Jueves, 30 mayo 2019

De "La llorona" a "Detective Pikachu": los contornos del cine fantástico y de terror

A veces la realidad es increíblemente útil para explicar la ficción. Hace unas semanas, en el cine canadiense Guzzo Marché Central, en Montreal, sucedió una desafortunada confusión que puede servir de espléndida base para entender, de forma inequívoca, los géneros cinematográficos fantásticos.

Durante la emisión de los trailers previos a la película Detective Pikachu, en una sala repleta de público infantil, en lugar de proyectar temas acordes con la edad de los niños, se emitieron avances de películas de terror, entre ellos, de la escalofriante Annabelle.

Este hecho, que podría quedar relegado a la mera anécdota, tuvo repercusión mundial porque un colaborador de la web Screen Rant, Ryan George, se encontraba en la sala. De inmediato tuiteó el hecho y, por arte de las redes, la noticia se hizo viral.

Cuando finalizaron los trailers llegaría el verdadero trauma para los niños, ya que en lugar de programar la esperada Detective Pikachu se proyectó La llorona, película de terror de Michael Chaves. Obviamente el cine acabó percatándose del fallo, entre otros motivos por la salida masiva de espectadores con sus hijos. Todos aquellos que todavía permanecían en el cine fueron trasladados a otra sala, esta vez sí, para ver su película de pokémons.

Lo que ha sucedido, analizado pragmáticamente, es una confusión no solo de películas, sino de códigos. En realidad, una y otra, por muy alejadas que nos parezcan en cuanto a temática y, sobre todo, perfil de la audiencia, son en realidad parte del mismo continuum narrativo, la fantasía.

A pesar de que ambas se encuentran en el mismo espectro fantástico, se hallan en un gradiente distinto; un gradiente determinado por el tratamiento, el enfoque y, como en este caso, el efecto psicológico que una selección de público inadecuada pueda causar. Como decimos, esto sucede entre dos películas que se encuentran en el mismo espectro fantástico, pese a que sus géneros hayan divergido a lo largo de las décadas.

Aunque los géneros clásicos eran dos, los consabidos comedia y tragedia, el desarrollo posterior dio lugar a una pluralidad prácticamente inagotable, más cuando la hibridación genérica roza la infinitud.

Pensemos si no en el western, quién puede negar que este género en sí mismo puede ser abordado desde el drama (Centauros del desierto), las aventuras (Cimarrón), la comedia dramática (Tres padrinos), el musical (Siete novias para siete hermanos), la animación (Rango), el romance (Johnny Guitar), el suspense (Solo ante el peligro), la ciencia ficción (Cowboys contra alienígenas), los biopics (Pasión de los fuertes), el gore (Django desencadenado) o, incluso, yendo a lo nuclear, el mudo (Asalto y robo a un tren).

En este caso, hablar en términos de cine fantástico es incluir también, de forma transversal, todas aquellas obras que implican la creación de un mundo lejano al físico, poseedor de unas normas propias. Un mundo en el que los lugares son desconocidos, las leyes naturales distintas, y el esoterismo, la magia y las situaciones no convencionales se muestran como verosímiles dentro de la lógica de la película.

El cine de terror, por lo general, es una extensión del cine fantástico en cuanto a creador de entornos y atmósferas que nos son ajenos. Los difuntos se entremezclan con los vivos, extraños trances les atenazan, las situaciones impensadas se hacen con el mundo ostensible y los humanos son víctimas de todo ese universo inaprehensible.

No nos referimos a subgéneros de terror como el psicológico, ni tampoco al slasher o el gore, tan cercanos al mundo real como las noticias; sino a aquel relacionado con el horror, con los personajes sobrenaturales, las apariciones, los que regresan de la muerte o los que se encuentran a medio camino entre la naturaleza humana y otra ignota.

Este terror, como el de La llorona, es también cine fantástico, pero su matiz se inclina hacia la tensión psicológica, la suscitación de emociones que una mente infantil no puede procesar, y hacia una violencia que un niño jamás debería percibir.

Al reducir los géneros a su concepción ontológica resulta más sencillo percatarse de sus similitudes; terror y fantasía se diferencian en términos de tratamiento de montaje, de efectos sonoros y de interpretación, pero, por lo demás, las circunstancias, en sentido narrativo, no difieren sustancialmente.

En Harry Potter un hombre decapitado y una niña muerta se aparecen a los protagonistas, pero sus intenciones vitales (valga la paradoja) en nada se aproximan a las de Al final de la escalera o The Ring; del mismo modo, poco tienen que ver Scream o El proyecto de la bruja de Blair con Scary Movie, aunque a efectos prácticos sean prácticamente la misma película.

Quién diría que Detective Pikachu y La llorona tenían tanto en común, quizá de haberlo sabido antes, el revuelo en el cine montrealés habría sido mucho menor.