentes, sin dejar mucho espacio a la imaginación.

Sin embargo, no fue este el epicentro de la generalización de la hemoglobina en nuestra retina, ni siquiera se sitúa en cintas como Lady Snowblood (1973, Toshiya Fujita) que, décadas después, daría lugar a películas como Kill Bill y a todo el festival de sangre tan del gusto de Quentin Tarantino.

Y aunque tampoco se puede obviar la generalización del slasher en los años noventa, ese género truculento de venganzas imposibles sobre hermosas adolescentes, ni de thrillers con derivas gore como American Psycho (2000, Mary Harron), lo verdaderamente paradigmático para la difusión de la sangre a granel fue el surgimiento de una serie televisiva como Dexter (Showtime, 2006), que acercó aquello que no solía ser visto a todos los públicos y en prime time.

El éxito de Dexter

Si saco a colación este tema ahora, tan poco adecuado para un final de curso y mucho menos para quienes disfruten de sus vacaciones estivales, es porque me encuentro en plena corrección de los trabajos de los alumnos del Máster en Guion online de UNIR, y me he imbuido en varios libretos con un subtexto hilvanado al más puro estilo de Dexter. Tal es la profusión, que no puedo sino reflexionar al respecto.

El éxito de esta ficción seriada radica, además de en el evidente atractivo de Michael C. Hall, en el acierto narrativo de dotar a un protagonista de las características de un antagonista. Porque Dexter, forense del Departamento de Policía de Miami, a pesar de todo lo serio, inocente y dulce que pueda parecer es, en realidad, un psicópata, una suerte de justiciero que necesita encontrar una vía sanguinaria para dar respuesta a sus pulsiones más gore.

De hecho, solo en un contexto en el que hemos normalizado estas prácticas y las hemos añadido al repertorio de conductas propias de un protagonista, puede surgir una comedia negra tan divertida y salvaje como Señoras del (h)AMPA (2019, Mediaset y Mandarina).

Ganadora del premio Coup de Cœur en Cannes y seleccionada en el MIPDrama Summit, que cuenta cómo un grupo de mujeres, que se conocen en la Asociación de Madres y Padres de Alumnos del colegio de sus hijos, acaban convirtiéndose en asesinas accidentales. Pese a ello, todo hay que decirlo, serán extremadamente diestras en su recién estrenado cometido.

Originalidad y técnica

Creada por Abril Zamora y Carlos del Hoyo, e interpretada por Toni Acosta, Malena Alterio, Nuria Herrero, Mamen García y Marta Belenguer, Señoras del (h)AMPA es un magnífico ejemplo de cómo la hemoglobina, y los roles protagónicos en mujeres a partir de los cuarenta, son plausibles si a la originalidad del guion le sigue una impecable factura técnica.

El hecho de que Zamora y Del Hoyo se adentren en un planteamiento como el de la violencia física, tan poco frecuente en el género femenino televisivo, y lo hagan sin maniqueísmos, sino con gracejo, sátira y una total naturalidad, no deja de ser muestra de que las ideas, para ser innovadoras, pueden asirse a la vida cotidiana.

Así que ya lo saben, si como mis alumnos se deciden por adentrarse en lo más oscuro del alma humana, apliquen altas dosis de creatividad. Los espectadores agradecerán su heterodoxia.