Lunes, 23 marzo 2020

Atrapado en el tiempo: Lecciones cinematográficas de la cuarentena

No soy fanática de las películas de terror. Nunca lo he sido. Empatizo demasiado con mis congéneres en versión cinematográfica y jamás he querido verlos inmersos en distopías, pandemias globales o males apocalípticos.

Con todo, ironías del destino, ahora estamos involucrados en una etapa en la que resulta difícil no pensar en ellas, en esa ristra de películas que un día entendimos como ficción, sin saber que podían hacerse realidad.

Repetición de hábitos y narrativa modular

Si nos abstraemos del hecho en sí que nos ha obligado a estar confinados, y nos centramos en la rutina que supone la cuarentena, nos percataremos de que la repetición de hábitos que implica retrata a la perfección el tipo de narrativa modular audiovisual, con todos sus recodos y meollos argumentales. Aunque he hablado en muchas ocasiones de la narrativa modular, jamás había visto más clara la correlación entre la repetición de un hábito y su traslación a una estructura cinematográfica.

Pongámonos en situación. Los espectadores estamos acostumbrados a percibir la historia de una película simultánea a su exposición, esto es, el argumento suele estar narrado con arreglo a las reglas de la causalidad: A una causa le sigue un efecto y, a este, otro efecto más. Esto es fácil de entender con un western clásico. Si en estas cintas se oye un disparo y alguien es herido, lo habitual es comprender que a ese disparo le seguirá otro a modo de vendetta. Incluso podemos aventurarnos y pensar, dentro de la misma lógica, que podrá implicar una repercusión mayor, como una condena.

Sin embargo, qué sucede cuando se vulnera el principio de la lógica discursiva y a las causas no le siguen los efectos, ni los efectos responden a las causas. Entonces entramos en el terreno de la narrativa modular.

Posibilidades en el discurso cinematrográfico

Dentro del discurso cinematográfico, existen varias formulaciones modulares como las películas anacrónicas, episódicas, de tramas entrecruzadas o de narrativa escindida. Estas últimas son, seguramente, las más sencillas de visualizar en abstracto, ya que aprovechan las posibilidades de una emisión simultánea para mostrar aquello que sucede en distintos lugares al mismo tiempo. En este punto, es imposible no pensar en Timecode de Mike Figgis.

No obstante, aunque Timecode es un ejemplo paradigmático, seguramente a nadie le habrá pasado desapercibido este efecto de pantalla partida en películas como Confidencias a medianoche:

Cómo diferenciar las tramas

Las tramas episódicas son cintas con una forma más antológica que narrativa, es decir, su vinculación no radica en que un mismo tema encuentre distintas fases (como podría pasar en Regreso al futuro I, II y III, o incluso en Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes del anochecer), sino que su unión es mucho más esquiva, prácticamente abstracta. Así encontramos, por ejemplo, Tres colores (1993) de Krzysztof Kieslowski, cuya vinculación radica en que cada cinta responde a un color de la bandera francesa y, a su vez, a uno de los principios de su nación: azul como libertad; blanco como igualdad y rojo como fraternidad.

Por su parte, las tramas anacrónicas también son sencillas de comprender, ya que se caracterizan por una narración que rompe la linealidad mediante el uso de flashbacks o flashforwards de manera continuada. Esta categoría encontraría como paradigma Pulp Fiction de Quentin Tarantino o Babel de Alejandro González Iñárritu.

Finalmente, las tramas entrecruzadas son aquellas que presentan distintas posibilidades argumentales paralelas, incluso divergentes, dependiendo de la acción que se lleve a cabo por parte de sus protagonistas. Dentro de ellas, la más representativa puede ser Atrapado en el tiempo (1993, Harold Ramis). En ella, el protagonista se ve envuelto en una vorágine de repetición cronológica, en la que el día 2 de febrero jamás termina.

Inmerso en un bucle espacio temporal, Phil (Bill Murray) deberá aprender de cada Día de la Marmota que vive (de ahí el apelativo que le damos a las circunstancias repetitivas), que lo importante es la lección que subyace a la reiteración cronológica.

Parece absurdo, e incluso desgastante, el tener que repetir día a día una rutina de la que parece que no se puede salir; no obstante, lo que todos los personajes de una narración modular entrecruzada saben es que no hay nada azaroso en ello, todo tiene un sentido.

Aprender alguna lección

Si traigo ahora a colación este tipo de narración es porque, quizá, lo importante de todo lo que nos sucede es aprender alguna lección, por enrevesada que sea, para poder pasar página. Eso sí, teniendo en cuenta que la lección siempre es moral, como las moralejas de las fábulas de Esopo y Samaniego que leíamos durante la infancia.

Por difícil que parezca ahora, toda narrativa entrecruzada termina y siempre para bien. Así que, por si a alguien le cabe alguna duda, que entienda que entre todos conseguiremos que el día de la marmota finalice y comencemos, ahora sí, una vida mucho más enriquecedora y feliz.